lunes, 16 de noviembre de 2015

La separación.



Llevaba tiempo, rondando en mi pensamiento, la idea de cambiarlo, pero no porque yo no lo quisiera, era él. Primero me quitó la palabra, y lo que vino después me hizo plantearme el cambio, por su bien. Le debía mucho, y en muy pocas ocasiones le agradecí los incontables momentos en los que estuvo ahí, escuchándome, riéndose conmigo de la vida, llorándole juntos a la muerte. Siempre lo había tenido ahí para mí, para mi egoísmo y podría tener una infinidad de motivos para querer salir de mi vida.

Los dolores en el pecho eran insoportables, a veces hasta se podía ver como se retorcía debajo de mis tejidos y podía sentir su dolor, sus ganas de escapar. Tanto fue así, que en una ocasión lo vomité. Había sido un día largo y tedioso, lleno de conflictos, de mala meteorología, de comer rápido y no poder ni siquiera ir al baño a eliminar toxinas. Cuando llegó la hora de la cena, parecía que me colgaba del cuello un collar con un yunque como medallón, estaba cansado y la cena fue agotadora, tanto que seguidamente me tuve que acostar. El dolor del pecho contagió al resto de mi cuerpo, y aparecieron náuseas y sudores fríos; a duras penas llegué al baño  y delante del espejo contemplando el color casi cianótico de mi piel, vomité, pero no la cena. Bajo mi aterrada mirada, se lanzaba desde mi boca mi pequeño y sufrido corazón, por suerte no se había desprendido del todo de mí, colgaba de una pequeña y fina tripa, y de un empujón me lo volví a tragar. Comprendí que sufría un cuadro grave de ansiedad, que estaba al borde del suicidio, así que había llegado el momento de pagarle mi deuda.

Me dedique a él, a buscarle un nuevo compañero. Acudí a la  calle de los bazares y me fije detenidamente en todas y cada una de las vitrinas, hasta que leí lo que estaba buscando en el local número veintidós. Al entrar recibí una mezcla de  olores, repugnantes a la par que agradables, y el saludo amable de la dependienta. Una señora de un metro y medio más o menos de estatura, rondando los sesenta, con unos pechos bastantes voluminosos, pelo corto, rubio platino, y sus ojos eran fascinantes; era como si se hubieran mezclado todos las tonalidades del color azul en sus pupilas, y eran unos ojos adorables, al mirarlos te entraba la necesidad de contarle toda tu vida, todos tus inconfesables deseos y más.

Después de curiosear por la tienda, me dirigí a la sonrosada mujer y le expuse mi caso. Le indiqué que mirara a mi pecho, para que comprobara la veracidad de lo que le había contado: mi corazón ya no me soportaba; ahí seguía luchando por salir de mi ser. La dependienta no me hizo muchas preguntas, estaba bastante claro, así que me dio unos formularios que tenía que rellenar y una hoja en blanco para que plasmase en él, un inventario sobre mi corazón.
Rellené los formularios, los dejé encima del mostrador y me fui a casa a hacer el inventario. Me quedaba una noche muy larga por delante, inventariando treinta y ocho años en su compañía. Arrastre la silla hasta la mesa de la salita, y me dispuse a escribir bajo la atenta mirada de mi corazón.

1. Kilos y kilos de humo.
2. Millones de horas de esfuerzo.
3. Cuatro muertes.
4. Grasas saturadas.
5. Mucho azúcar refinado.
6. Música (adjunto la banda sonora  de su vida).
7. Toneladas de orgasmos.
8. Tres hiperventilaciones.
9. La mitad de mis responsabilidades.
10. Cansancio.
11. Amor del bueno y amor del malo (más del primero, afortunadamente).
12. Rencores, arrepentimientos, quejas, justicia.
13. Jolgorios, reencuentros y despedidas (hasta nunca y hasta siempre)
14. Muchos momentos de felicidad absoluta, sin conservantes ni colorantes.
15. Dietas y empachos.
16. Dolor físico y dolor del otro.
17. Colores y olores.
18. Satisfacciones personales y ajenas.
19. Toneladas de palabras.
20. De emociones va cargado.
21. Sustos, caídas, picores.
22. Cicatrices de sutura.
23. Películas, fotos, voces.
24. Mascotas.
25. Libros.
26. Tormentas con sus calmas.

Seguramente se me quedaban muchas cosas, pero lo importante estaba.

Al día siguiente, a media mañana, casi arrastrándome del dolor, llegué a la calle de los bazares. En la puerta del veintidós colgaba un cartel “vuelvo en media hora”, y el corazón se me agito, ya no le quedaba ni un gramo de paciencia. Fueron los treinta minutos más lentos de toda nuestra vida.
Cuando llegó la amable dependienta, la fatiga me tenía buscando puntos de apoyo para no desmoronarme. Nada más entrar me ofreció una silla y un vaso de agua mezclado con unas hierbas “secreto de la casa”; al tercer sorbo mi corazón se había calmado milagrosamente. La dependienta me indicó que tendría que llevarme una bolsita de aquel remedio mágico, porque esto de cambiar de corazón no se hacía de un instante a otro, y lo iba a necesitar. Después de leer el inventario, resolvió el misterio del por qué mi corazón ya no quería estar conmigo. En aquella lista no aparecían por ningún lado el deseo y la pasión, y sin eso un corazón se deprime, aunque hubiera hecho lo que había inventariado y más, sin esas dos cosas, todo quedaba en balde. Por desgracia, por mucho empeño que pusiera en dárselo, ya era tarde. Pero todavía no se iba a producir la despedida, la amable señora tenía que enviar el inventario y los formularios a la caja central de corazones, y esperar a que le dieran noticias de uno adecuado para mí, y claro está, encontrar un huésped adecuado para el que todavía era mi corazón.

La bebida de contenido misterioso, la tenía que ingerir tres veces al día para mantener al dolor de mi corazón a raya, aunque esos momentos de paz eran quizás aún más desesperantes, porque sentía muerto a mi corazón. Repase desesperadamente mi vida, buscando el por qué de esas ausencias y las encontré. Hasta ese momento controlaba todo lo que ocurría a mi alrededor, no me permitía un mal paso, no me dejaba llevar por el momento, ni saltaba al vacio de la incertidumbre sin asegurarme primero, de que al llegar encontraría un buen colchón en el que aterrizar; nunca había sido libre del todo y mi pecho se  había convertido en una prisión para él, en definitiva había privado a mi corazón de la verdadera sal de la vida.

Y yo no quería a otro, lo quería a él. Le prometí una y otra vez deseo, pasiones, palpitaciones de pura emoción; le prometí saltos al vacío, sin control, sin futuro, solo presente. Le prometí y prometí, sin respuesta, pero no me di por vencido, porque valía la pena agotarme hasta la  extenuación, si conseguía que aquel magnífico y perfecto corazón se quedara conmigo. Le prometí y prometí hasta que me preguntó: “¿promesas de  las buenas o promesas de las desesperadas?” Ya me había olvidado del sonido de su voz, y al oírla de nuevo mis ojos se rompieron en lágrimas de desconsuelo, como si mi vida dependiera de esa respuesta, y grité con la mayor de las pasiones: ¡de las buenas, de las buenas! ¡Te lo prometo por mi vida, que sin ti no tendría rumbo!

A la  mañana siguiente  acudimos a la calle de los bazares, al local número  veintidós. Entramos con ímpetu y bajo la encantadora mirada de la dependienta, dijimos al unísono: “venimos a anular nuestro contrato de separación y nos llevamos otra bolsita del secreto de la casa, o mejor dos. Por favor”.

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domingo, 8 de noviembre de 2015

Apagón



Aquella estructura no había sido levantada para tal fin, pero con el tiempo se convirtió en mi hogar, en mi destartalado hogar. Nació siendo una parada de camiones  hasta que mi familia, a la que yo por aquel entonces todavía no conocía, compró el terreno, y poco a poco, ladrillo a ladrillo fueron convirtiendo a aquel inmenso garaje en una casa de tres plantas, de dudosa fiabilidad, en cuanto a estructura se refiere. La mezcla de opiniones, los que decían ser albañiles con el lema de “ustedes no saben nada, el albañil soy yo” y los materiales cogidos prestados de otras obras, además de muchas manos que con buena voluntad contribuyeron con sus conocimientos, a convertir a aquel pequeño edificio en algo destartalado e inestable, de esas casas que nunca se terminan  de arreglar.

La casa tenía un sinfín de recovecos. Se perdían cosas, no solo pequeñas, también grandes, como un equipo de música, sillas, conejos, parecía cosa de magia. Había lugares a miles para guardar lo que quisieras, incluso si te escondías podían tardar días en encontrarte. A parte de los seres humanos que allí vivíamos, nueve en total, nos acompañaban gatos, perros, pájaros, un hurón agresivo y una población entera de cucarachas, voladoras incluidas, así que crecimos con el miedo de que algún día se te metieran en la boca mientras dormías y te convirtieras en una de ellas, como en la película La Mosca, o en el zapato que te fueras a poner. Pero intentábamos convivir todos en armonía.

La casa no evolucionó. No sé porque motivo, nos quedamos sumidos en lo retro. Éramos los únicos vecinos de la calle, supongo que también del barrio y del resto del mundo, que aún vivíamos con ciento veinticinco vatios de luz. Nada más entrar por el zaguán, te topabas con transformadores de la luz, y avanzabas por  la  casa y habían más y más, parecía que crecían de forma natural en el suelo y las paredes. Fuera lo que fuéramos a utilizar teníamos que estar siempre transformando vatios, llevando a  aquellos pesados artefactos contigo a todas partes. Utilizar el secador del pelo era toda una odisea, tenías que empezar horas antes, ya que era un baile de apaga y enciende que se podía alargar horas; cuando teníamos algún evento familiar nos levantábamos cuando todavía no había salido el sol, para comenzar con ese movimiento de transformadores y estar preparados a tiempo.

Y utilizar la lavadora, ya ni les cuento.

Esto de la luz, aunque a veces era bastante insufrible, tenía su lado divertido. La instalación eléctrica vieja y aburrida, a veces nos ofrecía momentos inolvidables. Los plomos estaban en el piso de abajo, justo al lado de la puerta de entrada, que pedía a gritos una mano de pintura, y ubicados a su vez al lado de una pecera, con agua pero sin habitantes, por lo menos no con branquias. Cuando en la casa había muchos aparatos funcionando a la vez, la instalación eléctrica no lo soportaba  y saltaba la palanca, o como se gritaba en mi casa ¡se saltaron los plomos!

Cuando se escuchaba esa frase a grito pelado, poníamos en práctica un plan de acción que teníamos toda la familia en caso de apagón, éramos como un equipo de asalto, sobre todo por la noche. Primero teníamos que asegurarnos  de que no era un apagón general, y para ello íbamos a la azotea y nos asomábamos  a la calle para comprobar si las otras casas  y las pocas farolas que había en la vía pública tenían luz; en el caso de que fuera un apagón general, simplemente nos tocaba esperar. Sacábamos el alijo de velas, fósforos y platitos de café, y la casa se convertía en una iglesia el día de todos los santos. Mientras se comenzaban a consumir las velas, derramándose en los platitos, se iban proyectando sombras en las paredes, y acompañadas de los brillantes y perfectos ojos de los gatos, doce ojos en total, que te observaban desde los lugares más inexplicables, sentías un escalofrío de miedo absoluto. Ya en ese momento intentabas anticiparte a los sustos, pero sin resultados, de repente una mano te agarraba la nuca en plena oscuridad, provocando el aceleramiento del pulso a  velocidades insospechadas o te susurraban al oído “voy a por ti”, provocó que mi vejiga estuviera a punto de tirar la toalla en más de un apagón.

En alguna ocasión se frieron papas a la lumbre de las velas, era un momento de libertad total, de comer piñas de millo asadas con mantequilla. Saltábamos en las camas, nos pegábamos con ganas  para luego escondernos, salíamos a la azotea con los platitos, descalzos y nos poníamos cera en los  dedos  de las manos, y hacíamos como si nos despellejáramos vivos. Y la casa nos guardaba otra increíble diversión. Una  curiosidad magnifica, deseo de cualquier niño que no fuera alérgico a las tizas. Las puertas de mi casa, eran una combinación de cristal, de mitad para arriba, y aunque parezca increíble, de mitad para abajo eran una pizarra, y en la oscuridad podíamos dibujar y escribir lo primero que nos viniera a nuestras curiosas y depravadas mentes infantiles: las palabras puta y coño no faltaban, acompañadas de risitas malévolas.

Pero si te asomabas por la azotea y comprobabas que en el resto de las viviendas se gozaba de luz, y que el alumbrado funcionaba perfectamente, teníamos que pasar a otro plan. Como la caja de los plomos estaba abajo, teníamos que bajar dieciocho escalones a la luz de las velas, porque curiosamente no había ninguna linterna en mi casa. Hasta ahí bien, pero ahora entran en juego la comarca de cucarachas que inundaban esa parte de mi hogar. El centro de la vivienda tenía un amplio patio, que sin luz era aterrador. Bajo el silencio escuchabas a los pájaros raspando con sus uñitas el suelo de las jaulas, y podías escuchar el murmullo de las cucarachas caminando a sus anchas. Y había que decidir quién bajaba. Como mis padres querían que fuéramos valientes nos mandaban a nosotros, con una vela cada uno y con muchas ganas de llorar. Bajábamos muy pegaditos, casi a empujones, y aquella escalera se hacía interminable. Peldaño a peldaño, te daba la sensación de que ya tenías el cuerpo lleno de cucarachas, y te daban más ganas de llorar. Lo peor era cuando pasaban a tu lado volando, oías su aleteo, sintiendo una tenue brisa desprendida por su exoesqueleto aerodinámico y enfocabas con la llama para contemplar al insecto repugnante que convivía contigo; en ese momento lo soltabas todo y bajabas los escalones de tres en tres.

Antes de llegar a los plomos, a la palanca que nos salvaría el corazón de morir de un susto, llegábamos al patio, sombrío, y abríamos la puerta para cruzar el largo zaguán. El techo era falso, para ser más precisos de láminas de corcho, era espantoso  y allí en el espacio que había entre el techo falso y el de verdad, vivían el grueso de la colonia de cucarachas. El sonido era espeluznante, te las  imaginabas conglomeradas, pisándose las unas a las otras, y te daban más ganas de llorar, y te sentías desgraciado por no tener doscientos veinte vatios. Por fin cuando llegabas a la  caja y la abrías con cuidado, te podías encontrar con una sorpresa llena de pequeñas patitas,  o con una sorpresa no tan asquerosa pero difícil de digerir; a veces era tal la sobrecarga para los viejos y cansados plomos, que la palanca se resistía a subir, y teníamos que esperar, con ganas de llorar, porque  teníamos que atravesar de  nuevo el campo de batalla, para volver a bajar cuando mis padres consideraban que ya la palanca subiría sin oponer resistencia. La sensación de bichos caminado por tu espalda no se te quitaba hasta que te dormías.

Cuando todo terminaba, y se hacia la luz, venía lo divertido. Mis padres nos narraban con todo lujo de detalle, nuestros gritos y como subíamos atropellados por las escaleras, cual manada de ñus, con ganas de llorar. A pesar del asco y los sustos tenía su lado divertido y momentos de un valor incalculable, porque  un apagón en mi casa era como estar en Navidad.



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jueves, 24 de septiembre de 2015

Pánico




A pesar de que era pequeño, recuerdo el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando nos encontramos por primera vez. Mis padres me la presentaron cuando nos mudamos de casa, y se convirtió en una amiga inseparable de la familia, aunque yo desconfiaba de su amistad.

Aunque con los años aprendí que la primera impresión no es la que cuenta, la que ella me transmitió no fue muy positiva, por no decir nada. Le cogí manía desde el principio, y la evitaba siempre que podía. A veces es muy difícil cambiar la opinión que tienes de alguien, y yo ya la había etiqueta como no-grata, antipática, fría y calculadora. Cuando pasaba a su lado me daba grima solo pensar que podía rozarme con ella; su sola presencia me causaba un susto tremendo, ese aspecto frío, como de muñeca de porcelana, mirándome fijamente, esperando a que yo diera el primer paso y le abriera los brazos de par en par, pero me resistía como un pulpo agarrado a la roca.

Su voz era espantosa, hacia mucho ruido, tenía la necesidad de que todos los habitantes de la casa supiéramos que estaba allí, en nuestras vidas, viviendo con nuestros secretos más íntimos, conversaciones, penas, alegrías y dolores. Era como una espía infiltrada en mi hogar, en mi corazón, que cada vez que la oía o sentía su presencia cerca se ponía a brincar dentro de mi pequeño  esternón, y me daba miedo que al ser tan pequeño no pudiera aguantar tanta agitación, tanto asco, y pudiera explotar en cualquier momento.

En alguna ocasión provocó mi llanto, fuerte, de puro pánico, y mis padres intentaban explicarme que ella era así, que no le diera importancia. Insistían en que intentará ver su lado bueno, compasiva, siempre dispuesta ayudar, siempre ahí esperando para darnos su consejo, para calmarnos el dolor y ofrecernos los mejores momentos del día. Pero no lo podía ver, me parecía hasta desagradable que mi familia, mis propios padres, adultos, vividos, no vieran lo que yo veía. Era sucia, maloliente y descarada, y no la quería en nuestras vidas.

Y que mala suerte la mía, cuando supe que provenía de una enorme familia, se multiplicaban y multiplicaban, y fuera a dónde fuera casualmente nos encontrábamos con uno de sus parientes; parecían todos cortados por la misma tijera, y me sentí muy desgraciado, como si hubiera  un complot hacia mi pequeña persona. Era tanta la aversión que sentía que las pesadillas se sucedían una  noche tras otra, oía su voz llamándome, podía incluso oler su fétido aliento, y siempre me quería atrapar entre su frío y pálido cuerpo; me despertaba empapado en sudor, completamente en un  estado de pánico total, que a mis padres les costaba una noche de insomnio.

Sin el apoyo de mis progenitores estaba perdido. La ausencia de comprensión hacia mis temores, estar solo ante mis miedos, comenzó a inclinarme hacia la aceptación. Me resigné y sin otra salida, sin tener en mi poder ningún plan “b”, sucumbí a la simpatía por aquel ser que me había atemorizado durante meses.

Con el paso de los días, nos hicimos grandes amigos, se podría decir, aunque parezca increíble, que me obsesioné con su compañía, no me podía despegar de ella; hasta que sin darme cuenta comencé a verla como un miembro más de la familia, vital para nuestro día a día.

A medida que fui creciendo, compartí con ella momentos inolvidables, pensamientos, lágrimas, abrazos. Ella me ayudo a quitarme muchos pesos de encima, sujetó mi frente en miles de ocasiones, me ayudo a terminar decenas de libros y unos cuantos crucigramas e incluso a tomar decisiones importantes.

Cuando abandoné la casa de mis padres, tuve la necesidad de llevármela conmigo, aunque no dije nada. En mi nuevo hogar me esperaba una, a estrenar, reluciente, impoluta, y me recibió de la mejor de las maneras. Y desde ese instante mi taza del váter, inodoro, letrina, poceta, retrete, toilet, trono, cagadero, cochinera, huerta, outhouse, escusado o como a mi gusta llamarla “taza del baño” y yo, nos hicimos muy buenos amigos, aunque nunca olvidaré a la amiga que dejé en casa de mis padres, porque como ella no ha habido ni habrá ninguna.

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domingo, 30 de agosto de 2015

Deseo


Estuve con ella toda mi vida, en su cuerpo, en su boca, en sus deseos más oscuros. Al principio me conformaba con dejar volar mi imaginación de rato en rato, pero mis pensamientos querían vivir en ella, hacerse realidad sobre su cuerpo, dominar su mente que tantos placeres me causaba.  Mis secretas cavilaciones me mortificaban como un cuentagotas, repiqueteando en el sumidero que era mi cerebro, torturándome día y noche.

A pesar de mis apetitos, ella era un deseo prohibido, y yo me resigne. Aún teniendo mis deseos a raya, y convertirme en el satélite de su vida, mi conformismo no  estaba de acuerdo. Iba totalmente en contra de mi esencia, de mi naturaleza, de los vestigios adolescentes  y de esa sensación de libertad infantil que te empuja a ir a por todas, sin importarte las consecuencias. Pero ahí estaba la consciencia señalándome con el dedo, acusándome de inmoral.

Me hice un experto, cosa que me ayudo en otros aspectos de mi vida,  a  disimular la dulce ansiedad que me causaba solo verla  llegar. Y seguí siendo un conformista de mentira, fiel a mi consciencia y con la eterna duda, pero feliz, porque tenía la absoluta certeza de que ella era el segundero que le  faltaba al destartalado reloj que era mi vida. Era difícil y agotador mantener a mis impulsos encerrados en un cuarto oscuro, castigados de por vida.

En la intimidad de mis pensamientos, comenzó a crecer un dilema. Solo una vez, si solo pudiera tenerla una vez, posiblemente se desvanecería el deseo, quizás así podría controlar mis instintos por diez años más, pero ¿cómo acceder a ella? Me imaginaba vomitándole la proposición, abalanzándome sobre su cuerpo, haciendo desaparecer su ropa con la  velocidad de un tornado, saciando mi curiosidad, que en parte era la  culpable de todo. Me moría por conocer el  tacto de su piel, sus besos y descubrir el cuerpo que me había imaginado tantas veces en mi soledad.

No me sentía desdichado, porque tenerla la tenía,  aunque no como yo quería. Ella era la forma más bonita que me dio la vida, para saber que no todo lo podía tener. Pero no le hice caso a la vida, porque a veces y solo a veces no siempre tiene la  razón.

Cuando estaba con ella mi fachada era la de un edificio nuevo, firme en sus cimientos, con balcones grandes llenos de vegetación, los cristales limpios de las ventanas reflectando los rayos del sol, mientras por dentro estaba destartalado, el ascensor no funcionaba, la barandilla de las escaleras a punto de caerse y las paredes pidiendo  a gritos una mano de pintura; y poco a poco la humedad corroe la estructura, y como el inmueble estoy a punto de desmoronarme en el interior.

De alguna manera tenía que quitarme un poco de peso de los hombros, ya empezaba a caminar de forma extraña, así que fui dejándole miguitas de pan. Le llené un río de nubes, desde el fondo hasta la superficie, de orilla a orilla, y en toda su longitud; le planté un campo de girasoles para que lo viera desde su ventana; le llené paredes enteras de palabras y le hice un cielo en la tierra con estrellas de mar, sin decir para quién eran. Fue un desahogo, pero seguí siendo su satélite, siguió siendo mi deseo, y de nuevo volví a sentir el peso.

Mis pensamientos eran cada vez más lascivos, y muy insistentes, demasiada presión. Así que por mi salud, por mi bienestar emocional y físico, lo iba a hacer. Saqué el valor de un huequecito dónde estaba escondido y le impuse trabajo duro, aumento de la masa muscular, fortalecimiento de piernas y brazos, y si lo comparo con una escalera de treinta peldaños, conseguí colocar a mi valor en lo más alto.

Pletórico fui en su busca, con mi objetivo claro, sin dudas, sin tener en cuenta las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer.

Cuando la tuve delante, sin mediar ni el más mínimo sonido, salté los treinta peldaños, y todo fue infinitamente mejor de lo que mi imaginación me había dicho que sería. Sus pechos se convirtieron en el antojo de mis manos, y mi boca se pego a la suya con la intención de no separase jamás. El  tiempo y el espacio se convirtieron en su cuerpo, dónde derrame todos y cada uno de mis pensamientos. Tenía tanto deseo acumulado en mis pupilas, que provocaron el big-bang en mis ojos, dejándome ciego unos minutos. Tarde horas y días para saciar al gran estómago que era mi cuerpo, porque solo me apetecía ella.

Y cuando llegó el momento de bajar los pies de la cama y tocar el suelo frío de  la realidad, fotografié su cuerpo en blanco y negro, sus medidas, sus curvas y la guarde en un sitio privilegiado de mi memoria, para volver a convertirse en un deseo prohibido.

Durante mucho tiempo para calmar mi sed, me recreaba imaginando su torso  desnudo, sus ojos mirándome sin pestañear  mientras colocaba sus piernas alrededor de mi cintura, para concederme uno de mis deseos. Y fue un error sacarlos a pasear de vez en cuando, porque dentro de mí fueron creciendo deseos aún más fuertes, pensamientos  que hablaban más alto, y peso mucho peso. Aquello había sido simplemente la primera dosis de  una vacuna triple.

Quería mi segunda dosis, me sentía con derecho, como si me lo hubiera prescrito el médico, y sin ningún tipo de pudor volví a  saltar los treinta peldaños, y aún hoy sigo sin tener las palabras para explicar lo que ocurrió durante aquellos días de cura preventiva.

Esta  cosa nuestra perdura en el tiempo, a pesar de las personas que vinieron y se fueron de nuestras vidas, y de aquellas que se quedaron.

Las ganas siguen apareciendo en mis pupilas solo con verla llegar, porque no hay deseo que perdure más que el prohibido.

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lunes, 6 de julio de 2015

El Chaque



Llevaba toda la mañana en casa exprimiéndome el cerebro, buscando las posibles soluciones a la torre de problemas que amenazaba con desplomarse en cualquier momento. Apenas quedaban en la destartalada despensa unas latas de conserva o de comida para gatos, no lo tenía claro, la compañía de la luz me había dicho adiós, la del agua me amenazaba con padecer la peor de las sequías y encima todos los líos en los que me habían metido la imprudencia, la soberbia y la avaricia, porque solo importaba yo. Había generado un enorme ovillo de mierda.

Pensaba, hacia listas de posibles soluciones, las rompía y me echaba a llorar como un niño chico, convirtiéndose en un ciclo vicioso que ya duraba tres días con sus tres noches. En la cuarta mañana que me disponía  a repetir la rutina, sonó el timbre del portero automático. Todos los pelos de mi cuerpo se pusieron en pie y mi corazón al borde de la arritmia; no sé por qué me quede inmóvil, sin hacer ruido, sudando manantiales, mientras imaginaba a cámara rápida que problema podría estar presionando el botón del timbre.

Había varias posibilidades. Podría ser Colmena, mi camello, lo llamábamos así porque todos acudíamos a él como las abejas al panal. Empeñé algunas cosas y conseguí bastante dinero, que era a lo que yo estaba acostumbrado, pero antes de abonar mis deudas me pase por la auto caravana de unos amigos. Se me fue totalmente de las manos. Celebraban algo, ni siquiera recuerdo qué, y de invitadas de honor estaban la cocaína y la heroína, además de litros y litros de alcohol, a precio de amigo, pero había muchas señoritas viciosas a las que invitar. La heroína era mi golosina favorita. Las agujas me dan miedo así que me la fumaba, y esa noche quemé mucho papel de aluminio. Más de la mitad del dinero que había sacado de la casa de empeño, lo tenía en mi hígado, mis pulmones y mi cerebro.

No sé cómo llegue a la oficina del Colmena, con la estúpida certeza de que aceptaría un anticipo y que me permitiría fraccionar el resto de la deuda. No fue así. Después de una leve paliza, me dio cuarenta y ocho horas para pagarle. Y en el momento que picaron el timbre, caí en la cuenta que ya había expirado el plazo.

También podría ser la vecinita. Era una muchacha unos quince años más joven que yo, sé que pasaba la mayoría de edad. A veces coincidíamos en el ascensor, ella con la piel brillante a causa del sudor, con el pelo recogido en un moño y aquel conjunto del equipo de baloncesto, parecía estar en el preludio de una película erótica. Poco a poco nos hicimos algo más que vecinos. Una noche de madrugada, nos encontramos intentando insertar la llave en la puerta del portal, ella  bastante ebria, con un vestidito que provocaba a mi puesta imaginación; abrí la puerta, pulse el botón del ascensor y una vez dentro se me abalanzo sin mediar palabra. Nos fuimos a mi casa. Entre la oscuridad y el alcohol en sangre, me coloqué mal el preservativo, pero no me di cuenta hasta que en el momento menos inoportuno, se rompió. En ese instante me alegre, pensé que un hijo sería lo único bueno que tendría en mi retorcida vida hasta ese momento, y los llantos de la vecinita me tornaron a la realidad. Se marcho, diciendo que me tendría al tanto. Desde ese amanecer no la había vuelto a ver, y debo confesar que la espere alguna tarde. Así que su dedo podría estar pulsando el timbre, sola o acompañada en su interior.

La verdad es que me había buscado tantas posibilidades, había sido un chico muy malo, que digo malo de lo peor. Me satisfacía estar por encima de los demás, lograr lo que nadie había logrado, para luego pregonarlo a los cuatro vientos y andar por ahí como un pavo. Y algo que ponía a mi ego a mil revoluciones, eran las mujeres casadas. Me gustaba sentirme ganador, lograr que una mujer fiel a su marido, a unos principios, a unos votos matrimoniales, cayera en mis sábanas, y yo me sentía único, especial, triunfador. Y de eso me alimente, hasta que me pillaron y me amenazaron de muerte en más de una ocasión, así que existían posibilidades de que fuera alguno de esos maridos con la necesidad de afianzar su hombría, partiéndome la boca.

También tenía algún que otro juicio pendiente por hurtos menores. Robo de coches,  mercancía de los contenedores del muelle, en una iglesia… Un par de veces visite la comisaría, y un par de veces me arrearon el cuerpo con toallas mojadas. Podría ser el cartero trayéndome la carta certificada, con la notificación pertinente.

Me había metido en muchos negocios, de los que no salí bien parado, y por supuesto sin asumir ningún tipo de responsabilidad. Si chivándome salvaba a mi persona de una paliza, de la cárcel o de una multa generosa, no dudaba en hacerlo, lo que se traducía en más problemas. Me llamaban “El Chaque”, por chaquetero, y el apodo me lo había ganado a pulso.

Si había un ser humano a cien kilómetros a la redonda con ideas maliciosas, como un imán me atraía, sobre todo porque eso significaba dinero fácil. Me hice amigo de un farmacéutico, y trapicheamos durante unos meses con anabolizantes y hgh; él se encargaba de la química y yo hacia el resto. El hombre, aunque no era muy avispado, se percató de que me estaba quedando con las “vueltas”, y me mandó a tomar por dónde cargan los camiones. Ropa, piezas de motos, oro, todo tipo de aparatos de dudosa alta tecnología…roce hasta el  ámbito de la agricultura, sustrayendo sacos de papas de un almacén, con permiso de mi amigo el vigilante.

Y ahí estaba, muerto de miedo, sin familia, sin amigos, sin un atisbo de dignidad, acompañado únicamente  por el rebumbio de problemas  que no dejaba de mirarme.
El timbre volvió a sonar. Me levanté y sin pensarlo, sin preguntar quién era, apreté el botón y abrí la puerta un palmo, para volver al hueco del sillón. En cuestión de minutos, el golpe de unos nudillos pidiendo permiso para entrar, cerré los ojos, apreté los dientes y…

- Buenas tardes, ¿nos regala unos instantes de su tiempo? Venimos a mostrarle el Paraíso, venimos a abrirle el camino hacia su salvación. El apocalipsis esta cerca y nosotros le traemos el salvavidas.

Asentí con la cabeza y se ubicaron a mi lado con un manojo de folletos, inhalando la mezcla de aromas insalubres y el olor a café recalentado, que se esparcía por todo el apartamento. Que mejor compañía que unos jóvenes religiosos intentando salvar a mi ruinosa persona…En ese momento pensé: si ellos supieran.

Y el timbre volvió a sonar.

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lunes, 8 de junio de 2015

La vida en espera



¿Cómo se define el verbo esperar? Esperar, la espera, el verbo que nos acompaña todos los días de nuestras vidas. Si sumara todos los minutos que he tenido que esperar por algo bueno o malo, por personas que se merecían mi espera o personas que no, por gestos y respuestas que nunca llegaron, calculo que serían seis meses de mi vida, mes arriba, mes abajo…y  aquí estoy de nuevo, esperando. Habemos muchos en la cola, y ya empezamos a estar apretados, pero ante la espera, paciencia, eso es lo importante. Todavía me  quedan aquí un par de horas y sé que tendré que soportar las quejas absurdas de mi compañero de espera, olores ajenos, quejas y más quejas, y eso que nadie está obligado a estar aquí, lo están por voluntad propia, pero así son las esperas.

Ya antes de nacer y aunque suene extraño, estamos esperando. Esperamos por ahí, a saber dónde, a que un espermatozoide avispado consiga seducir a uno de los fértiles y hermosos óvulos de tu futura madre, que te hará esperar nueve meses, semana arriba, semana abajo, para salir al mundo. Nada más llegar si no lloras, cosa que encima después no quieren que hagas, te dan un cachetito en el pompis, lo primero de la vida que no te esperabas de ninguna de las maneras, la primera cachetada de muchas venideras. Cuando sales, hay una multitud de personas que te quieren conocer, y después de la hermosa locura que es nacer, aún descolocado, esos adultos y hermanitos y primitos celosos  quieren achucharte y no conocen el verbo esperar.

Con el paso del tiempo, empiezan las expectativas sobre tu persona y desarrollo. Si pudiéramos hablar a los pocos meses de nacer, la primera palabra que diríamos sería ¡ espera ¡ …Levanta el cuello, gatea, camina, corre, di adiós con la mano, haz el viejito, no llores, no grites, di mamá, di papá, ¿cuántas galletas hay aquí? ¿cómo hace la vaca?... ¡Espera, espera! cada uno tiene su ritmo. Todo tiene que ser ya.

A medida que creces, conoces la palabra paciencia, y sabes que va acompañada de la palabra espera, y eso conlleva a estar sentado hasta que digan tu nombre, a aguantar las ganas de hablar, a esperar la media hora que se pasa tu hermano en el baño para cumplir con tus urgentes necesidades fisiológicas, sin entender por qué tarda tanto; a esperar tu turno sin rechistar, pero a veces la ansiedad por tenerlo todo ya, que es lo que te han exigido a ti, es más grande que esas dos palabras juntas, y te saltas las normas, aún sabiendo que te espera una bronca.

Esperas al ratoncito Pérez, ansías que llegue el día de tu cumpleaños, esos sábados y domingos dulces después de estar el resto de la semana uniformado y con miles de obligaciones académicas, al día de Reyes, a una fiesta cualquiera. También esperas a tu padre o a tu madre, según que progenitor te amenace con esa frase… “ espera a qué venga tu padre/madre”, y tú te quedas ahí, imaginando el cachetón a cámara lenta cruzándote la cara de lado a lado, sumándole la previa bronca, la vergüenza, mientras miras el reloj, y las agujas te señalan que se acerca el temible momento, y piensas que hubiera sido mejor no aprender a leer la hora. Hay aprendes que el reloj es un instrumento cruel, cuando se trata de esperar.

Más tarde, se te pasan los días deseando que te sirva la ropa de tu hermano y sobretodo los zapatos, porque a ti como estas creciendo te compran los más  feos  de la zapatería, ya que en un par de meses te volverá a crecer el pie y no hay que gastar por gastar. Y llegas a la adolescencia, esperando delante del armario de tu hermano mayor, mirando si te ha salido abundante vello corporal, que indicará, según tus padres, que ya no tienes el acceso restringido al lado de la zapatería dónde están los zapatos que tanto ansias.

Y ya puedes salir a la calle sin supervisión adulta, pero sin la comodidad de que te lleven en coche, ahí empiezas a acumular minutos  de espera por los transportes públicos, aunque como serán las primeras veces las disfrutas, por la novedad, por sentirte mayor e independiente,  pero no podrás quitarte una cosa de la cabeza, que en casa esperan que te comportes de forma responsable y madura, y piensas “ si solo tengo dieciocho años “;esperan que cumplas el convenio de la hora de llegada.  Cuando te saltas las normas de convivencia, de camino al hogar piensas en los rugidos y miradas de “me has decepcionado”, bajo la frase “la confianza hay que ganársela”, y en el castigo de tus progenitores, y sabes que tus hermanos te tiraran miradas de “jodete” por detrás, y piensas antes de que ocurra, que esperando con paciencia, uno de tus hermanos estará en el paredón, y serás tú el que propines esa mirada, que te fastidia más que el  sermón que te echaran tus padres. Pero te olvidas y tropiezas con la misma piedra un par de veces más, hasta que aprendes con el quinto castigo y veinte miradas de “jodete”.

Esperas por la primera mujer de tu vida, que no llega, veinte minutos esperando, y las  hormonas que te tienen como un ñu desbocado se alían con los nervios propios del momento y empiezas a sudar. El bigotillo se convierte en una bayeta y en segundos ha absorbido parte del  sudor que  te brota de la cara (ahí decides que es hora de afeitártelo), y la ves llegar y esperas que no se dé cuenta, pero lo hace y ella a pesar de haber llegado tarde, te mira con cara de asco y te mueres de la vergüenza. Y esperas la primera llamada que no se produce nunca. Esperar me ha enseñado a aprender, a no esperar demasiado, a desechar las esperas innecesarias y quedarme solo con las buenas, aunque muchas de esas esperas hayan sido las más largas.
Impaciente esperas la vela con el número dieciocho ensartado en tu tarta de cumpleaños, y en el momento que terminan de cantarte la canción de rigor y contemplar el humo de las velas desvaneciéndose por encima de mi cabeza, termina la espera por el carné de conducir, por entrar en un bingo de verdad, no como el que improvisa tu abuelo en la cocina los  sábados por la tarde, por entrar a los locales a golpe de documento nacional de identidad y pedir una copita…y empieza aquí el resto de tu vida. Ya no vale esperar por lo que te digan los adultos de tu vida, llegó la hora de tomar decisiones importantes sobre tu futuro, y esperan lo mejor de ti.

Esperamos en los aeropuertos, esperamos reencuentros, maletas, la respuesta a todos nuestros males, a la muerte lógica, a la ola que te va a revolcar y a la tierrilla que se te mete en los ojos cuando  hay viento; esperamos cosas malas y buenas, aunque las  primeras la mayoría de las veces no te las esperas; esperamos al dolor, a las noticias, a los veredictos a tu favor o en tu contra por los juicios que te harán a lo largo de tu vida. Esperamos por el primer beso, por el sexo, por  estar a  la  altura, esperas a independizarte para tener un perro, esperas a que alguien te diga alguna vez “cuando tengo que hacer colas interminables, en mi mente, espero en ti”, esperas lo ideal, la sorpresa, el susto, aunque siempre causa el efecto que le corresponde, aunque te lo esperes. Esperas a las consecuencias  de tus actos, a la  felicidad y también a la tristeza, a las discusiones y despedidas, a las decisiones y aprobaciones de los demás. A veces la espera dura años o toda la vida y….

Las ocho. Están abriendo las puertas y somos de los primeros. Nos volvemos como niños chicos, la ansiedad ocupa el lugar de la espera y la paciencia, y a base de respetuosos empujones, echamos a correr para coger los mejores sitios. Lo conseguimos, primerísima fila… Esta media hora se me ha ido volando con el humo de los cigarros. Se apagan las luces, y la emoción embarga a las masas, el pulso de cientos de personas al borde del colapso, gritos, aplausos, silbidos, mecheros encendidos, histeria colectiva e individual, torres humanas, que para nosotros, desde nuestra situación privilegiada, son de tamaño diminuto. Comienzan a sonar clarinetes y trompetas, bajo un foco, mientras el resto del escenario permanece a oscuras; la sutil guitarra se une, junto con el golpeteo suave de la batería, y dos minutos después, bajo una  luz tenue la palabra “summertime” se oye en la voz rota de Janis Joplin. Tenía las entradas desde hacía tres meses, y esperar por ella siete horas de mi vida valió la pena.

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Relato: "La vida en espera" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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domingo, 3 de mayo de 2015

Maldita maldición



Hay anécdotas que se quedan adheridas a las personas, sobre todo cuando son acontecimientos repetitivos, como si una maldición se apoderara de ellas. Por ejemplo, las personas que tienen mala suerte con el agua, inundaciones, goteras, resbalones, el congelador se les descongela, se les vuelca el cubo cuando se disponen a fregar, que llueva durante una acampada y la caseta tenga una gotera, una ola les roba o derraman una garrafa de agua de cinco litros en el maletero del coche volviendo de hacer la compra empapando irremediablemente parte de lo adquirido en el supermercado. O tener mala suerte con las caídas; salir rodando por un pequeño barranco en el monte cuando se disponen a miccionar, salir de un bar a fumar en la calle con una copa en la mano y tropezar con el minúsculo escalón de la puerta y caer sin derramar una gota; golpear la puntera del zapato contra un adoquín mínimamente levantado mientras cruzan por un paso de peatones delante de vehículos varios y personas que amablemente quieren ayudar; caer dentro de un jardín, ubicado en una avenida concurrida y golpearse el coxis con el codo de una tubería o chocar inexplicablemente la cabeza contra el retrovisor de un camión delante de la puerta de un instituto bajo las atentas miradas de una marabunta de adolescentes. También hay quienes tienen mala suerte con el fuego, los animales en general o con algún animal en particular, con la comida en mal estado, con las situaciones que dan vergüenza ajena, lo que es estar en el momento menos indicado; con productos de belleza y remedios caseros acompañados de unas indicaciones mal interpretadas; decir una palabra en el peor momento e incluso hay quienes tienen la maldición de la ropa, roturas, manchas inexplicables, prendas al revés o mostrar una parte del cuerpo sin tener la menor idea; o la del moquillo, tanto los propios como los ajenos.

Estas maldiciones llegan a formar parte de la personalidad, llegando a ser una característica notable de la persona, tanto que si nos piden una descripción de un individuo que padezca una maldición citamos la peculiaridad que le acompaña, como un dato importante a saber.

Pero hay una maldición que supera a todas las demás, una realmente espeluznante, capaz de nublar a los sentidos. La persona maldita siempre tiene que estar al acecho, vigilando su cabeza, sus espaldas y sus pies, procurando no ir a lugares determinados como calles oscuras, parques  o solares; observando todo lo que acontece a su alrededor para anticiparse a la maldición, aunque la mayoría de las veces no se consigue, porque es difícil de predecir. Es tan dura que provoca ataques de ira, la expulsión de palabras abominables por la boca que se hacen pedazos, sacudidas de algunas partes del cuerpo, movimientos faciales de desprecio; esta maldición condiciona a la persona a llevar siempre encima unas monedas ya que suele frecuentar los aseos de bares y cafeterías, además debe de aprovisionarse de papel, mucho papel, del tipo que sea.

Suele ser una maldición que se empieza a manifestar a edades tempranas, y se puede desencadenar justo delante de tu casa o al doblar la esquina, no miras al suelo y de repente la tienes debajo de los primeros zapatos que te compran después de años llevando calzado ortopédico, pues debajo de esos zapatos tan deseados está instalado el moñigo de perro más  grande que hayas visto jamás, y justo con ese blando y desafortunado incidente comienza la maldición. Luego en el parque la población de pájaros que lo ocupa, se pondrá de acuerdo para bombardearte con pequeñas y fulminantes defecaciones que se desparraman por tus hombros, por tu cabeza, y todavía te quedan horas para llegar a casa. Pisaras más excrementos, vayas a dónde vayas, te perseguirá el olor nauseabundo y el ambientador será tu gran aliado; también hay que tener cuidado con la infancia, es un sector donde corres riesgo, un infante puede meter sus deditos por un huequito del pañal para comprobar que lo tiene a rebosar, para a continuación pasar su dulce mano por tu pelo dejando restos  de lo que su cuerpo ha desechado. Los parques también son lugares de exposición, hay que mirar cinco veces el pedazo  de césped que quieres ocupar antes de sentarte, pero la maldición siempre te acompaña,  y te levantarás con un surullo pegado en el bolsillo trasero del pantalón, de lo que no te darás ni cuenta hasta que pasas la mano y encuentras la sorpresa del día, dejándote un aroma que por mucho que te laves no te abandona.

Es la maldición más apestosa y difícil de combatir; en la playa tampoco estas a salvo y a pesar de que este a rebozar de personas, la maldición te encontrará en forma de mojón flotando a tu lado o jugando con la arena, tu mano se puede convertir en un colador humano encontrando las heces enterradas de un perro de tamaño pequeño. Ni siquiera estas a salvo de ti mismo, hay que tener cuidado cuando por un motivo u otro tienes que defecar al aire libre, pues debes evitar hacerlo en un terreno inclinado, ya que posiblemente tus dedos u otra parte de tu cuerpo puede toparse con el resultado de tu esfuerzo, y algo importante que se debe evitar es limpiar la zona ponedora con hojas, será peor el remedio que la enfermedad, siempre rodeados de mierda.

La maldición de la caca sin duda es la peor de todas y combinada con otros productos y subproductos del cuerpo también es conocida como la maldición escatológica. Así que recuerda que si pasa una vez es una anécdota, si pasa dos  ya es mala suerte y si ocurre más de tres se convierte en maldición, y te acompañará toda la vida.


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Relato: "Maldita maldición" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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