jueves, 23 de abril de 2020

Lula


Manuela era una mujer ruda, con la piel requemada de trabajar la tierra y siempre llevaba el pelo recogido en una coleta o bien cubierto por un enorme sombrero de paja. Su ropa la confeccionaba y la cosía ella misma, calcetines tupidos, tupidos, falda más allá de los tobillos, camisa de botones y debajo un grueso falsete con virito de encaje, bien tapadita como le decía su madre, debía vestir con decoro.

Se crio con gallinas, cabras y conejos e incluso una vez tuvo un cochino; ella se encargaba de los animales, de mantener lo poco que tenían en la huerta, de lavar en la piedra y cocinar. Cuando ella era todavía una niña sus padres ya eran octogenarios, así que se crio prácticamente sola, ejerciendo de tutora. Su padre apenas le enseñó a leer y a escribir y su madre le enseñó a coser y bordar, labor con la que se ganaba la vida, además de la venta del producto de sus gallinas ponederas.

Con el pasar de la vida, sus manos se volvieron del color de la tierra y sus uñas dejaron de crecer, sus facciones se endurecieron, sus pensamientos se volvieron pesimistas y su carácter se tornó agrio. Tras la muerte de sus progenitores, cerca la una de la otra, se sintió perdida, abandonada, aunque apretó bien fuerte las tristezas hacia dentro. Pero llegó el día en que estaban tan apretadas, ocupaban tanto espacio dentro de su ser, que las tenía que dejar en algún sitio por muy embrutecidas que estuvieran sus neuronas. Así que un buen día después de un par de vasos de vino elaborado por ella misma, encontró en la botella el estuche dónde guardarlas.

El dulce y embriagador zumo de uva le sacaba toda su simpatía, además de una gran facilidad para mantener relaciones sexuales con el primero que le quisiera dar amor por una noche. Lo que no sabía era que derrochaba fertilidad, y de tres encuentros sexuales furtivos con tres hombres diferentes, de los cuáles no se acordaba por su estado de embriaguez, nacieron tres criaturas: Manuel, Gregorio y Lucía.

Manuela se convirtió en madre casi de repente, pariéndolos a los tres entre dos sillas con la ayuda de una vecina, y aunque fue difícil sacarlos adelante ella sola, fue amorosa y comprensiva. Les enseñó todo lo que en su haber de sabiduría poseía, y a hacer cuentas, que para ella era fundamental. Fue exigente y a veces dura e injusta debido a su alcoholismo pero fue de lo mejor lo superior.

Los cuatro vivían en La Villa de Mazo, en la isla de La Palma, en una casita de piedras, coronada por coloridas tejas y verodes, con las puertas y ventanas de madera algo carcomidas. La enorme puerta que daba la bienvenida a la casa, estaba cortada a la mitad, tipo holandesa, lo que era bastante beneficioso sobre todo en verano ya que permitía que la vivienda se ventilara y a su vez evitaba que los animales entraran. Desde el pequeño porche que poco a poco habían construido, se podía ver al fondo del pequeño pasillo la cocina, llena de cacharros, vasijas de barro, ollas y tapas colgadas de la pared. En la esquina derecha de la encimera de piedra, había un horno de leña y al lado un pequeño hornillo que a su vez daba a una ventana desde dónde se podía ver la huerta. El terreno era bastante generoso, pero no siempre fue así. Cuando fallecieron los abuelos de Lucía a la que cariñosamente llamaban Lula, dejaron algunos ahorros, no mucho pero lo suficiente para que Manuela comprara el terreno de al lado y ampliara la huerta, lo que le dio muchas alegrías a su cartera y menos días de miserias.

La cocina estaba repleta de destartaladas estanterías, con productos varios: miel, remedios caseros algunos a base de ajo que ella misma elaboraba, granos, gofio, media botella de aceite, un lujo que se guardaba para momentos especiales, manteca para cocinar, harina, caña de azúcar, unos gramos de café a medio moler y botes que hacía tiempo que nadie abría, Manuela los llamaba “botes sorpresa”.
Además de aquella rústica cocina, la humilde casita tenía tres cuartitos más. En uno dormían Manuel y Gregorio, en el otro la madre y la hija, y el tercero era un poco para todo. Allí Manuela, sentada en una silla de badana, enseñó a Lucía el arte del bordado Richelieu, calados y festones, además de enseñarle a  confeccionar y coser, le enseñó a hacer frazadas, unas mantas parecidas a las traperas. En aquella habitación, también guardaban algunas conservas, telas, los enseres de la pesca, mermeladas, jabón que ellos mismos hacían mezclando ceniza, manteca y sosa, semillas y un sinfín de trastos.

Manuela hacía mucha diferencia entre los chicos y Lucía. Ninguno de los dos aprendió a cocinar o lavarse la ropa, y si por ejemplo después de vender los huevos quedaban cuatro, se repartían dos para cada uno y ellas se conformaban con media batata, ya que la otra media era para ellos. Lula no estaba de acuerdo con el injusto reparto, pero su madre le explicaba que era por respeto y educación, y no le permitía ni rechistar.

La pequeña de la casa se encargaba de las labores de la tierra, ayudaba a su madre en la cocina, se encargaba de los animales, cosía por encargo, lavaba ropa a los vecinos en la piedra que tenían en un cuartucho de apero, a cambio de lo que ella llamaba “una comida de papa o batata”. Era muy avispada haciendo negocios y ahorraba a escondidas para algún día comprarse un sombrero, y sustituir al viejo y destartalado.

Manuel y Gregorio se encargaban de vender los productos que daba la huerta.  A veces aguacates, papas o batatas, higos tunos y de leche, otra veces tomates y peras, ñames, limones, naranjas o lechugas, y cuando la tierra no daba mucho, vendían tarros del jabón casero, los bordados de Lula de los cuales no veía ni una perra, cuartas del vino de Manuela o se ofrecían para hacer trabajos de albañilería. Y a veces simplemente intercambiaban artículos con los vecinos, tanto podían ser papas por pescado o aguacates por una ristra de chorizo de perro. Y eso era lo único que hacían.

Lula tenía una abundante melena larga y ondulada, del color negro de las aceitunas y le encantaba llevarlo suelto. Era alta, corpulenta pero elegante, con el pecho justo y las curvas imperfectas, piernas largas como pértigas y las manos fuertes sostenidas por unas finas muñecas. Otra de sus muchas formas de ganar dinero, era ayudar a los animales a parir y era muy solicitada por los vecinos cuando la naturaleza se complicaba, y de ahí venían sus finas muñecas por el roce y la presión que ejercían los huesos de las pelvis de las parturientas. Otra particularidad de Lula era su ropa interior, únicamente se ponía bragas cuando tenían visitas o cuando iba a la capital a pasear o a divertirse en las verbenas siempre acompañada de su madre, la cual se moderaba con el alcohol para no perder de vista a su niña.

Pero llegó el día en el que Lula comenzó a sacar su inconformismo, y lo primero que hizo sin la aprobación de su familia fue cortarse la melena para venderla. A Manuela casi le da un infarto pero después de un par de vasos de vino se había olvidado, y cuando despertó al día siguiente con la resaca pertinente le volvió a dar un telele al verla sin melena. En el fondo siempre se sintió diferente en su casa, incomprendida, por lo que desarrolló otra particularidad: hablaba sola, ella se preguntaba, se contestaba y se desahogaba.

La relación con sus hermanos era básicamente la de una sirvienta: se levantaba antes que ellos para prepararles la ropa y el desayuno. El almuerzo lo debía dejar hecho la noche anterior, para cargarlo en la camioneta junto con lo que fueran a vender en el mercadillo, y así todos los días. Los domingos eran diferentes, Manuela les había encargado a sus hijos una única cosa, dedicar ese día para limpiar a fondo la huerta, pero los chicos le prometían a Lula cada domingo que si lo hacía ella le enseñarían algo que deseaba más que un sombrero nuevo: aprender a leer y escribir.

Después de muchos domingos esperando por las lecciones de sus hermanos, se dio cuenta de que le habían tomado el pelo. En realidad nunca tuvieron intención de enseñarle, porque vivían con la certeza de que si una mujer aprendía a leer y escribir, empezaba a pensar y eso no les convenía y menos en su caso teniendo a Lula a sus servicios, pero el engaño iba a traerles consecuencias, habían subestimado a su hermana pequeña.

Lo primero que hizo fue buscarse una casa donde trabajar los domingos, así sus hermanos ya no se podrían escaquear. Lo segundo fue darles un susto de muerte: todos los sábados iban a jugar al dominó, comer carne de cabra y unas cuartitas de vino, así que además de llegar casi de madrugada a la casa, venían achispados, dando tumbos y con ganas de seguir con la juerga, y Lula les iba a dar juerga.

Para trabajar en la huerta utilizaban pantalones de dril, que eran tan recios que se quedaban de pie sin que nadie los llevara; pues bien, con ayuda de los pantalones y sus conocimientos de costura, creó una bestia espeluznante con sangre y tripas de verdad. Unos de esos sábados de dominó, Lula espero con paciencia en medio de la oscuridad a que sus abusadores hermanos regresaran. Colocó el muñeco sobre la rama de un árbol en el tramo más oscuro que conducía a la casa, atado con una cuerda y cuando escuchó a sus víctimas la soltó y como una exhalación aquel ser horripilante cayó sobre ellos, llevándose el susto de sus vidas. Lula se tapaba la boca para que no la oyeran reírse, nunca olvidaría sus caras de terror absoluto y menos que ambos se orinaran encima como dos bebés, que salieron corriendo como si un león les cayera detrás. Al llegar a la casa histéricos, despertaron a Manuela y ésta les sacudió dos guantazos a cada uno con sus enormes manos callosas, mientras Lula recogía todas las huellas de su venganza sumida en un intenso sentimiento de justicia.

La pequeña de la casa después de aquella noche continuó con su cruzada, sentía la responsabilidad de seguir haciendo justicia, por ella, por su madre, por todas las mujeres que le venían al pensamiento. Se resarcía con cosas insignificantes, como echarles doble de pimienta en el almuerzo o restregar ortigas por sus calzoncillos.

Lula estaba encantada con el trabajo de los domingos, la casa estaba en Tirimaga, y el paseo la apaciguaba. Era el domicilio de una maestra de escuela ya retirada, que vivía con una docena de gatos que ocupaban las siete habitaciones de la casa y la aromatizaban con su asquerosa orina. Las labores de Lula eran lavar la ropa, remendarla si hacía falta, barrer y fregar, cocinar y limpiar el polvo de aquella casa repleta de figuritas de porcelana.

La habitación que más le gustaba arreglar, como decía ella, era la biblioteca: le fascinaban los libros. Con cuidado los cogía de las estanterías, les sacudía el olvido con un paño suavemente como si se pudieran desintegrar y los abría, los olía, y paseaba sus dedos por las letras, y aunque reconocía algunas la incapacidad de leer y entender la frustraba.

Cuando Lula cocinaba, la señora de la casa se le pegaba como una lapa, quería aprender a cocinar aquellas recetas tan sabrosas, aunque para conseguir el punto de la cocinera le quedaba un largo camino. Uno de esos días de cocinilla, la señora le propuso que le escribiera las recetas, para practicar, y se hizo un gran silencio. Lula se quedó ensimismada dándole vueltas a la cuchara sumergida en la cazuela de conejo, y la señora se lo volvió a repetir, a lo que Lula contestó entre avergonzada y enfadada que no sabía ni leer ni escribir. La maestra retirada le pidió disculpas y se ofreció a enseñarle a cambio de nada, Lula hacía más de la cuenta por ella “amor con amor se paga, si no nos ayudamos entre nosotras, ¿quién lo hará?” le dijo a Lula que tenía en su cara la sonrisa de la ilusión extrema. Pero esta actividad debía de mantenerla en secreto en su casa.

Y todos los domingos después de terminar con su trabajo, la maestra le enseñaba a leer y a escribir, le leía trocitos de Lazarillo de Tormes o El Quijote, y Lula alucinaba, aunque la mayoría de las veces no entendía ni la mitad. Poco a poco y después de mucho esfuerzo, además de nacer un vínculo especial entre aquellas dos mujeres, aprendió y le regalo un recetario a su maestra que había escrito casi en la oscuridad de su casa: conejo a la cazuela, rosquetes, morcillas y chorizos, frangollo, almendrados, guisos de pescado y todas las que había aprendido con el paso del tiempo y algunas de cosecha propia producto de su experiencia e imaginación.

A Lula la vida le cambió después de sus nuevas habilidades, soñaba con vocales y consonantes, leía siempre que tenía un hueco y en la casa de los domingos aclaraba sus dudas gramaticales. Lo leía todo, lo escribía todo para practicar e incluso elaboró un recetario con las mermeladas de su madre, sus remedios caseros y unos consejos sobre cómo usar las especias, escondida en el cuarto de apero. Pero un descuido hizo que sus hermanos se enteraran, y además de quemar toda su obra le dieron una paliza, y la vieja casi los mata a palos a ellos. Lula estuvo dos días en cama, y aunque sus hermanos le pidieron perdón ella nunca los perdonó del todo.

Su nueva habilidad le había regalado unas gafas invisibles que le hacían ver cosas de las que antes no se percataba. Cuando iba al mercadillo observaba como la mayoría de las personas, ya fueran pequeñas, adolescentes o adultas apenas sabían leer y escribir. Se dio cuenta de la precariedad que había en las zonas rurales con respecto a la educación básica, aunque la vida en el campo les enseñaba cosas que no estaban en los libros, creía que eso tenía que cambiar, empezando por ella misma.

Primero amplió sus conocimientos con la ayuda de la maestra, sin descuidar todo de lo que era responsable, sobre todo cuando su hermano Manuel emigró a Cuba, al que nunca volvió a ver, pero si lo leía en todas las cartas-postales que le enviaba desde Cabaiguan. Gregorio se casó y se mudó a la capital y Lula se quedó a cargo de su madre alcohólica y de toda aquella huerta, además de la responsabilidad de enseñar, ardua tarea.

La improvisada escuela iba a ser gratuita, porque para ella la educación no era un privilegio sino un derecho, así que  toda persona que quisiera aprender iba a ser bien recibida, sin importar edad o género. Pero Lula consciente de la realidad hizo campaña y a toda mujer que se cruzaba en su camino la animaba a acudir a sus clases ¡Ven a probar, mujer!

Y así fue como Lula creó una escuela unitaria, y les dio a las personas una oportunidad, les dio las herramientas para elegir, para soñar, para entender el mundo lleno de letras que les rodeaba, pero sobre todo les dio esperanzas, autoestima y unas tremendas ganas de comerse la vida.

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lunes, 18 de noviembre de 2019

La partida







Los dos contrincantes llegaron a la vez y aunque habían llegado a la par, uno paso primero al interior de la habitación, así que los llamaremos Primero y Segundo.

Las paredes eran de un blanco impoluto, un blanco que brillaba, que hacia rebotar la luz que emitía el fluorescente del techo, haciéndola muy luminosa y espaciosa. El único mobiliario que había era una pequeña mesa redonda y dos cómodas sillas del mismo color que el habitáculo, dos vasos de plástico y una jarra con agua, y de la pared colgaba un dibujo de Escher, dos manos dibujándose la una a la otra, en blanco y negro.

Los jugadores se sentaron uno frente al otro. Sobre la mesa estaba el tablero con los dos colores ya asignados: amarillo para Segundo, verde para Primero. Antes de comenzar la partida, Segundo tenía una idea que le rondaba por la cabeza desde hacia tiempo, y pensó que estaría bien ponerla en práctica para que el juego fuera más interesante, y se moría por presentársela a su contrincante...”¿qué te parece si cambiamos algo? ¿qué te parece si dejamos la suerte en las manos del otro? Yo tiro los dados y mueves tú, y al contrario ¿aceptas?”...Su oponente asintió con la cabeza.

Empezaba él que sacara el número más alto. Salían con un cinco, la partida iba a dar comienzo y la suerte estaba echada en las manos del otro. Los dos a la vez sacudieron sus cubiletes, y los pusieron boca abajo en el tablero. Levantaron a la de tres: Primero sacó un cuatro para Segundo y éste sacó un seis, por lo que volvió a tirar para Primero dándole un cinco, y éste con soberbia sacó y arrastró la ficha verde hasta la casilla de salida.

Primero tiró y Segundo no tuvo suerte, un tres. Segundo lanzó el dado y le regalo otro cinco, construyéndose su oponente una barrera. Primero tiró de nuevo, un seis, volvió a tirar bajo la mirada expectante de su contrincante, y cuando asomo el dado, allí estaban los cincos puntos, estrenándose así la salida de la casa amarilla. En la siguiente tirada, Primero rompió la barrera con un tres, un misero tres pensó, tenía tan poca paciencia que aunque estaban comenzando la partida, enseguida se le pasó por la cabeza que tenía que estar muy atento por si Segundo hacia  trampas, eso de la suerte se le había ocurrido a él, y quizás había truco.

Después de veinte minutos de partida las fichas de ambos ya habían salido de casa, los dos estaban jugando intensamente, concentrados en los movimientos del otro, intentado adivinar una estrategia, una jugada redonda, tanto que la estancia estaba sumida bajo un silencio eclesiástico, pudiéndose escuchar claramente el respirar acelerado de los dos, unicamente acompañado del sonido del dado chocándose una y otra vez contra el cubilete, dejando paso al ligero golpe contra la madera del tablero. Primero lanzó el dado, lo que llevo a Segundo a comerse una ficha verde, y justo a veinte casillas estaba la meta, el deseado centro del tablero, y aunque había metido una, eso no decidía nada; pero sí para Primero, no sabía ganar y menos perder, y lo demostraba con la tensión de su mandíbula y la mirada de casi odio que lanzó a Segundo cuando éste, mientras se comía su querida ficha, soltó jocosamente un “mmmm...que rico aperitivo”.

Le tocaba mover a Primero, un seis, deslizó la que estaba más cerca del pasillo verde, otro seis, movió la misma, nervioso, otro seis y de vuelta a casa. Segundo lanzó el dado, expectante, un cinco, y el aperitivo volvió a la salida. Primero estaba cada vez más nervioso, y se podía adivinar por como agitaba su pierna desde el pie hasta el muslo, haciendo pausas cuando le tocaba lanzar.
Primero sacudió con fuerza el cubilete y lanzó, un seis, Segundo estaba a punto de llevar otra ficha al centro, su contrincante volvió a tirar, un cinco y a la meta. Primero sudaba profusamente, nadie le había ganado nunca al parchís, se consideraba invencible, de hecho continuamente se lo decía a si mismo ¡Soy invencible! Estaba realmente frustrado.

Segundo tiró, un dos. Primero pensó durante unos segundos cuál de las tres fichas mover: una en la salida y otra a medio camino pero con peligro de ser devorada, aún así se arriesgó y se decidió por la que estaba a medio camino, que es la vida sin riesgos. Después de mover lanzó el dado, un seis para Segundo, y después un cinco, más cerca que lejos del pasillo amarillo, y la mandíbula de Primero parecía que tenía vida propia.

Segundo sacudió el cubilete pacientemente, mientras el movimiento de la pierna de su contrincante estaba a punto de causar un terremoto en la habitación, derramó el dado lentamente sobre el tablero, un cinco, colocándose su contrincante cerca de la ficha amarilla, parecía una serpiente persiguiendo a un pajarito. Primero quiso imitar la calma de su oponente, pero le pudo más el ansia de ganar, haciendo que el dado cambiará el tablero por el suelo. Segundo lo recogió algo violentado, y se lo puso en la mano. Volvió a tirar, un seis, seguido por un tres, y dentro del pasillo.
Primero se retiró ligeramente de la mesa, para respirar y pidió un momento para beberse un vaso de agua. Mientras Segundo no podía evitar la expresión de satisfacción de su cara, la ponía, así, inconscientemente, y cuando iba a soltarle a su contrincante que solo era un juego, al verle la cara roja de rabia contenida, se lo guardó y se lo tragó.

Segundo tiró el dado, un seis, luego un cinco, sacando su oponente la última ficha que había vuelto a casa. Primero parecía más relajado al ver que el pasillo verde estaba cada vez más cerca. Éste lanzó el dado, un tres para Segundo, y una sonrisa sarcástica se dibujó en la cara de su oponente, se alegraba de aquel pequeño avance. Otro seis para Primero y dentro de la alfombra verde, y aunque todavía tenía que sacar dos fichas adelante, se regocijaba en la silla.

Llevaban cuarenta minutos de partida, y la tensión cortaba el aire. Segundo le dio un cuatro a Primero, y con este movimiento se quedaba a dos casillas para la meta. Él casi ganador movió su ficha, un seis, riéndose por dentro, otro seis, y ya no reía tanto, estaba tan cerca, otro seis sería devastador, y cuando Primero lanzó el dado, dos vueltas en el tablero y como si pesará diez toneladas otro seis, acompañado de un ¡tomalo! de su oponente. Segundo deslizó con la cabeza agachada la ficha de vuelta a casa, y tiró, dándole a Primero un seis, que se iba a centrar en la ficha que ocupaba la casilla de salida. Otro seis y por último un uno. Ahora Segundo era él que pedía una pausa para beberse un vaso de agua, en dos tragos para ser exactos, estaba sorprendido por el giro que había dado la partida, aunque sabía que podía ocurrir no pensó ni por un momento que le pudiera pasar a él.
Primero tiró y le dio suerte a Segundo, un cinco y de vuelta al ruedo. Pero la suerte estaba echada, ya estaba firmada y sellada. La carrera de Primero fue excelente, con un dos llevó a su segunda ficha a la meta, y las otras dos avanzaban raudas, mientras la última ficha de Segundo se había convertido en una vieja y lenta tortuga. Se habían cambiado las tornas.

Primero lanzó el dado relajado, encantado, y le dio a Segundo el tercer tres, y ahora era él, él que se planteaba si su contrincante estaba haciendo trampas. Segundo estaba abatido, solo deseaba que la partida llegara a su fin, pero todavía tenía que sufrir un poco más; tiró y otro seis para Primero, con el que metió su tercera ficha en el pasillo verde, su ego estaba pletórico, estaba eufórico, convirtiéndose en un burlón cansino, y eso hacía que su oponente estuviera incómodo. Segundo respiró y volvió a tirar, un cinco para Primero, que movió su cuarta ficha.

La tortuga de Segundo parecía cada vez más lenta y él más hastiado. Cuando, en un pestañeo, Primero ya tenía su tercera ficha en el centro y la cuarta a diez casillas de ganar la partida; no paraba de agitar las piernas, las pupilas dilatadas, concentradas en la jugada. Un misero dos para Segundo, un cinco para Primero, un cuatro para la ficha amarilla, un seis para la verde y dentro del pasillo, solo lo separaba de la victoria un dos. Segundo totalmente pasivo volvía a tirar deseando que el dado le mostrara los cinco puntos que terminarían con aquella partida, y le quitarían a aquel abusador de delante, que no había parado de hacer comentarios sobre cómo perdía y dónde se podía meter la cara de satisfacción que había mostrado antes. Y suerte para los dos, el dado les dio el cinco.

La reacción de Primero fue saltar de alegría, mientras le gritaba a su oponente que era un puto perdedor y que le había dado la lección de su vida. Segundo se recostó calmadamente en su silla, y lo miró fijamente esperando que terminara con su individual y cruel celebración. Primero la alargó durante unos minutos, y al finalizar Segundo le preguntó...”¿te vas a quedar conmigo para siempre, verdad?”... Y se hizo un largo silencio.

Lo que no sabían los jugadores, es que la partida había tenido público. El dibujo de Escher era un truco, un espejo, y estaban siendo observados desde la habitación contigua, aunque sería más acertado decir observado, en singular, ya que en aquella partida solo había un jugador. Los observadores se miraron y por fin tuvieron todo lo necesario para tener un diagnóstico claro, había sido un paciente difícil, un reto para ambos pero con aquella partida de parchís lo tenían: el veredicto“Personalidad Múltiple”.

Segundo, en un tiempo había sido Primero y único, pero en un momento de saturación vital apareció Segundo tendiéndole una mano a su psique perturbada, y poco a poco comenzó a relevar a Primero, convirtiéndolo en Segundo y viceversa. Y al finalizar la partida, Primero había conseguido instalarse por completo, y Segundo nunca volvería a ser Primero.


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lunes, 9 de septiembre de 2019

El discurso


Hoy me desperté sobresaltada, soñaba que era el día y que me había dormido, será porque faltan exactamente nueve días y tengo los nervios de los nervios.

Me levanté destartalada, con una enorme pesadez en la mandíbula y en los ojos, dormí demasiado, y eso significaba pasar el día en el aire; a mi cerebro no le sienta bien dormir más de la cuenta. Aún así hice lo de siempre, lavarme la cara y abrir las cortinas del cuarto, deslizar el cristal de la ventana, asomarme y mirar al cielo para predecir el tiempo y darle un repaso a la calle de derecha a izquierda, con los ojos chicos deslumbrados por las primeras luces del día. Desde mi ubicación puedo ver una parte de la avenida, que en esta época del año está cubierta por un manto de flores rojas de los framboyanos que la recorren entera, plantados muy cerca los unos de los otros. Altos y robustos, con su intimidad, la intimidad de los árboles, dejando entre sus ramas una ínfima separación que apenas se aprecia sino miras detenidamente; es de admirar el respeto que existe entre ellos.

Después del ritual mañanero fui a la cocina a prepararme el desayuno y mientras se hacia el café, me sobresaltó la alarma del despertador que me recordó de sopetón y con gran pereza, la cita que tenía ese día. Había quedado con una amiga para darle un fondo elegante a mi armario, bueno más bien un fondo en general, no tengo mucho dónde elegir, detesto ir de compras y la moda, pero no tengo más remedio.

A pesar de que no me había levantado con buen pie, me hacia ilusión elegir el vestuario para uno de los días más importante de mi vida, y también para creérmelo del todo. Han pasado meses desde mi nominación al premio y todavía sigo sorprendida. En ningún momento de mi larga carrera profesional, me planteé que valorarán mi creatividad públicamente, que le pusieran cara y voz a todas esas obras que llevan un pedazo de mi y de las personas que forman o han formado parte de mi vida.
En cuánto a las compras, encontré algo que siempre había querido tener, un traje de chaqueta y pantalón, negro, ceñido, para mi gusto elegante, y una corbata, que a pesar de la negativa de mi consejera en moda a que me lo comprara, me lo probé y supero mis expectativas, no tenía que buscar más. En lo único que cedí fue en le color de la corbata: roja, para que hiciera juego con mis mejillas. Una cosa menos de la que preocuparme.

He tenido mucho tiempo para pensar en ello, en cómo me voy a sentir tanto si gano como si pierdo, en cuál será mi reacción; en si me sentiré merecedora si gano, en las caras de mis seres queridos que me acompañarán en tan glorioso día, y un sin fin de cosas, algunas más extravagantes que otras.

Nunca he vivido algo así, y he de reconocer que no gestionó bien esto del reconocimiento público, pero no porque crea que no me lo merezca (aunque todo siempre se puede hacer mejor), supongo que será porque no me gusta ser el centro de atención, y todo viene por un trauma de la infancia. En preescolar tenía una maestra que en el día de tu cumpleaños te sacaba delante de tus compañeros, con toda su buena intención, y te cantaban el cumpleaños feliz, y justo el día que me toco a mi, me sentía un poco mal del estómago, y al levantarme y ponerme delante de toda la clase se me aflojo una tripa y me cagué encima. Pase tanta vergüenza a la par que emoción, que me eche a llorar sin consuelo, y desde ese momento esto de exponerme en público me trae recuerdos de mierda.

Con respecto a lo profesional he conseguido todo lo que me he propuesto, peleando con uñas, dientes y cerebro, superando barreras que disimuladamente me han puesto en el camino, pero he resistido: y aquí estoy con una nominación en las manos. He pasado por diversas escuelas superiores, municipales y privadas, nueve años de mi vida estudiando, y moriré estudiando, aunque me considero afortunada, no me pesa, por dedicarme al cien por cien a lo que me gusta, a lo que me ha apasionado toda mi vida. Pero nunca se me había pasado por la cabeza que en algún lugar de este planeta podría haber alguien  pensando en mi, en mi trabajo, en mi trayectoria profesional, en mi vida, y a pesar de que miro el sobre y leo el comunicado todos los días, me cuesta creérmelo.

Lo único que me falta es lo más importante para mi: el discurso de agradecimiento. Lo he escrito y reescrito, le he dedicado mucho tiempo, y ya di con el conjunto de palabras correctas.

...” Antes que nada quiero agradecer a todos aquellos que han decidido valorar mi creatividad y esfuerzo, los cuales están impregnados por todas las personas de mi vida, que de alguna manera me han inspirado y acompañado en el camino, y que espero que lo sigan haciendo, así que este premio también es para ellos…Para terminar quiero dedicar este honor a la música...Supongo que todo comenzó mientras iba en mi primer vehículo, siempre acompañada de ese ritmo dinámico, organizado y repetitivo de los latidos de mi madre, y esa música me bajo por la garganta, y la necesidad del ritmo se me quedo para siempre...No recuerdo un momento de mi vida en el que la música no estuviera presente, creando un pasado, recordándome momentos, personas y sentimientos. Todo en mi existencia ha girado en torno a ella; la música de mis amores, de mis amigos, de mi familia,de mis recuerdos, conforman la banda sonora de mi vida...Y ha sido un inmenso placer para mi poder dedicarme a ella, a su creación y transformación, a componer y descomponer sus notas y a sentir sus caricias hasta el punto de poner todo el vello de mi cuerpo de punta...Y me enorgullece poder regalársela a ustedes, al mundo y que perdure en el tiempo, aún cuando yo no este...Muchas gracias”…

Ahora a soportar la corta espera.


                                         
                                                                                  ..."La música nos revela la esencia intima
                                                                                      del mundo, a través de los ritmos, la
                                                                                      sabiduría más profunda, y nos habla en
                                                                                      una lengua que la razón no comprende.
                                                                                      La música es la más metafísica de las
                                                                                      artes, ya que mientras las otras artes
                                                                                      nos hablan de sombras, la música nos
                                                                                      nos habla del ser"...
                                                                                                                         SCHOPENHAUER
                                                   

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sábado, 26 de enero de 2019

El lunático



Una vez conocí a un Lunático, de La Luna.

Mi tren se retrasaba debido a un accidente, y no me valía la pena moverme de allí. Logré conseguir un sitio en la abarrotada cafetería de la estación, aunque esperé y esperé por un chocolate con torrijas. El ambiente estaba turbio, las voces se pisaban, casi todas las sillas estaban ocupadas por personas enfadadas, tristes, preocupadas y muy pocas que comprendieran que no había con quién enfadarse. Aquella tragedia había provocado un caos.

Hacía frío y viento, pero estaba ansioso por fumar, así que me abrigue bien, me armé de valor y salí. El aire te congelaba la cara, podías sentir el peso de las cejas y las pestañas, olía a humo, a quemado y pensé en el accidente mientras me encendía el cigarro protegido por un pequeño saliente de la pared. Me imaginaba el escenario, el amasijo de hierro deformado sobre las vías, el fuego consumiéndolo todo con la ayuda del viento, a los bomberos y a los sanitarios de aquí para allá, a los curiosos molestando y a las victimas muertas o heridas; el perturbador sonido de las sirenas se escuchaba desde mi fumadero y hasta mi ubicación llegaban pequeñas partículas de cenizas.

Ensimismado con mi morbosa imaginación no me había percatado de que no estaba solo. A dos metros de mi ubicación, estaba sentado un hombre, de mi edad más o menos, vestía camisa de manga corta desafiando al frío, pantalón vaquero y unas cholas...¡unas cholas! me imaginaba esos dedos como carámbanos al borde de la gangrena, pero no parecía nada incómodo, al contrario, se le veía bastante feliz.

El viento se fumó la mitad de mi cigarro, así que me encendí otro. Cuando me giré el hombre feliz estaba a mi lado, me dio un susto de muerte. Pensé que querría fumar, así que le ofrecí uno pero negó con la cabeza, clavándome sus ojos extremadamente saltones, y me volví a asustar. El hombre estuvo callado unos segundos, aunque a mí me parecieron horas, hasta que habló, y lo primero que me dijo fue “¿me das un abrazo?” Me quedé sin palabras, pero accedí, eché el cigarro a un lado y le di un fuerte abrazo y bajo mi sorpresa estaba calentito. Pensé que era uno de esos súper humanos que solo necesitan cinco horas de sueño y que son capaces de controlar su temperatura corporal. Fue un momento extrañísimo.

Cuando terminamos el abrazo, el hombre feliz me miró de arriba a abajo y me preguntó que era lo que sostenía entre mis dedos e inmediatamente un escalofrío recorrió mi cuerpo. Con voz de “no me lo puedo creer” le contesté. Él lo miró fijamente y me volvió a lanzar otra pregunta “¿se come?” Y ahí además de soltar una corta carcajada, tuve la certeza de qué algo en aquel hombre no estaba bien. Le contesté amablemente y apuré el cigarro todo lo que pude bajo su atenta mirada, y de verdad que parecía estar ante algo sumamente sorprendente para él por la expresión de su pálida cara, de verdad parecía que nunca había presenciado el acto de fumar. Y observando la profundidad de sus ojos, algo me hizo sentir que era inofensivo.

Le expliqué de que iba el tema, y también las consecuencias, lo que despertó en él otra pregunta “¿y por qué lo haces?” Me sentí estúpido y apagué mi tercer cigarro. Y para desviar el tema le pregunté sino tenía frío, si tenía alguna técnica para soportar aquella noche de invierno. Y él me contestó…

...” Soy un lunático de La Luna y mi piel esta preparada para todo, como las yamas ¿sabes? Allí o hace mucho frío o mucho calor, depende del lado dónde estés, podemos estar a -248 grados como estar a 123 grados, a veces es difícil, pero a todo te acostumbras”…
Me quedé sin palabras, lo primero que me vino a la cabeza fue que se había escapado de algún sanatorio. Pero como no tenía nada mejor que hacer y el tren no llegaba hasta el día siguiente según las predicciones de los responsables, decidí quedarme fuera y conocer  más a fondo a aquel encantador lunático de La Luna.

El hombre feliz me confesó que hasta ese momento nadie había querido hablar con él, que cada vez que decía de dónde era la gente se apartaba como si estuviera loco, así que lo animé a seguir con la conversación y le pregunté cómo era eso de vivir en La Luna, ansioso por escuchar su respuesta.

...”Pues verás, allí todo es más ligero, si en La Tierra pesas 60 kilos en La Luna pesas 11. Hay polvo por todas partes, ensuciando y ensuciando y se pega a todo, a la ropa, al pelo...pero los lunáticos hemos desarrollado está estupenda piel que además de estar a prueba de temperaturas severamente adversas, también es inadherente”… Aquí hizo una pausa para que le tocará, yo tuve que haber puesto la cara de ¿eh? porqué insistió varias veces ofendido; otro momento raro, de esos que si me lo hubieran contado por la mañana, seguramente me hubiera infartado de la risa. Pero cuando lo toqué, el tacto de su piel me resulto fascinante, parecía estar cubierto por una fina capa de plástico, no podía dejar de tocarla, tan tersa y resbaladiza. Y el hombre feliz continuo después de la sobada.

...”No salimos mucho de casa, bueno no son casas como las de aquí, realmente vivimos en los cráteres, de ahí mi palidez”...Se echó una risita y prosiguió...“Debajo de cada uno de ellos hay túneles y habitáculos provistos de todo lo necesario para la vida subterránea, tenemos generadores para la electricidad y más abajo galerías de agua congelada, en fin no se vive mal, es una vida sencilla. No hay locuras como las dietas o la moda, siempre vestimos igual. Dormimos doce horas diarias, y como poseemos una digestión muy lenta, solo necesitamos comer una vez al día. Y del tiempo que nos queda, dedicamos tres horas a la jornada laboral y las nueve restantes las destinamos a nuestro disfrute, lo que se traduce en hacer lo que nos da la gana”…

Aprovechando la pausa me encendí un cigarro, y mientras lo prendía llegué a la conclusión de que los lunáticos eran una versión mejorada de los terrícolas. Después del primer tiro, le pregunté el porqué se su visita a La Tierra ...”Vine a buscar semillas de arboles lunares, sería maravilloso tener arboles allá arriba”...se sacó una bolsita del bolsillo con dichas semillas, y recordé que uno de los astronautas de uno de los Apolo, llevó consigo semillas esperando que La Luna produjera algún cambio en ellas, al regresar a La Tierra las plantó pero simplemente crecieron arboles terrícolas. Por un momento pensé en contárselo, pero quién era yo para quitarle la ilusión después de un viaje tan largo, así que puse cara de sorpresa y me alegre por él, y justo en ese momento dejé de verlo cómo un posible demente y me lo terminé de creer del todo: era un verdadero lunático.

Quedaba poco para el amanecer, y quería preguntarle más cosas antes de entrar a la cafetería a desayunar. Me causaba una tremenda curiosidad saber cómo iba a volver a su casa …”En aproximadamente una hora comenzará una breve tormenta eléctrica, y un rayo temporal vendrá a buscarme, y está cerca”...y me señaló al fondo, a las montañas que ya estaban cubiertas por unos enormes nubarrones negros, dejando solo al descubierto sus afilados y desafiantes picos.

Y antes de que el hombre feliz partiera, le pregunté qué era lo que más le había gustado de su visita al planeta azul, y mirando al cielo con la cara del hombre más feliz del universo, me contestó ...”En La Luna no hay viento, no llueve, así que imaginate el susto que me lleve cuando vi llover por primera vez; estaba en una cafetería, llevaba apenas unas horas aquí, y de repente escuché un repiqueteo en la ventana, y todo el mundo entraba despavorido, como si estuvieran huyendo de algo horrible. Yo salí valiente para comprobar de qué o de quién huían, cuando sentí la primera lluvia de mi vida, y la primera bocanada de viento que la acompañaba; al principio me asusté pensando que ese agua que caía del cielo me iba a desintegrar, que el fuerte viento que soplaba me iba a enviar de vuelta a mi casa. Y cuando fui consciente de qué nada de eso iba a pasar, me di cuenta de que era lo más fascinante que había visto en mi vida, y la disfrute, vaya que si la disfrute: los charcos los salté todos, la probé una y otra vez, jugué con el barro, y me senté en un banco a observarla hasta que se canso, acompañado por los últimos alientos del viento que hacían que todo volara a mi alrededor”…

Miró hacia el cielo y cerró los ojos, supongo que para sentir su última ráfaga de viento, y antes de despedirnos y darme las gracias por tan grato encuentro, me dijo ...”Pero, antes de irme, he de confesarte que lo que más me ha gustado de mi visita ha sido ponerme estas cholas, llevar esta parte de mi cuerpo al aire me ha hecho sentirme libre, créeme si te digo que  la vida en cholas se vive mejor. Me voy con el desconsuelo de no poder llevármelas”… Con una gran sonrisa y un fuerte y cálido abrazo, nos despedimos y entré en la estación sin mirar hacia atrás, mientras se empezaba a escuchar el sonido lejano de los truenos.

Al cabo de dos horas, anunciaban por megafonía que mi tren estaba a punto de llegar. Cuando salí me invadía la curiosidad por comprobar si el hombre feliz seguiría allí o si por el contrario el rayo temporal ya había pasado a recogerlo. Y al llegar al lugar dónde nos conocimos encontré sus cholas chamuscadas, las cholas que había llevado un auténtico lunático de La Luna.




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jueves, 25 de octubre de 2018

Mi primer día entre tiburones



Cuando me desperté no hubiera imaginado el día que me esperaba, el día que cambiaría mi vida para siempre.

Teníamos la cita a las nueve de la mañana. Yo como siempre, me dejé llevar y no hice muchas preguntas, me subí al coche y a pasear. Todo el camino estuve a mis cosas, entretenido con mis pensamientos, cuando empezamos a aparcar y mirando por la ventana me di cuenta que esa casa me sonaba y comencé a recordar...

...”Un día no recuerdo cuando (lo del tiempo todavía no lo controlaba), visitamos esa casa. Cuando nos abrieron la puerta y entramos fue como estar en la selva, miles de arbustos y árboles altos y con muchas hojas, y lo vi todo desde abajo muy abajo, y todo me parecía gigante, porque mis padres ese día consideraron que yo ya era mayor para ir caminando ¿¡mayor!? mayor es mi abuelo que siempre me lo decían: - ¡no le pegues a tu abuelo que esta mayor! Pero bueno en ese momento lo acepté y no les monte ningún numerito, la verdad es que estuvo bien ir por ahí investigando a mis anchas. Y caminando, caminando llegamos a otra puerta que estaba abierta y antes de pasar sentí un escalofrío, escuché vocesitas, un sonido que me recordaba al parque, si era ese sonido ¡niños llorando! eso solo significaba que pasaba algo malo, y yo sabía que eso no era el parque...Cuando entré me dieron ganas de llorar a mi también pero mis padres me cogieron de las manos y entramos los tres juntos, enfrentándose conmigo a todos aquellos niños llorando sin consuelo, y se podían oír entre suspiros las palabras que siempre nos salvaban: mamá y papá, y yo no entendía porque no estaban allí salvándolos, era una locura ¿por  qué los habían abandonado? Los miré con pena y un poco orgulloso porque mis padres si estaban, y no me iban a dejar allí...Llegamos a la sala dónde estaban todos reunidos, y de repente pusieron música y los llantos se dejaron de escuchar, pero solo un momento, porque al vernos se pusieron tristes otra vez...Allí habían tres señoras, y hacían cosas raras: cantaban, bailaban, cogían a los niños en brazos, les limpiaban la nariz, los abrazaban y pude ver con mis propios ojos que hacían magia, por que algunos dejaban de estar tristes...En esa misma sala nos paramos y me preguntaron mi nombre, y aunque yo lo sabía decir no quise y tampoco les di un beso, no me apetecía, pero no pasa nada por eso, yo no las conocía de nada y mis padres tampoco y no me gustaron sus caras, ni sus voces...Y cuando abrieron la puerta pequeña y pasamos, yo me quede quieto, observando a los niños, pegado a la pared, pero cuando se dieron cuenta de que yo estaba allí, comenzaron a mirarme, a acercarse, a decirme cosas que yo no entendía, y me tocaban la cara y las manos y me daban juguetes, y me chupaban, me sentía como el pez del cuento que mi abuelo el mayor me contaba: un pececito que vivía en un mar muy grande rodeado de peces, tiburones, medusas, pulpos y algunos más de los que no me acuerdo, porque aquello me parecía un mar muy grande ...Fue un momento que no me gustó, además olía raro y los juguetes que me gustaban ya estaban cogidos, en mi casa todos eran para mí...Mientras yo estaba allí con ganas de llorar y a la vez con ganas de jugar, mis padres hablaban con las señoras, y los cinco me miraban y me sonreían...Se despidieron y antes de salir por la puerta por mi propio pie, una de las señoras puso voz de dibujos animados y con esa voz me dijo “ádiooosss, nos vemos prontooo” y yo literalmente me hice caca encima”…

Y allí estábamos de nuevo, pero esta vez mis padres llevaban una mochila, la misma que llevaban a casa de mi tía cuando me quedaba con ella a dormir, me pareció raro, pero enseguida lo adiviné, después de la visita me llevarían a casa de tía, pero no fue así. Mis padres me iban a abandonar y antes de hacerlo me engañaron; primero hicieron como se iban a quedar, pero poco a poco se fueron acercando a la puerta, y yo me volví a sentir como un pecesito, agarradito a mi mochila entre peces grandes, ruidosos, llorones, enfadados, de todo tipo, y mire a mis padres, me acerqué a ellos pensando que nos íbamos y me dijeron que me iban a dejar un ratito allí (yo que sabía el tiempo que era un ratito), que me lo iba a pasar bien, pero allí muy pocos se lo estaban pasando bien, y pensé que si aquello era tan divertido ¿porque no se quedaban ellos?... ¡Me iban a abandonar! Me dieron el último beso y se fueron sonriendo, y yo me quedé pegadito a la pared al lado de una señora que  me decía que en un ratito volvían (y vuelta con el ratito) que habían ido a comprar galletas ¡imposible! yo siempre iba con ellos, tenía que ayudarles a elegir las mejores ¡no me engañé señora me han abandonado! (pensé, mientras me rompía la garganta llorando) Todos me miraban y algunos estaban contentos, aunque sus padres acabaran de abandonarlos, era muy difícil de entender para mí, me sentía como un pececito rodeado de tiburones.

Me senté en el suelo, de vez en cuando venía la señora a hablar conmigo, me animaba a jugar pero a mi no me apetecía, quería estar con mis padres, con mis cosas, con mis olores y no allí. Luego vi un coche rojo, con las ruedas grandes, de esos que si los ruedas hacia atrás salen disparados, y al verlo libre me atreví a cogerlo y me volví a sentar. Pero yo quería ponerlo a caminar, pero si lo hacía me tenía que levantar para recuperarlo, y no pude hacerlo, estaba clavado en el suelo con la mochila puesta que era mía y solo mía y ninguno de esos niños me la iba a quitar.

No sé cuanto llevaba allí abandonado, ya me había cansado de llorar, me di cuenta de que no servía para nada, cuando la señora me ofreció medio plátano y lo cogí rabioso y no me lo iba a comer, pero parecía estar muy bueno, así que lo probé un poquito y terminé comiéndomelo entero. Luego se hizo un silencio y todos empezaron a beber agua a la vez, supuse que se estaban aclarando la garganta para seguir llorando, y la señora cantó una canción, una de una mano que sale y se va y no se qué más, cuando de repente aparecieron mis padres y yo me emocioné tanto, tanto que me puse a llorar de la alegría ¡no me habían abandonado! Y la señora fue a despedirse de mí, y con la voz de dibujos animados me dijo ¡nos vemoooss mañanaaaa! Y yo me enfadé.

Y pasaron muchos mañanas, y cada día me fue gustando más, y me di cuenta de que los papas desaparecen pero siempre vuelven a aparecer. Estar allí era como estar en un gran océano y poco a poco comencé a sentirme como pez en el agua, rodeado de pulpos, medusas, tiburones, caballitos de mar y otros pececitos como yo, pero aunque éramos diferentes como nos decían las señoras, formábamos parte de un equipo dónde nadábamos al mismo son, y después de algunos mañanas, cuando dejé de resistirme y me tiré al agua, fue cuando mi vida cambió y comencé mi camino para hacerme mayor, y comencé a entender pasito a pasito la vida que había fuera de mi casa, sin mis padres, aprendí a compartir, conocí la empatía y a la señora frustración (la que me hizo enfadarme y llorar muchas veces)...porque ser pequeño, a veces es muy difícil.

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lunes, 8 de octubre de 2018

Mundo y Compasión



Mundo y Compasión llevaban juntos mil vidas, que digo mil vidas, un cuatrillón de vidas, se conocían de siempre y para siempre. Cuando uno se estremecía él otro lo hacía, si uno empezaba una frase él otro la remataba y si uno sufría él otro también. Si Mundo se desmoronaba ahí estaba Compasión para sacarlo de su desidia, y cuando Compasión se perdía, que solía ser a menudo últimamente, Mundo la encontraba.

Aunque no trabajaban juntos,formaban parte de un equipo interdisciplinar y lo que le ocurría a Compasión le salpicaba a Mundo, y a la inversa. Hacían un buen equipo, se pueden contar con los dedos de una sola mano las veces que estuvieron en desacuerdo, siempre fuertes ante las adversidades, siempre resolutivos.

Mientras la vida pasaba en llano, en subida y en bajada, con curvas y obras, y Mundo comenzó a cambiar. Su trabajo era complicado y requería de mucha energía por su parte, debía organizar, garantizar, hacer y deshacer, y lo que más detestaba: devolver a las acciones sus consecuencias. Mundo estaba agotado, moralmente afectado como nunca, soportaba mucho peso en su espalda, en su nuca y en su corazón, y se volvió distante, malhumorado y se convirtió en un simple observador del derrumbamiento de tantos años de trabajo y el colapso de su interior. Poco a poco se volvió sucio, desordenado, ruidoso, quejica, se paseaba por ahí con un traje gris, mirando sin mirar, tropezando cada dos metros con la misma piedra: Mundo estaba perdido en la más absoluta desidia.

Compasión intentaba animarlo, como siempre, cuando uno se caía el otro lo recogía, y sin mediar palabra abría las ventanas para que mirara sin mirar, para que respirara sin respirar y sabía que dijera lo que dijera, no iba a servir para nada. Así que se le limito a sujetarle las manos, acariciarle el pelo y darle consuelo cuando se despertaba inundado, y espero con calma.

Paso y paso el tiempo y Mundo empeoró. Comenzó a padecer dolores a diario, sus piernas habían perdido fuerzas, las palmas de sus manos se agrietaron, se sentía agitado, revuelto y cayó en un pozo muy profundo. Pero Compasión confiaba en él y en su no muy lejana recuperación, estaba convencida de que tocar fondo lo ayudaría a reinventarse, a volver más fuerte para arreglar  lo que se rompió, a recordar lo que se fue al olvido, a despertar como un volcán dormido y volver a ser él de siempre, aunque sabía que cargaría con cicatrices muy profundas, un corazón algo delicado y una vejez prematura.

Mientras, Compasión seguía con sus rutinas laborales y sus estrictos horarios, lo que le ocupaba mucho de su tiempo aunque le apasionaba dedicarse al altruismo, siempre con la sonrisa puesta. Su energía desprendía comprensión, generosidad y paciencia y era increíblemente rápida hallando soluciones. Miraras dónde miraras ahí estaba, escuchando, aconsejando, ejerciendo de orientadora, ayudando a comprender a los heridos y a empatizar a las personas grises, ya fuera en un semáforo, apoyada en una farola, haciendo cola, en la guagua, paseando por cualquier calle, por cualquier avenida. Pero se estaba volviendo complicado, debía de emplear más tiempo y esfuerzo, estaban más ciegos, más sordos, y comenzaron  a abundar los días  decepcionantes, nadie quería verla, a nadie le interesaba escucharla. Y en esos días Compasión se sentaba, inhalaba y exhalaba, se sujetaba las lágrimas con las manos, y elaboraba una lista mental sobre las cosas buenas y las malas, y siempre la primera era más larga, así que resurgía de sus cuclillas y se levantaba más fuerte, empujada por la adversidad.

Cuando llegaba a casa, todo eso lo dejaba atrás y se centraba en Mundo, su Mundo. Solo su presencia provocaba en su semblante la sonrisa más genuina, la que guardada para ocasiones especiales, y encontrarse con él siempre era una de esas ocasiones. Antes del beso de bienvenida, hacia una pausa y le preguntaba por su estado de ánimo y él le contestaba llevando la mirada al suelo y negando con la cabeza, a lo que ella respondía con un ¡siempre te esperaré!

A él le gustaba que le contara su día, y ella se lo transmitía con tanto entusiasmo maquillando la nauseabunda realidad, que conseguía sacarle a Mundo una insinuante sonrisa, lo que era buena señal, comenzaba a volver el color azul a sus ojos. Poco a poco comenzó a dejar a un lado su traje gris, poco a poco se volvió a sentir escuchado, valorado, comenzó a sentir esperanza de nuevo, a creer en él mismo, aunque era consciente de que de lo perdido poco se podía recuperar. A Mundo, le quedaban solo algunas piedras por escalar de aquel pozo en el que se había sumergido e iba a necesitar a Compasión más que nunca.

Aunque todavía quedaba algo de tiempo para que Mundo volviera al trabajo, Compasión comenzó a prepararlo todo. Trabajó horas extras, se esforzó hasta el límite de sus fuerzas para conseguir más oyentes, más miradas y lo logró, pero a medias. En algunas partes el ambiente estaba melancólico, conformista, derrotista, y como expulsado por un spray iba propagándose por todas partes. Necesitaba que Mundo volviera más que nunca.

Aunque él todavía estaba débil, fue inventariando lo que si podía arreglar, y contempló las enormes perdidas, y tuvo que echar la culpabilidad a un lado aunque toda la responsabilidad no era suya. Él fue responsable por abrirles la mano, por consentirlos y malcriarlos, era responsable de no parar la necesidad de inmediatez, de destruir para construir, de construir para destruir, y simplemente miró para otro lado hasta que empezó a dolerle. Ahora él había cambiado, nunca volvería a ser el mismo, esta vez se había propuesto equilibrar la balanza, todas las acciones tendrían sus proporcionadas consecuencias.

Y cuando se acabaron los monzones, Mundo resurgió. Salió del pozo, fresco, con ganas, curado de lo curable, resignado con lo incurable, positivo pero cauto, menos sensible, con las ideas claras, no estaba en lo más alto pero casi y salió a enfrentarse a si mismo. Y se dio cuenta de cuanto había maquillado Compasión la realidad, pero no la podía culpar, ella era así, para ella siempre había una gotita de esperanza.

Mundo subió y subió para contemplarse desde arriba, y su estado era deplorable, estaba seco, deforestado, lleno de cementerios y muros, de ruidos y cambios, el cielo había cambiado, el aire había cambiado, se notaba turbio y enfermo, él apenas se reconocía. Sobre aquella cumbre se quedó dos días con sus dos noches, sopesando que hacer y cuando estaba a punto de tomar la decisión de no hacer nada, de dejarse hasta que vivir con él fuera insoportable y desvanecerse entre las grietas incurables de su cuerpo, sintió a Compasión e hizo que Mundo se girara hacia el otro lado de la montaña. Y su ropa se tornó verde, y de sus ojos comenzaron a brotar cataratas que inundaron toda la ladera, los bosques, los campos de cultivo, y como una veleta giro en la dirección de todos los puntos cardinales derramando litros de lágrimas, sintiendo como se terminaban de curar algunas de las grietas de su cuerpo, sintiéndose fuerte, dueño de sí mismo, mientras Compasión lo observaba desde abajo. Mundo definitivamente había vuelto.

Y como lo hizo el aire, sus vidas cambiaron. Ella tuvo que buscar otro trabajo para las tardes, y a él le diagnosticaron una enfermedad crónica, pero no se rindieron, porque Mundo tenía a Compasión y Compasión siempre acompañaría a Mundo. Juntos todo era posible, juntos todo era mejor.




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viernes, 13 de julio de 2018

El combate



Quedaban pocos días para el combate del año, y el evento había causado  muchas expectativas. Los aficionados estaban eufóricos, las apuestas estaban bastante reñidas y la publicidad echaba más leña al fuego.

Y el día del espectáculo llegó. Cinco horas antes del combate, la algarabía de la muchedumbre daba la vuelta al estadio, hasta que comenzó a sonar “Highway to hell”, que en cuestión de milésimas de segundo hizo que el público pasara de pisarse las palabras, a saltar y a reproducir la letra de la canción. De lejos parecían bailarines Masai.

Cuando las puertas se abrieron, el recinto se convirtió en un hormiguero, y una  hora y media después las gradas estaban repletas, la música seguía sonando y el fervor del público agitaba los cimientos hasta que, la intensidad de las luces  bajó levemente y la música dejó de sonar. Un silencio absoluto se apodero del recinto, el cuál rompió el maestro de ceremonias dándoles la bienvenida, lo que produjo de nuevo el despertar de las bestias, que se rompieron en aplausos, gritos, silbidos, bocinas, algo espectacular. El presentador colocado bajo un foco sobre el rin, calmaba a aquellos adultos infantilizados aconsejándoles que dejaran fuerzas para el combate, y después de unas palabras de agradecimiento, y de comentar la trayectoria de los boxeadores, se hizo la luz y todos los allí presentes volvieron a explotar en aplausos.

A continuación, el momento más esperado, la antesala del combate del siglo. El árbitro, colocado ya en el centro del rin, micrófono en mano, anunciaba al primer púgil…”¡¡¡¡ a mi izquierda, con un peso de 65 kilos...Eeeeellll Realistaaaa!!!!” Y sus admiradores se pusieron en pie, alborotados por la emoción…”¡¡¡¡y a mi derecha con un peso de 63 kilos…Eeeeellll Soñadoooor!!!!”...Ovación, maremoto, el recinto ardía en fiebre.

Los púgiles chocaron los guantes y cada uno se dirigió a su esquina para recibir los últimos consejos de sus entrenadores, mientras el árbitro enumeraba las reglas del combate que duraría seis asaltos. Y bajo la tensión palpable de los allí presentes, sonó la campana...Comenzaron el combate analizándose, examinando sus posturas, sus gestos faciales, cada uno de sus movimientos, cuando El Realista sorprendió a su contrincante con un golpe bajo de razonamiento, el acertijo del hombre solitario…”Un hombre vivió solo en una casa durante dos meses. No recibió visitas y nunca salió de la casa. Al final de los dos meses enloqueció. Una noche apagó el fuego y las luces y salió de la casa. Como consecuencia de su ida murieron 90 personas ¿Por qué´?” Después de unos segundos El Soñador cayó derrotado al suelo al no dar con la respuesta, levantándose antes de que el árbitro terminara de contar, dándole a su contrincante el primer asalto.

Después de unos breves minutos dio comienzo el segundo asalto, bajo la tensión que cortaba el aire en el recinto. Los boxeadores parecían bastante concentrados, desafiándose con la mirada, pero esta vez fue El Soñador quien sorprendió al realista con un golpe en el pecho desprotegido de su oponente: una metáfora…”Coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre”…El Realista parecía exprimirse la cabeza, intentando traducir el golpe metafórico, pero no salió nada de su boca y se dio por vencido bajo la mirada de su contrincante y la decepcionada afición.

Antes del tercer asalto, mientras se refrescaban, ambos pensaban en su siguiente golpe. El Realista lo planificaba y El Soñador creaba nuevas combinaciones de ideas, y llegó el tercero. Durante casi un minuto estuvieron dando vueltas por el rin, cuando El Soñador tomó la iniciativa, golpeándolo en la barbilla con el siguiente dibujo:


A pesar del esfuerzo del Realista por adivinar que representaba aquel dibujo, no lo consiguió. Comenzó a tambalearse sorprendido de sí mismo por no dar con la respuesta y cayó al suelo con todo su peso durante unos segundos.

El Soñador lucía una enorme sonrisa, y El Realista después de recibir los consejos de su entrenador, en su cara apareció una cínica sonrisa…y sonó la campana, a por el cuarto asalto. Ambos se miraban desafiantes, apretando las mandíbulas, moviéndose de un lado a otro, hasta que El Realista le soltó un gancho de izquierda con un juego de ingenio, “Transformación”…”Soy una bebida…cambia una letra y me convertiré en un árbol, cambia una letra y me convierto en el suelo de tu casa, cambia una letra y encontraras el camino entre las montañas, cambia una letra y podrás beber lo que originalmente fui…¿qué era y en que me he transformado?”…El Soñador quedo perplejo, mudo, desconcertado, dándole el cuarto asalto a su contrincante.

Ambos agotados, se reunieron con sus entrenadores, mientras el público recibía tandas y tandas de anuncios publicitarios. Después de un breve tiempo, comenzaba el quinto asalto. En el rin se notaban las bajas energías, pero ahí estaban los dos dándolo todo, mareándose el uno al otro, hasta que El Soñador sorprendía por tercera vez con un golpe bajo, dentro de la legalidad, un izquierdazo de memoria visual: en un tiempo de 15 segundos le mostrarían 20 imágenes y el reto era recordar al menos 11, pero no pudo, era demasiada presión, y se rindió ante la memoria del Soñador, que iba en cabeza 3 asaltos de 2.

Ahora sí que si, había llegado el momento decisivo. El público al borde de la histeria colectiva, los entrenadores con los nervios desorbitados y los púgiles realmente extenuados, pero con ganas de pelear por la victoria. Y comenzó el sexto y último asalto.

Los dos oponentes comenzaron a dar vueltas por el rin, haciendo tiempo, esperando la inspiración para el golpe perfecto. Después  de tentarse varias veces, paso algo impensable…los dos boxeadores se atacaron con furia a la vez, uno por la izquierda, el otro por la derecha, pero El Realista por milésimas de segundos golpeó primero con un acertijo…”Dos hombres están jugando al ajedrez. Jugaron 5 partidas, cada uno ganó 3 ¿cómo  es posible?”…Y los dos cayeron.

El público enmudeció, y los boxeadores yacían en el mullido suelo del rin, apenas sin moverse. El Realista organizaba mentalmente la situación, estrujando a su hemisferio izquierdo y El Soñador analizaba sus sentimientos y sensaciones del momento con la ayuda de su hemisferio derecho. Por fin el árbitro intervino, sacando al público del mutismo bajo el que estaban y los púgiles se levantaron con algo de dificultad volviendo al presente.  El presentador subió al rin con mucho entusiasmo para anunciar junto al árbitro, levantando ambos los brazos de los boxeadores, el final del combate que se declaraba en empate.

Y es que el evento más esperado del año no podía terminar de otra manera, porque un realista necesita de un soñador y un soñador necesita de un realista.

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