sábado, 29 de noviembre de 2014

Gabriel.


¿Cuánta pena se puede soportar? ¿Cuántas lágrimas pueden derramar los ojos? ¿Cuánto dolor puede padecer el alma? Pues hubo un hombre que lo soportó todo.

Gabriel nació con un don o una desgracia, según se mire. Desde muy pequeño comenzó a demostrar una excesiva empatía, se conmovía, se reía, sufría el dolor de los demás e incluso llegó a tener la capacidad de absorber lo que sentían, aliviándolos. Podía sentir la ira, la furia desmedida, y se la quedaba, sin querer se adueñaba de las emociones, almacenándolas unas sobre otras.

Con las mujeres tuvo mucho éxito, las comprendía, las escuchaba, se zambullía de lleno en sus inquietudes, deseos y miedos, y demostraba una sensibilidad desmedida, que hacía que las féminas cayeran rendidas a sus pies. Las hacía sentir únicas, especiales e incomparables. La misma magia que tenía para conquistarlas, la tenía para dejarlas sin malos sentimientos, se llevaba todos sus conflictos con él convirtiéndose en una persona inolvidable.

Todas aquellas emociones se iban acumulando en su persona, entraban pero no salían, y se fueron enquistando. Se anclaron tan fuerte en su ser, y estaba tan lleno que hasta el hecho de mover un pie le provocaba un cansancio terrible. La rabia le perforaba el estómago y la pena y el dolor le taponaron los ojos. Por mucho que deseara y necesitara llorar, ni una sola lágrima brotaba de sus ojos deshidratados. El mal humor se convirtió en su estado natural, y a pesar  de estar lleno seguía tragándose las emociones ajenas.

Su empatía estaba descontrolada. Evitaba salir a  la  calle, tener ningún tipo de contacto mantendría a sus emociones a raya, pero estaba tan acostumbrado a  padecer por los demás, que incoherentemente necesitaba sentirse como un recipiente, sentía la absurda responsabilidad de aliviarlos. Su corazón había envejecido prematuramente, toda esa basura emocional le provocaba taquicardias, pero según pasaban se le olvidaban, haciendo caso omiso a su  estado de salud.

Lo que se pudría en su interior, fue haciéndose visible en su exterior. En sus ojos, en su piel, caminaba encorvado, arrastraba sus pies como si llevara atada una bola de acero a sus tobillos. Aparentaba ochenta años, cuando solamente tenía treinta y dos, había perdido su trabajo, su suerte con las mujeres, sus amigos se habían alejado y su casa era un caos.

Caminando hacía el mercado, pudo contemplarse en un escaparate, pudo ver su deterioro, sus ojos apagados, canas hasta en las cejas y tuvo compasión de sí mismo. Algo comenzó a  moverse en su interior, algo que nunca había experimentado, una emoción nueva, aún sin nombre para él. Después de contemplarse siguió su camino y los primeros puestos  de frutas y verduras  comenzaron a  asomar. Compró carne y marisco, algunos  frutos secos y fue directo a  un puesto de verduras, de alguna manera invitado por la mirada de la verdulera que lo empujó a  acercarse. Le pidió apio, bubangos, lechuga, tomates para ensalada, un trozo de calabaza, y ésta le ofreció, más bien le metió por los ojos unas pequeñas cebollas, dulces, idóneas para cualquier tipo de guiso, fritura o platos fríos. La señora no dejaba de mirarle a los ojos, amable, dulce e incluso con algo de compasión y Gabriel se sintió reconfortado. Al despedirse, después de abonar la cuenta, le dijo que ya le contaría qué tal con las cebollas.

De camino a casa, recogió la pena de una madre por la pérdida de un hijo, y el dolor por una herida, además  de la rabia de un conductor alterado, y si no llega a doblar la esquina también se hubiera llevado la soledad de un anciano. Arribó a su casa y suspiró el cansancio colocando la compra, separando antes los ingredientes para hacer unas lentejas. Del mueble sacó una tabla para cortar la cebolla, el ajo y la zanahoria, y dejó preparado el caldero con un chorrito de aceite de oliva y una hojita de laurel.

Cuando hincó el cuchillo en la primera cebolla, una de las tres que iba a incorporar al caldero, inhaló un olor dulce, apetitoso, la partió en cuatro y comenzó a picarla como un cocinero profesional. La segunda cebolla tenía un olor dulce y fuerte, que le penetró en sus fosas nasales provocándole un ligero hormigueo. La última cebolla era muy jugosa, y con el primer corte salpicó sus ojos de lleno y sintió como los tapones que tenía en los ojos saltaban por los aires, y cuando empezó a llorar, aquella extraña emoción que sintió delante del escaparate apareció de nuevo, y le puso nombre “autocompasión”. Toda la carga emocional brotó por sus ojos y estuvo llorando siete días con sus siete noches, vomitó lo inservible y cuando se miró en el espejo volvía a tener treinta y dos años, por dentro y por fuera. Había llegado el momento de poner a raya a su empatía.

Licencia Creative Commons
Relato: "Gabriel". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

domingo, 16 de noviembre de 2014

El cartero.


La bicicleta le estaba pidiendo la jubilación anticipada, pero consideraba que todavía podía alargar un poco más su vida laboral. En la parte de atrás, llevaba enganchada la saca de las cartas y un callejero de la parte nueva del barrio. Todavía corrían los tiempos, en el que el medio de comunicarse por excelencia  era por carta y el cartero era una figura familiar para todo el vecindario, alguien al que  siempre esperaban a veces con ansiedad, a la espera de alguna noticia importante.

Siempre se imaginaba que noticias podían contener aquellos sobres, con sellos de distintos lugares del planeta. Se inventaba historias, malas y buenas noticias, confesiones de amor, adulterios, chismes, consejos, felicitaciones, y cuando las dejaba deslizar por la boca del buzón, realizando el mismo movimiento de muñeca una y otra vez, sentía una nostalgia profunda. Abandonaba en cada entrega los  recuerdos inventados, que en cada jornada de trabajo le hacían soñar.

Para saciar su curiosidad, tenía la posibilidad de leer cartas olvidadas, sobres con la dirección incorrecta o con un destinatario inexistente en aquel barrio, que nadie reclamaba en meses e incluso en años. El interior de aquellos sobres amarillos y polvorientos, le revelaban la vida  de otras personas y disfrutaba con cada palabra.

La caja que contenía las cartas sin rescate ya estaba llena y había transcurrido el tiempo suficiente, para que el cartero se las llevara a su casa. Sentía tanta curiosidad, que nada más entrar por la puerta, ya estaba abriendo la primera  de muchas mientras se  sacaba la chaqueta a  trompicones.
La primera venía de un pueblo de al lado, su contenido era aburrido, así que ni se molestó en terminarla. La segunda venía de Venezuela, emigrante que añoraba su tierra, su gente, su comida favorita; la tercera, una invitación para llorar en un funeral. Hubo una cuarta, una quinta, una sexta, hasta que llegó a la séptima, provocándole un estremecimiento brutal. La carta decía así:

                 “Estimado señor:
                  En cuanto a nuestro trato, recuerde que la fecha debe
                  de ser la acordada, el veinte de noviembre. Acuérdese
                  de la rosa. Que parezca un suicidio. Escríbame en cuanto
                  termine el trabajo”.
                  J.M.R.

Más que una carta, era un escueto telegrama. Nervioso miro el sello, venía de Barcelona, pero eso tampoco era de mucha ayuda. No podía acudir a la policía, ya que  eso de abrir correspondencia ajena, aunque nadie las  reclamara, no era del todo legal. Tampoco podía saber si ocurriría en aquel barrio, ya que el destinatario era erróneo. Solo tenía cuatro pistas, la fecha, la rosa, el origen y las iníciales J.M.R.

El veinte de noviembre estaba cerca. El cartero no sabía qué hacer. Guardo la carta en el sobre y la metió en la gaveta de su mesilla de noche, ocultándola debajo de una revista. La tarde se le hizo eterna. Le invadían millones de preguntas, hasta que decidió investigar un poco, le llamaba la idea de convertirse en un héroe y salvar la vida de aquella victima anónima.

Lo primero que hizo fue buscar si aquellas iníciales coincidían con el listado de nombres y direcciones que tenía de sus vecinos, que era de dudosa legalidad que lo tuviera en su casa, ya que no podía salir de las oficinas de correo. Había dos nombres que concordaban, pero ¿cuál de los dos sería? Dos nombres de varón; uno vivía con su mujer y dos hijos y el otro era viudo y vivía con su hermana y su cuñado.

Ya era tarde, así que dejo la investigación y se fue a la cama, aunque apenas pudo mantener los ojos cerrados. Faltaban dos días para el asesinato.

Por la mañana temprano, llamo a la oficina para decir que estaba enfermo. Anotó las direcciones en un papel y salió a la calle, bastante abrigado y la nariz colorada, que previamente había frotado con fuerza para parecer congestionado, por si se encontraba con algún compañero, así sería más creíble lo de su enfermedad. Caminó calle abajo. La casa del viudo no estaba muy lejos. Se situó delante de ella, en un lugar estratégico, dónde podía ver quien entraba y salía. Todo estaba tranquilo, hasta que vio llegar al cuñado, solo. Éste introdujo la llave en la cerradura y empujo la puerta, que cerró tras de sí. Al cabo de diez minutos, una  guapa señorita tocaba con sus nudillos la puerta del viudo, y ésta se abrió como por arte de magia, aunque pudo ver la aguileña nariz del cuñado asomando tímidamente. Todo apuntaba a que le era infiel a la hermana del viudo, o eso parecía, además de un posible móvil. Quizás el viudo había pillado a su cuñado infiel, y éste quisiera quitarlo de en medio.

Tres calles más abajo vivía el matrimonio, y allí que fue. Era una casa grande, con jardín delantero y un hermoso aguacatero. El buzón estaba muy cerca de la puerta de entrada, y en ese momento salía la esposa  a revisar si había correspondencia. Era una mujer hermosa, delicada en sus movimientos, elegante. Tras revisar el buzón, extrajo el contenido y tras echar un vistazo a su alrededor volvió a entrar en casa. El cartero se quedo allí un buen rato, sin ver nada interesante, así que se marchó.
Al día siguiente fue a trabajar, y después de terminar su ruta, volvió a visitar las dos casas, y esta vez con la ayuda de su uniforme podría acercarse más sin parecer un fisgón. Primero fue a la casa del viudo, y allí estaba sentado en un banco de piedra que tenían en un pequeño y feo jardín. El cartero y el viudo se saludaron y el primero agilizo el paso, hacia la  casa del matrimonio. No tenía mucho y solo quedaba un día para el asesinato. Cuando llego al domicilio, se acercó  a la puerta con la excusa de depositar un panfleto informativo sobre los nuevos servicios de correos y pudo observar que el buzón tenía un dibujo. Una rosa roja decoraba la tapa, no podía ser una coincidencia. Definitivamente estaba convencido de que al día siguiente, alguien iba a morir en aquella casa, pero ¿quién? ¿a quién quería ver cadáver el marido?

Se marchó a casa con unos milímetros menos de uñas. Tenía que hacer algo, evitar el asesinato, pero era cobarde, estaba muerto de miedo. ¿Qué podía hacer un hombre solo? Tampoco estaba seguro del todo, podrían ser simples coincidencias. Y pensando en los datos que tenía, ¿qué sentido tenía que el marido mandara la carta desde Barcelona? Y era evidente que el asesino vivía en las cercanías. Le dolía la cabeza debido a tanta emoción.

El día del crimen había llegado, y decidió hacer algo. Cogió una barra de metal y un espray de pimienta, regalo de su hermano, de cuando era vigilante nocturno. Se puso ropa  y calzado cómodos y se lanzó a la  calle. Llevaba la barra de metal metida en los pantalones y el espray en el bolsillo de la chaqueta, a mano, por si tenía que entrar en acción. Llegó a la casa, y no había movimiento. Estuvo rondando, paseando por delante durante un buen rato. La sed lo agobiaba, así que entró en el bar de la esquina a refrescarse, unos minutos, y cuando salió algunas ramas del aguacatero estaban partidas. Se acercó a la casa, llegó incluso a la puerta, y ésta estaba entreabierta, la habían forzado. Mil cosas le pasaron por la cabeza, pero entró con ímpetu sujetando la barra, dispuesto a reventarle la cabeza al homicida.

Del piso de arriba llegó un grito, un golpe y pisadas. Subió los escalones de dos en dos, de tres en tres. Los pasos venían de la habitación del fondo, cuando escuchó otro grito, entonces corrió sin pensárselo hacia ella con la barra por encima de la cabeza dispuesto a machacar al asesino, con el corazón a diez mil por hora. Entró como un vendaval, ciego de adrenalina, cuando….

¡Sorpresa!  Bienvenido al Club del Misterio. Has resuelto tu primer caso.

Licencia Creative Commons
Relato: "El cartero". por María Vanessa LLópez Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Qué será???...



No sé cuándo llegarás a mí, ni lo que harás para conseguirlo, pero puedo presentirte cerca.

No puedo imaginar cómo será tu cara, ni cómo será tu voz, sólo sé que te necesito. Pienso en ti cada segundo de mi existencia, anclado en la ventana por si te veo llegar para rescatarme de la oscuridad y el desamparo que me ahoga. Eres mi primera y última  esperanza, mi primer y último pensamiento. Eres todo lo que quiero, y te espero impaciente, ansioso por sentir tu aliento, tus dedos entrelazados con los míos, tu compasión.

La soledad se derrama por todos los poros de mi cuerpo anquilosado, porque te necesita, te desea y te espera. Estoy muerto en vida sin ti, estoy en la sala de espera de la incertidumbre, esperando mi turno, deseando que pronuncies mi nombre, deseando ver tu rostro por primera vez.

Todos los días son iguales, la luz es tenue y parpadeante, la comida no sabe a nada y a penas puedo dormir, me duelen las articulaciones y tengo los ojos irritados de llorarte. Solo espero que no te demores mucho, que estés de camino, que te reúnas conmigo antes de quedarme ciego de cordura y convertirme en un saco de huesos.

No sé cuáles serán tus primeras palabras, la mía será “gracias”, por sacarme de este presente y por traerme esperanzas de un mañana, que sin ti no puedo imaginar. Necesito que borres de mi los instantes en los que el pesimismo fundió algunas de mis  neuronas, dejándome en la oscuridad, haciéndome olvidar lo que es la felicidad. Necesito que me ayudes a  recuperar  los buenos recuerdos, la risa y al optimismo que se fue hace tiempo de esta habitación.

Cuando te tenga a mi lado voy a cuidarte, voy disfrutar de cada momento a tu lado, voy valorar cada suspiro, cada mirada todos los días de mi vida. Cada vez que abra los ojos a un nuevo día, te agradeceré esta nueva oportunidad de vivir, de sentir el aire de nuevo en mi cara y no a través de esta ventana informe llena de barrotes retorcidos.

Percibo tu olor cerca, oigo lejanos tus pasos aproximándose a mi escondite involuntario y mi ritmo cardíaco responde con entusiasmo. Sé que estas cerca.

Te espero libertad y contigo a mi libertador. Te espero con las manos  llenas de herrumbre de agarrarme a los barrotes para gritar tu nombre día  tras día, con el único traje que tengo y casi sin identidad.

No sé cómo serás, no te puedo ni imaginar, solo sé que te necesito.

Licencia Creative Commons
Relato: "¡Qué será!" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

domingo, 2 de noviembre de 2014

La reunión.



-      ¿Y cómo te fue?
- Bien. Me gusto la experiencia. Hicimos muchas cosas que no había probado en mi vida.
- Y ¿dónde lo hicieron?
- Quedamos en casa de un amigo que también estaba interesado, y allí se unió otra amiga que nos encontramos casualmente en el portal. Le conté lo que íbamos a hacer y se animó. Primero empezamos en la cocina, pero era muy pequeña para los cuatro, no tenía ventilación y hacia un calor insoportable, así que terminamos en la mesa del salón.
- Pero, ¿hicieron todo lo que vimos en Ia página?
- Todo eso y más. Ya sabes lo que me encanta probar cosas nuevas y exóticas, disfrute desde el primer minuto hasta el último, y hasta me  quedé con ganas de más. 
- Pero, ¿descansaron entre uno y otro, o fue intensivo?
- Ni descansar ni nada, uno detrás de otro. Parábamos para ingerir líquidos y a por otro, y aunque estuvimos más  de  tres horas el tiempo se pasó volando.
- ¿Vas a volver?
- Si, de hecho voy con unas compañeras de trabajo la semana que viene, cuantas más mejor, ¿te animas para la próxima?
- Ya sabes que yo no estoy hecha para esas cosas, ya sabes que me va más lo tradicional. 
- Pues tú te lo pierdes, porque es una maravilla y te dan muchas ideas y trucos que después puedes poner en práctica en casa y dejar a más de uno con la boca abierta…Ah, y no te conté que vecino tan guapo nos tocó en la puerta alertado por los olores, mi amigo le explicó con todo lujo de detalle lo que estábamos haciendo y se apuntó para la próxima. 
- ¿Cuántos van a ser?
- Por lo menos unos siete, pero esta vez vamos a una casa más grande, para estar más cómodos, porque la primera vez fue bastante sofocante, no había sudado tanto en mi vida como aquel día. Estoy deseando volver y si me gusta tanto como la primera vez, posiblemente me lleve uno para casa.
- Pues avísame para que me enseñes todo lo que aprendas.

        Al cabo de los días…

- Ya lo tengo aquí. Ven que te presentó a mi robot de cocina “chef 10.000”, una maravilla de la tecnología que me ha enseñado los placeres de comer platos sencillos y económicos, no ensucias mucho y es fácil de limpiar, ¿te gusta?
- Queda un poco fuera de lugar en tu cocina rústica, pero habrá que probarlo.

Licencia Creative Commons
Relato: "La reunión" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

domingo, 19 de octubre de 2014

Mi abuelo



 Mi abuelo vivía en el campo, en una casita blanca, con tejas de un color anaranjado, pobladas de verodes y gatos hambrientos, que mantenían alejados a roedores y lagartos. Era grande, bien distribuida y confortable. En invierno su interior se mantenía cálido y en verano era un placer echarse una siesta en el saloncito, arrullado por el fresco que te regalaban las paredes encaladas. No había muchos muebles, los necesarios para vivir cómodamente, nada de trastos inútiles. Aquella casa respiraba armonía, cada cosa tenía su lugar y estaban colocadas de forma estratégica para hacerte la vida más fácil.

La humilde casa tenía un pequeño terreno en la parte de atrás, y allí mi abuelo había levantado dos muros de piedra, que sirvieron de soporte para una enorme plancha de uralita. En aquel cuarto improvisado colocó dos burras y encima una  tabla, puso algunas estanterías en la pared del fondo con herramientas varias y botes de mermelada que él mismo hacía, y terminó construyéndose un pequeño cuarto de trabajo, sin puerta. Le encantaba hacer cosas con las manos, desde un timple con una calabaza de agua a una jaula para hurones. Había construido un baúl donde guardaba una escopeta de cartuchos, de cuando cazaba, afición que tuvo que abandonar por un problema de la vista, y que yo tenía terminantemente prohibido abrir, no podía ni mirarlo.

Mi abuelo era como aquella casa. Ordenado, tranquilo, cálido y fresco a la vez. En su pequeño armario solo tenía lo necesario, tres pares de pantalones, dos largos y uno corto; tres camisas, dos de invierno y una de verano; un traje elegante de tergal; cuatro calzoncillos y cuatro pares de calcetines, dos gruesos y dos finos. En su zapatera, colocados en diminutos  estantes, unas playeras, unos zapatos de vestir bien betunados y su tesoro más preciado, un par de botas de cuero, de aspecto bruto, tosco, con la suela de caucho, hechas y cocidas a mano por un viejo amigo argentino. Llevaban con mi abuelo cuatro décadas, y lo habían acompañado por riscos, arena, barrancos y veredas. Cuando se las ponía parecía más ágil, y nos echábamos a caminar por el campo, hasta el risco y desde allí veíamos el atardecer comiendo manises.

Tenía buen físico para su edad, era alto, corpulento y tenía casi todas las piezas dentales. Su cabeza conservaba el pelo en su totalidad, alguna entrada asomaba en su frente, pero nada alarmante, y blanco como la espuma de la malta. Todo lo que vivía en su cara era grueso, sus cejas, su nariz, que le había crecido considerablemente y desde donde últimamente le solía colgar una gota de moquillo. Las arrugas también eran gruesas, tan gruesas que cuando se acostaba de lado, todas ellas se superponían y su cara parecía la de un sharpei. Sus orejas habían crecido igual que su nariz, y de ellas brotaban unos pelos canosos y retorcidos que nunca se cortaba; decía que si estaban ahí, por algo sería.

Su dieta se basaba fundamentalmente en frutas, manises, queso azul, sopa de ajo, malta, arroz y sardinas, y lo mejor las papas fritas crujientes. Las cortaba finitas y las freía hasta dejarlas con un aspecto churruscado, las rociaba con sal y para rematar aquella delicia rayaba queso por encima, que se fundía suavemente. Me encantaba observarlo durante todo el proceso, mientras la boca se me llenaba de agua, eligiendo con la mirada las papas que mas rebosado de queso tuvieran para comérmelas en cuanto el plato chocara con el mantel de la mesa.

En casa de mi abuelo no había ni televisor ni lavadora. Junto al nuevo cuarto de las herramientas, había una pila de lavar donde dejábamos la ropa impoluta, y colgadas de pared a pared había unas liñas para tender la colada todas las mañanas después de desayunar. Era un hombre de rutinas. Prácticamente todos los días repetíamos lo mismo, menos los sábados que lo dedicábamos  a la pesca y los domingos que íbamos a jugar a la petanca. Por la mañana desayuno, lavar la ropa, arreglar el jardín de la entrada, una ducha, ir a comprar el pan y fruta al mercado municipal, comernos un codito de pan de camino a casa, preparar la comida, y echarnos en las hamacas del saloncito a escuchar la radio. Mi abuelo era devorador de crucigramas, se pasaba horas consultando las páginas de un diccionario de sinónimos y antónimos, gordo y viejo, que le servía  de ayuda para completar complejos galimatías de palabras, que eran todo un desafío. A media tarde nos íbamos a caminar por el campo, y ya de vuelta preparábamos la cena.

Yo aprovechaba para leer los libros asignados por mis padres para aquel verano, pero mis ojos se posaban en las botas que asomaban por la zapatera mal cerrada, y me imaginaba la tierra que habían pisado, el polvo y la arena. Podía ver a mi abuelo subiendo dunas, cruzando puentes de piedra, levantando las piedrecillas del camino y sumergiendo aquellas curtidas botas en las huellas de la lluvia.

La lectura que tenía ante mí, era distinta a las de otros veranos. El personaje principal me recordaba a alguien, me resultaba familiar. El libro narrado en primera persona, contaba la historia de un hombre secuestrado en Argentina, en Buenos Aires, dónde contaba con todo lujo de detalles las atrocidades que había padecido durante su cautiverio. No sé por qué a mis padres se les ocurrió darme aquel libro tan inquietante. Seguí leyendo, asqueado en algunos momentos, pero la historia me atrapó. Aquel hombre valiente sobrevivió a la picana, a las interminables sumersiones en agua fría, golpes, hambre, a la privación de sus sentidos y a la pena de perder a amigos muy queridos, y al final del relato se convirtió en un nuevo superhéroe para mí.

Nunca me interesaba por el nombre del autor, la lectura era una obligación, pero esta vez miré detenidamente en la cara del libro, y allí escrito en letras negras con algo de relieve estaba el nombre de mi abuelo.

Licencia Creative Commons
Relato: "Mi abuelo". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

sábado, 11 de octubre de 2014

El tren



En tiempos bélicos todo vale y todo cambia. Desaparecen paisajes, se hacen añicos los recuerdos de los muros que el viento arrastra hacia las esquinas que ya no existen, las personas pierden la voz y se llenan los cementerios de héroes sin nombre y las calles se abarrotan de niños sin rumbo.

Una mañana de marzo de 1944 irrumpieron en las vidas de seis hombres un grupo de las S.S. El primer individuo fue un médico polaco, lo pillaron visitando a personas impedidas bajo un coste elevado. Era un superviviente, los pogromos hicieron que huyera de Polonia y paso de ser un hombre humilde, a un hombre chanchurero que se aprovechaba de los demás sin miramientos. Al segundo individuo lo encontraron escondido dentro de un baúl en la trastienda de su joyería, con toda la mercancía puesta encima, esquelético y delirando. Había preferido su riqueza antes que a su familia, que se habían marchado todos, quedándose sólo con aquella tienda llena de cristales rotos, con la única compañía de cucarachas y roedores, y su kipá casi pegada a la sucia y grasienta cabellera. El tercer delito lo cometió un camarero homosexual, al que pillaron con fotografías donde su persona aparecía en situaciones deshonestas. A pesar de que era discreto con respecto a su sexualidad, era evidente que alguien lo había delatado. Al cuarto individuo, ruso de nacionalidad, lo abordaron en la puerta de la oficina de correos, acusándolo de espionaje. El hombre había servido en instituciones educativas durante más de veinte años, educando a  aquellos que ahora se lo llevaban como a  un animal, decepcionado y humillado. En una iglesia, durmiendo en el confesionario, detuvieron al quinto individuo, un alemán al que la polio le había convertido su pierna izquierda en algo inservible, y su delito era ser una carga económica para el estado. Y cogieron al sexto y último individuo en una cafetería, mientras saboreaba un delicioso café bautizado con un poco de coñac. Era de etnia gitana, trabajador y muy activo en la vida social, iba a la iglesia y ayudaba a los más necesitados, que en aquellas alturas del conflicto eran demasiados, pero para el Estado él era uno más.

Este pintoresco grupo fue llevado a la estación de Sobibor. Aturdidos por el sonido de los trenes que salían llenos y llegaban vacíos, los seis individuos se bajaron de los vehículos de sus captores, y fueron conducidos a uno de esos vagones de ganado de los que algunos de ellos habían oído hablar. Tras empujones e insultos, los colocaron delante de aquella enorme caja de madera, provista de una única y pequeña ventana ataviada de barrotes y alambres. Una masa de hombres los recibió, ayudándolos a subir, para que se unieran aquel amasijo desordenado de seres humanos que ocupaban por entero el espacio. Tras un grito de unos de los S.S., la puerta del vagón se cerró, produciendo un sonido que nunca olvidarían, tras el que se pudo escuchar el silbido del tren avisando de su salida.

Los raíles atravesaban paisajes que tenían todavía un aspecto invernal. El frío había convertido al vagón de ganado en una enorme cámara frigorífica. Para combatirlo, se abrazaban unos a otros, soportando sus alientos hambrientos. Los seis individuos, como fueron la última adquisición, estaban aplastados contra la puerta de hierro herrumbrosa y congelada, notando como el entumecimiento se instalaba en sus articulaciones, en sus músculos, calando al fin sus huesos. Sin mediar palabra, se fundieron en un abrazo colectivo, como si fueran un grupo de amigos que hacía mucho tiempo que no se encontraban. Pasadas las horas, algunos tuvieron la necesidad de consumar una necesidad fisiológica, y el cubículo comenzó a heder a orina, y se escucharon los primeros lamentos y preguntas, en ruso, alemán, polaco, rumano. Un polaco opinaba que las guerras se creaban para equilibrar la natalidad, y ahí es a donde iban, al lugar donde se deshacían del exceso de población. Otro, alemán, que había vivido en el gueto de Lodz, estaba convencido que los trasladaban a un lugar similar hasta finiquitar la guerra, a lo que tuvo respuesta. Un grupo de alemanes, a los que apenas podía ver entre la muchedumbre, afirmaban con la voz apesadumbrada que se dirigían directos a los brazos de la parca. Otros pocos callaban, y el grupo pintoresco comenzó las presentaciones. El judío, el gitano, el cojo y el homosexual, hablaban alemán y el ruso hablaba algo, pero lo entendía todo. El polaco solo hablaba en su lengua natal y algo de esperanto, así que tuvo que valerse de las señas para  concluir con las presentaciones.

El judío era un tanto vanidoso, aseguraba que estaba allí por error, que tenía mucho dinero, que se iban a enterar cuando llegaran, que conocía a alguien importante que lo iba a poner todo en su sitio. El  gitano desprendía templanza y se limitó a escuchar al resto. El cojo, no se cortaba en nombrar a las santas madres de algunos, blasfemando y despotricando sin ningún tipo de pudor. El camarero usaba la razón y sabía que su futuro cercano era cavar sus propias tumbas. El ruso se ofrecía a intentar solucionar esta situación cuando llegaran a su destino, aportando que era un buen orador. Y el polaco, que llevaba abrigo de sobra, calló reflejando en sus gestos ignorancia.

Lo que todos tenían claro, menos el judío que estaba envuelto en soberbia y el polaco que no se enteraba de nada, era que no estaban dispuestos a dejar que acabaran con sus vidas fueran a donde fueran sin luchar.

Había pasado un día y medio cuando el tren comenzó a aminorar la marcha. Todos se quedaron en silencio, intentando escuchar algo de lo que ocurría en el exterior, hasta que sintieron la sacudida de la frenada. Al cabo de unos minutos, comenzaron a escuchar disparos, órdenes y gritos, seguidos de una fuerte explosión. El silencio volvió, acompañado de leves quejidos y pasos lentos, cautos, que se acercaban al vagón. Estaban algunos a punto de vomitar, debido al intenso olor a orina concentrada, cuando oyeron el sonido con el que habían comenzado el camino, y se hizo la luz.

El vagón echó el aliento, y los individuos saltaban a borbotones, empujándose, torpes en sus movimientos debido a la incomodidad de sus ojos al encontrarse de nuevo con la luz solar, lo que les impedía ver quién había abierto aquella jaula, y sus piernas débiles que a más de uno lo hizo desplomarse.

Poco a poco, la figura de varios hombres y mujeres se fueron desvelando ante sus ojos. En alemán les indicaban que corrieran, haciendo aspavientos con los brazos cargados de pistolas y fusiles indicando ambos lados del camino, con los rostros salpicados de sangre. En un principio, algunos de ellos dudaron, pensando que en cuanto salieran corriendo les dispararían por la espalda, pero al ver a otros decididos desapareciendo entre la maleza, se animaron y dejaron el miedo y la desconfianza atrás.

Aquellas personas eran lo que quedaba del grupo de resistencia La Rosa Blanca, que aunque eran pocos seguían luchando contra aquel sistema cruel y homicida. El grupo pintoresco se quedó plantado delante de ellos sordos a sus indicaciones, sólo admiraban a sus libertadores, con el rostro inundado de alivio hasta que el ruido ensordecedor de los bombardeos hizo que corrieran y corrieran sin mirar a atrás, olvidando quienes eran y porque estaban allí.

Lograron salvar sus pellejos, se mantuvieron unidos hasta el final de la guerra, hasta el final de sus días, los que terminaron luchando por recuperar su sitio en aquella sociedad desmoronada llena aún de prejuicios.

Licencia Creative Commons
Relato: "El tren". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Transformación




Si sumamos el dinero con la mala educación, el resultado que se obtiene es una nefasta combinación.

Así era Francisco, ni Fran, ni Paco, ni Pancho, si era llamado bajo alguno de estos diminutivos ni se molestaba en levantar la cabeza. Su naturaleza era antipática y ante aquellos que consideraba de una clase social inferior a la suya, sufrían sus malos modales.

Francisco era un hombre bastante solitario, no quería compartir absolutamente nada con nadie, ni sus sentimientos  ni sus bienes materiales. Valoraba mucho su tiempo de ocio, le gustaba el arte, la literatura y la buena cocina. En su casa no existían los alimentos, en su nevera solo vivía una botella de cristal llena de agua de los pirineos franceses, que adquiría en una pequeña y selecta tienda de exquisiteces. Se alimentaba en restaurantes destacados de la ciudad y no se privaba de  catar los vinos más caros de la carta. Su ropa hecha a medida lo convertía en un hombre elegante, distinguido, y fuera a donde fuera lo trataban como a un marqués, aunque por detrás recibía puñaladas e insultos a destajo.

Le gustaba andar. Todos los días de lunes a viernes, recorría religiosamente el mismo camino de casa al trabajo y del trabajo a casa. Un par de calles y llegaba al parque, su parte del camino favorita. Pero cuando doblaba a mano izquierda de la fuente se encontraba con la misma mendicante, en el mismo banco y casi con la misma y gibosa postura. Su sola presencia le provocaba arcadas, se sentía ofendido por tener que pasar al lado de aquel despojo humano, por tener que respirar el hedor que emanaba ese bulto cubierto por capas informes de chaquetones, americanas, bufandas, tres gorros superpuestos, y piezas de ropa difíciles de determinar por la mugre que los cubría, formando una capa aceitosa.

Una tarde que rozaba la noche, Francisco regresaba a su casa. Cruzó la rambla, dos calles más y ya estaba de nuevo en la entrada del parque. Antes de experimentar el segundo mejor momento del día, colocó un cigarro entre sus húmedos labios y lo prendió majestuosamente con un fósforo. Disfrutó de los primeros diez minutos, chupando del filtro, expulsando el humo suavemente, saboreando el primer y último pitillo del día. Cuando tiro la colilla y la escacho con su zapato de piel de cocodrilo, cogió aire y ahí estaba la mujer mugrienta que tanto repudiaba. Pero esta vez estaba de pie, observándolo, analizando cada uno de sus movimientos mientras se acercaba a su domicilio al aire libre. Los nervios de Francisco estaban como si hubieran recibido un disgusto, miraba al frente, con la cabeza alta y la mano izquierda metida en el bolsillo, agarrando tan fuerte la  cartera que la mano le dolía.

Cuando ya estuvo a la altura de la mendiga, esta se interpuso en su camino torturándolo con su desagradable olor corporal. Alargó su mano y casi rozando la mano de Francisco con sus uñas largas, algunas rotas y rellenas de mugre, le suplicó unas monedas, y éste le respondió que no  era él responsable de que estuviera en la calle, de su ausencia absoluta de higiene; le dijo que si por él fuera hacía mucho tiempo que la hubiera borrado del parque, de aquel banco que ocupaba día y noche, quitando  un asiento a las personas  decentes y trabajadoras. Terminando su discurso, añadió que solamente era una carga para el desarrollo de la sociedad y la apartó suavemente con su hombro para continuar su camino.

La mendiga comenzó a  reírse, carcajadas de burla ante el alegato. Notando el tono de su risa Francisco detuvo sus pasos y se dio la vuelta, bastante desconcertado por la reacción de la mujer. Ésta consiguió lo que quería, tener al hombre bajo su merced provocándole curiosidad, el mejor cebo para atraparle. Y entonces fue ella la que le habló alto y claro, elocuente y firme..."En este banco se han sentado personas decentes a masturbarse delante de los niños, personas trabajadoras  que contaban aquí mismo lo que le  habían robado a sus clientes también trabajadores, mujeres de la alta sociedad comiendo bocaditos dulces mirándome a los ojos, tirando a la papelera lo que no les cabía en sus enormes cinturas. No olvide la esencia, no se concentre  tanto en la apariencia  y no juzgue la vida de los demás, porque primero debe juzgar la suya. Por mí,  hombres y mujeres han muerto, han resucitado, derramado lágrimas dulces y amargas, según la ocasión; por mi han bajado al mismo infierno, se han dejado la piel arrastrándose por mí en tantas ocasiones que ya he perdido la cuenta. He sido creatividad, luz y penuria, protagonista y secundaria. He logrado celebrar sueños y esperanzas, he sido testigo de incontables actos abominables o infinitamente generosos y sin recibir nada a cambio, ni en un caso ni en otro. Y nunca, bajo ninguna circunstancia han importado mi aspecto o mi olor"...Se podría decir que le habló con el corazón en la mano.

Francisco la miró durante unos instantes  y entonces fue él el que rompió su cuerpo en carcajadas, aunque asombrado por el buen hablar de aquella harapienta mujer. A lo que ella respondió con una única frase..."no tienes ni tendrás corazón"...Se dieron la espalda, él a  recorrer el camino que le restaba hasta su casa y ella a acostarse en la suya.

Al día siguiente Francisco no se encontraba bien. Vista nublada, sordera progresiva, dolor en el pecho, falta de apetito; se tomó el día libre para ir al médico. Revisión completa y todo perfecto. Le dijeron que podía ser psicológico. Pensó que era absurdo, pero no tenía cuerpo para pedir una segunda opinión.  Caminó hasta su casa, cambio las escaleras por el ascensor, se situó ante su puerta y con torpeza logró abrirla. Se desplomó en el sillón, y poco a poco el dolor del pecho fue siendo menos agudo, menos ahogante. Unas revistas de arte esparcidas por la mesita que tenía delante, le sirvieron para incorporar su cuerpo hasta ellas, se puso las gafas de cerca y cogió la que  más a su alcance tenía colocándola en su regazo. Cuando se dispuso a leer su contenido en la portada no pudo ni enfocar los vivos  colores con los que solía trabajar esa revista, se frotó los ojos y nada, borroso, en blanco y negro. Se levantó del sillón, necesitaba agua. La nevera le parecía lejana, abrió la puerta y con esfuerzo extrajo la única botella. Cuando llevo el vaso a su boca y tomó el primer sorbo, levemente notó el exquisito líquido bajar por su garganta, que seguía con la necesidad de refrescarse. A ese vaso le siguieron dos más, pero seguía teniendo la misma sed. Estaba al borde del desquicie absoluto.

Se sentía perdido, como si le faltara una parte importante de sí mismo. Se sentó a los pies de la cama, y lentamente con la mirada pérdida se desabrochó la camisa, para seguidamente llevarse las manos al pecho. En ese instante se quedo paralizado, muerto de miedo, al comprobar la ausencia de latidos en él. La racionalidad no le servía de nada, no podía pensar, era demasiado surrealista, estaba respirando, estaba vivo, pero sin corazón. Al repetirse varias veces que no tenía corazón, recordó el día anterior, recordó a la mujer de los harapos, las palabras que se habían ofrecido el uno al otro, y la frase final a la que le dio la espalda.

Otra camisa y se lanzó a la calle. Cuando llegó al banco ocupado del parque no había rastro de la mendiga, la buscó por todas partes pero nada. Miro en los alrededores, dentro de las cafeterías, en la puerta de los establecimientos cercanos y ni rastro de ella. Y se dio cuenta de que la necesitaba, de que haría lo que fuera por encontrarla, estaba desesperado, no podía buscar en todos los rincones del mundo, así que sin saber porqué comenzó a gritar, ¿dónde estás?¿dónde estás? Como un loco recorrió calles sin orden ni sentido, gritando y gritando, hasta que de su boca broto sangre desde su garganta despedazada. Derrotado se dejó caer sobre el barro de una calle sin asfaltar  y suplicó por ella una y otra vez.

La lluvia volvió a ser acto de presencia después de una pausa de un par de horas, y cuando levantó la vista la vio a pocos metros mirándolo fijamente. A trompicones inició una carrera hacia ella y se lanzó a sus brazos, se puso de rodillas y mirándola a los ojos le dijo que no había peor cosa que morir que sentir su ausencia, le suplicó que le devolviera los latidos a su pecho. Ella  lo empujo y señalándolo con el dedo le dijo que le daba una segunda y última  oportunidad.
A partir de ese día dejo de llamarse Francisco para convertirse en Paco, Paquito para los amigos.


Licencia Creative Commons
Relato: "Transformación". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.