Las nubes desparramadas, desmenuzadas por todo el ancho y largo del cielo, me decían que era un gran día para salir a pasear con la pena.
Cuando tenía tiempo me gustaba darme un homenaje con el desayuno: café portugués a medio moler, hervido en agua tres veces, colado y tan suave que no necesitaba leche, el rico café de pota, que con su aroma inundaba la cocina de un rico ambientador. Zumo de mandarinas de mi jardín trasero, pan de leña recién hecho untado con mantequilla especiada y un buen pedazo de tarta de arándanos, buenos para la memoria. Todo un homenaje para mis papilas gustativas.
Mientras me vestía pensaba en la pena, en el día que me quedé con ella, en la equivocación que creí que había cometido cuando la metí en mi vida, en el arrepentimiento que supuse en mi futuro por haber tomado una mala decisión; pero el tiempo puso a raya a mis suposiciones. Y los recuerdos me inundan de la satisfacción que sentí al escribir su nombre por primera vez, y fue cuando me di cuenta de que había hecho lo correcto, sin duda lo más atrevido e impensable que he hecho en mi vida.
Me puse las cangrejeras, un buen sombrero y cogí la talega con las provisiones para el almuerzo. Antes de engrasar la cadena de la bicicleta, me quedé observando la forma caprichosa de las nubes, sintiendo la brisa de la primavera bailando con el verano refrescando mi barba de una semana, inhalando el olor de la tierra ligeramente húmeda y mientras el reloj de la plaza daba las diez, coloqué la talega en el manillar y marché raudo deseando pasar el día entero con la pena.
Pedaleando, pasé por delante de la casa de Gustavo y me pregunté cómo le iría después de cerrar nuestro trato. Fue una tarde amarga cuando vino a casa a contarme que la empresa había cerrado, me sentí tan impotente viendo a aquel hombre de casi dos metros de altura llorando como un niño chico. Sumido en una mezcla de tristeza y ganas de ayudar, le propuse realizar una lista con posibles formas de conseguir dinero para rescatar el negocio familiar, por el que su bisabuelo había luchado tanto. Tenía que quitarse lujos de encima, y fue difícil convérselo de que tenía que cambiar su modo de vida para recuperar el esfuerzo de generaciones que contenía aquella fábrica.
Y esa misma tarde fue cuando me quedé con la pena. Me la cambió por sesenta mil euros, y un mes de fruta de mis árboles para su familia. Vendió también una Vespa y un coche tipo ranchera de los años setenta, que un coleccionista le quitó rápido del garaje; un pequeño terreno al que no le daba uso alguno y poco más, suficiente para recuperar la fábrica.
Firmé la compra alucinado por lo que estaba haciendo, ¿qué iba a hacer con la pena? ni siquiera sabía llevarla, no tenía ni idea de cómo tratarla o cómo debía cuidarla, pero no me quedo más remedio que aprender a vivir con ella, por lo menos tenía que intentarlo, y poco a poco fui entendiendo sus necesidades, comprendiendo lo que le iba a aportar su compañía a mi vida.
Ya estoy llegando, huele a mar y las tablas del embarcadero crujen debajo de las ruedas de mi bicicleta. Y allí está la pena que tantas alegrías me da, en el número ocho, balanceándose, escondida bajo el forro impermeable, esperándome impaciente para navegar en este día tan generoso.
Mientras la preparo para zarpar, en lo único en qué pienso es que valió la pena comprar La Pena.
Soy una de esas que se siente afortunada por realizar un trabajo gratificante, que me apasiona, que aporta a mi existencia las cosas invisibles que no todo el mundo puede ver. No me puedo quejar, horario flexible, buen jefe, viajo por todo el mundo y conozco a infinidad de personas, aunque cada vez es más difícil captar clientes. Lo que antes conseguía en un día, incluso en un instante, ahora me cuesta semanas detrás de los clientes, a veces sin resultado, lo que nos dice que nuestras técnicas están desfasadas. Nunca antes habíamos tenido que dar publicidad a nuestros dos productos, se vendían solos, con el boca a boca, pero eso comenzaba a quedar lejos, así que nos pusimos a ello.
Lo primero fue promocionar los beneficios que aportan cada uno de nuestros productos. Con el primero, nuestro producto estrella, aseguramos al cien por cien su efectividad.
-Reduce el nivel de estrés.
-Actúa como analgésico natural, disminuyendo los dolores corporales.
-Fortalece el sistema inmunitario.
-Aumenta la sensación de placer y bienestar.
-Mejora el estado de ánimo.
-Aumenta el nivel de felicidad.
-Contribuye a vivir más.
Los beneficios de nuestro segundo producto, recomendado para todo el público pero sobre todo para mayores de cincuenta años.
-Ayuda al organismo a liberar energía negativa.
-Aumenta la autoestima.
-Rejuvenece la piel por su efecto tonificante y antiarrugas.
-Disminuye el insomnio.
Hemos creado un día mundial para nuestros productos, el primer viernes de octubre, para demostrar todo lo que pueden ofrecer, para la salud, para el bienestar emocional, para sentirse vivo, pero no solo vivo porque late el corazón, vivos de espíritu, vivos en procurar que el niño que se lleva dentro no se vaya detrás de una pelota para no volver. Un día que te acerca a los demás.
Tenemos que hacerlo bien, para que la celebración sea multitudinaria, así que mi equipo se ha puesto en marcha. Con mi jefe somos diecisiete, estamos coordinados, preparados y con mucha ilusión, estamos listos para conseguir resultados genuinos, instantes memorables, respuestas involuntarias y sobre todo esperamos que no se agoten nunca nuestros productos, que viajen por el mundo, que de nuevo el boca a boca nos ponga a la cabeza y recuperar a nuestro número millonario de clientes.
Arrancamos motores. Partiendo de la base de que nuestros productos no son reacciones, sino que se nace con ellos, empezamos flexionando quince músculos de los extremos de la boca y también alrededor de los ojos, con esto conseguimos la expresión facial idónea. El jefe comprueba el trabajo, y si está satisfecho, se empezaran a sentir los resultados prometidos de nuestros productos; pero tenemos que esforzarnos más, porque quedarnos en este punto sería volver a los que nos condujo a caer casi en la banca rota…así que a por todas, vamos a por el producto genuino, a por el más poderoso. Elevamos los extremos de la boca junto con las mejillas, marcando las patas de gallo (algún precio hay que pagar) y llegamos a lo más alto, a la emoción genuina, creando en el despacho del jefe una fiesta sin igual.
Salimos a la calle de fiesta, afrontando la vida, buscando reflejos como los espejos, captando clientes a diestro y siniestro, pero somos ambiciosos y vamos a por más, a por el público que dejó que el niño no volviera con la pelota, a por aquellos que tienen años pero pocas patas de gallo, a por los que olvidaron aplicarse el producto a si mismos, pero sobre todo a por los que han perdido mucho por el camino, los más difíciles de captar…
Por eso sonríe hasta debajo del agua, ahógate en carcajadas, que viajen tus sonrisas, propágalas con el boca a boca, contagia las flexiones de los músculos de tu cara, capta clientes, pasa a formar parte de nuestra empresa… no te arrepentirás.
Me llamaron temprano, presentándose la voz del otro lado como el notario Fernando Cornejo. Mi tía bisabuela, tía Cachita, aunque en su partida de nacimiento rezaba Caridad, había fallecido dejando un amplio testamento, y me había dejado como a una de sus herederas, a pesar de que la había tenido poco presente en estos últimos años, ella era así de generosa.
Su belleza no tenía parangón, no es que fuera guapa, bonita, atractiva o exótica, era todo eso junto. De constitución menuda, con cintura de avispa y elegante, siempre maquillada pero sin abusar de cantidad; me gustaba estar en su habitación cuando se arreglaba para salir a bailar, admiraba la forma que tenía de pintar sus labios, como deslizaba la barra de color rojo sin salirse ni un ápice, como realzaba su contorno con el lápiz y a continuación los unía rozando el superior con el inferior, dejando uniforme la pintura sobre ellos, finalizando con un sonido que producía al separarlos, que me hacia sonreír. Solía ponerse sombreros ladeados y estolas, o abrigos de piel, regalos de los amantes adinerados que tenía en Barcelona; trajes elegantes, pocos pantalones, zapatos de tacón alto, de aguja, con pedrería, de raso, de piel, y joyas discretas, que se compraba con las pagas extraordinarias de su trabajo en la Telefónica; no sé por qué no permitía que ningún hombre o mujer le regalara joyas.
Siempre fue una mujer con las ideas claras con respecto a las relaciones, con respecto al amor…”No entiendo la relación que tienen el amor y el dolor…Puedo querer a una mujer, puedo querer a un hombre, pero jamás sufrir por amor…Cuando aparece el sentimiento de pertenencia, cuando el corazón se acostumbra, cuando duelen actos que antes no dolían, es hora de cortar, es hora de volar a otro cuerpo, porque ahí es cuando la irracionalidad se apodera del amor y deja entrar al dolor, lo que le quita todo el significado… por lo menos así lo siento yo”…Se enamoró y desenamoró muchas veces, tanto de hombres como de mujeres, y nunca sufrió por amor, porque sabía retirarse a tiempo, y aún así nunca le faltó calor en su cama.
Era una mujer llena de experiencias, de conocimientos; acudía a muchos actos sociales dónde tenía la oportunidad de hablar de muchos temas y de escuchar y aprender de muchos otros. Era bien recibida fuera a dónde fuera, una invitada indispensable en las fiestas, por su don de gentes, por su peculiar forma de bailar, discreción y sutileza. En su conjunto una mujer casi perfecta.
La lectura del testamento se iba a realizar en su casa. No tenía ni idea de a quién más de la familia me iba a encontrar allí. Toqué el timbre y me abrieron el portal sin preguntar, subí los tres pisos y la puerta estaba abierta. El olor de casa de tía Cachita, cuantos recuerdos, los arcos del salón, los azulejos de la cocina, los marcos de las fotos, el empapelado de las paredes, la bombonera de cristal llena de chocolates y las miniaturas: lámparas, planchas, tocadiscos, sillas y mesas, y un sinfín de objetos realizados con el más mínimo detalle del tamaño de un dedal, regalos de un amigo artesano. De pequeña me fascinaban.
Estaban mis primos y el único tío que quedaba vivo por parte de mi madre, un señor de setenta años sordo y manco. Básicamente el reparto fue equitativo, sobres con cheques al portador, joyas y su colección de abrigos y estolas, una pequeña fortuna. A mí, además, me dejó una tiara de diamantes, una caja con fotos y una extensa carta, que decía así:
Querida sobrina: Llora por mi ausencia lo justo y necesario, créeme si te digo que he tenido las mejores de las vidas. Usa el dinero para ser más feliz y vende la tiara, para que me hagas un último favor, y espero que aceptes. En la caja hay un sobre marrón, dentro encontraras unas cartas acompañadas de fotos, testigo de mi secreta historia de amor. Ya sé que te dije muchas cosas, que te di muchos consejos, pero debo de confesar que hubo un hombre con él que hubiera pasado el resto de mi vida…Lo conocí en el barrio del Rabal, tenía un puesto de venta ambulante con su familia; Nicolás, moreno de ojos verdes, pelo oscuro y rizado, unos años más joven que yo y gitano de pura cepa. Cada vez que viajaba a Barcelona, me pasaba por su puesto a comprar cosas que no necesitaba, por tenerlo un ratito en mis retinas. En una de mis visitas, me escuchó decirle a una conocida que iba a tomarme algo fresquito, y se ofreció a acompañarme. Desde ese momento comenzamos a vernos siempre que me encontraba en la ciudad. ¡Ay, sobrina! Hablando en plata debo confesarte que fue el mejor sexo que tuve en toda mi vida, follábamos a todas horas, casi en cualquier parte, cuando estaba con él me convertía en un animal dócil, sumiso e irresponsable, a su entera disposición. Me tenía totalmente dominada, y a mí me gustaba, su seducción me atrapaba cada vez más y con él conocí los secretos más oscuros de mi cuerpo y mi mente. Tres años duró el amor, pero esta vez no fui yo la que se rajó. Su familia no veía bien lo nuestro, básicamente porque una muchacha gitana lo esperaba en el altar, y rechazarla era como rechazar a su propia familia. Y tuve que quitarme de en medio, muy a mi pesar. Él me envió estas cartas, pero yo no fui capaz de devolverme las mías…Aquí las guarde como testimonio de que nunca dejé de quererle. Necesito que lo busques y se las entregues junto con las fotos, para que pueda verme espectacular…Aquí esta su dirección de Barcelona, usa el dinero de la tiara. Espero de corazón que lo encuentres. Un abrazo desde el más allá (un poco de humor, sobrina)
Mira por dónde me iba de vacaciones. Al cabo de dos días estaba bajándome del avión. Me busqué una pensión cerca de la Rambla de las Flores, y esa misma tarde, con la caja de fotos y las cartas dentro de una mochila me puse en marcha. Encontré la dirección sin problema, pero el domicilio parecía abandonado. Toqué el timbre varias veces, hasta que me abrió una señora redondita, con un áspero y enorme moño en lo alto de la cabeza color calabaza, vestida completamente de negro y los ojos hinchados. Le pedí disculpas por si interrumpía algo y le pregunté por Nicolás, y su respuesta fue un berrido que me hizo dar un respingo, gritando el nombre en el hueco de la escalera de la casa. Escuché bajar a alguien, y ese alguien no tenía pinta de ser el viejo amor de tía Cachita. Resultó ser su nieto, que había heredado el nombre. La señora se retiro renqueando, quedándome sola con Nicolás. Le expliqué quien era y la misión que me habían encomendado desde el más allá.
Cuando dije el nombre de mi tía, con un suave empujón me sacó a la calle mientras me comunicaba que ese nombre no podía pronunciarse en aquella casa, que le había producido mucho dolor a su abuela. Nos fuimos dando un paseo, mientras me relataba la pesadumbre de su abuelo, que no dejo de pensar a Cachita ni un solo amanecer de su vida, de recordar la pasión y las promesas que no pudo cumplir por cobarde; por desgracia había muerto hacía un año, con la pena de no saber nada de ella.
En una cafetería, le enseñé las cartas de ambos, las fotos y hablamos de nuestros respectivos familiares. Su abuelo en más de una ocasión estuvo a punto de escapar, pero ni siquiera sabía por dónde empezar, y mi tía no quería tener el peso de su decisión. Charlamos durante horas, cenamos incluso y bebimos hasta la madrugada. Sentí una extraña unión, un sentimiento distinto a los que tenía registrados, y todavía teníamos que decidir que íbamos a hacer con los recuerdos, mientras mi libido se despertaba. Dividirlos hubiera sido un crimen, así que decidimos compartir la custodia de aquel amor.
Me acompañó a la pensión, y sin decirnos una palabra se quedo conmigo hasta el final, digo hasta el final, porque allí dentro nos quedamos desnudos tres días con sus tres noches, hasta horas antes de mi regreso a casa. Los recuerdos se los quedaría él hasta mi próxima visita, y antes de cerrar la caja me pidió un recuerdo. Sin decir nada me quitó las bragas para acomodarlas entre las fotos y las palabras, colocó la caja a un lado y aprovechó el poco tiempo que quedaba para dejar otro recuerdo sobre mi cuerpo desnudo.
Y así fue como tía Cachita desde el más allá, me dejó en herencia viajes ilimitados a Barcelona para el resto de mi vida.
Volviendo a casa, observé un hueco en las nubes, como si el impacto de un derechazo se hubiera estrellado contra el cielo. Mientras observaba el pasear del viento con las nubes, sentí un peso en mi brazo, era la soledad que de nuevo paseaba conmigo, anunciándome lo que me esperaba en mi hogar, bajo las increíbles malabares de la naturaleza.
Cuando entré por la puerta, su ausencia me caló de lleno, sobre todo al contemplar el perchero solitario, sin su abrigo, sin sus pañuelos excesivamente grandes…Recordé sus palabras en mi oído, sus dedos en mi nuca, sus colores y olores; su música, su cuerpo y tantos recuerdos y aprendizajes, que marcaron mi persona, que llenaron los huecos de mi vida.
¿Cuánto se tarda en superar una pérdida? No la superas, simplemente te acostumbras a la ausencia, te acostumbras a no escuchar su voz, a no esperar una llamada; y en tu elección esta aceptarla como parte fundamental de la vida o hacer de tu vida un duelo sin salida.
A veces tengo miedo de olvidarla y otras de su recuerdo. La pérdida es un dolor único y sumamente impredecible; hay quién aprende a dosificarlo y hay personas que la convierten en un estado de autolesión, haciéndola crónica, otorgándole poder. Te ataca cuando menos te lo esperas, con una frase, una melodía o un aroma, dejándote un hueco en el estómago con ansias de dolor.
Me senté en el sillón y cogí la foto, el recurso que tenía guardado para cuando la echaba de menos en exceso. Había capturado con su cámara un paisaje realmente hermoso e inspirador. El lago rodeado de árboles y matorrales, que se contemplaban en el agua cristalina, y al fondo abrigadas por la espesura de la niebla, las montañas, adónde según ella, acudían las gaviotas a morir. Y recuerdo ese día, sus caricias en el coche, el sexo antes de volver, el frío en las mejillas y esa sensación de estar lleno, que ahora echo demasiado de menos.
Me abruma mi vida sin ella, no logro acostumbrarme al silencio. Cada día moriría por escuchar su voz, por tomarme una taza de café en su armónica compañía, sería capaz de tatuarme su alma con la tinta de mi sangre para no sentirme solo, porque solo ella es la dueña de mi alegría.
Suelo quedarme dormido con la foto en mi pecho, y sueño con ella, con su imagen borrosa, con la belleza de sus suspiros y el caliente de su piel.
Y por fin el sonido de la llave girando en la cerradura, me despierta.
-Te he echado mucho de menos.
-¿Pero amor? si solo estuve fuera un par de horas.
-Para mí ha sido una vida entera.
Ya estaba en la recta final, y competía con dos compañeros por la beca. Debía de ser inteligente y escoger un tema diferente, algo tabú, inusual, y me acorde de una clase de sexología y conflictos de pareja, a la que había acudido hacia un par de meses. El tema a tratar eran las parafilias, algo así como desviaciones sexuales, y me pareció apropiado para mi trabajo final.
Yo sabía de buena tinta, que mis adversarios iban a por todas, así que yo tenía que ir más allá. Y se me ocurrió una gran, aunque descabellada idea, para ponerme a la cabeza.
En esto del sexo, siempre había sido práctico a la vez que básico, tampoco me habían demandado cosas extravagantes y yo no veía más allá de cuatro posturas y algún cachete que otro, hasta que fui a aquella clase. Empezaron a exponer distintas conductas sexuales, poco convencionales, aunque conocidas, como la coprofagia, la zoofilia o la asfixia sexual, hasta ahí bien, sin escándalos. Hasta que empezamos a profundizar en el tema, tan desconocido e inverosímil para mí. Más de cuarenta parafilias fueron explicadas, algunas con soporte visual, en aquella clase magistral de dos horas y cuarenta y cinco minutos. Salimos algo descolocados, hablando todos a la vez, la mayoría no teníamos conocimiento de cuan amplio era el tema.
Se trataba de meterme en el papel y documentar hasta el más mínimo detalle, dejarme piel y sangre si hacía falta. Navegando por la legalidad, me inscribí en las páginas que me interesaban, con seudónimos diferentes y en todos el mismo mensaje “ Chico discreto busca chica para ampliar horizontes” .
Al cabo de los días comencé a recibir respuestas. Respondí a algunos sutilmente, dejando la puerta entreabierta, y después de sopesar las opciones, comencé con la escatofilia telefónica, y para mi gusto nada sensual. Se trataba simplemente de una llamada de teléfono, fácil, así que marqué el tercer número de mi lista de respuestas, dispuesto a todo. La voz del otro lado, nada más descolgar el aparato, comenzó a insultarme, a humillarme. Con un tono bastante desagradable, me amenazaba con localizar mi llamada, con encontrarme y entonces cortarme los testículos; me llamo “tío mierda”, enfermo, me maldijo con hijos enfermos, creo que hasta me insulto en alemán o sueco, no estoy seguro…y mientras, ella se masturbaba. Yo estaba atónito, aguantando el tipo, porque de lo que me daban ganas era de mandarla a la mierda, pero en lugar de eso, tuve que devolverle los insultos y hasta me atreví con alguna amenaza; y ella al otro lado toda arrebatada de placer. Fui bastante torpe, al lado de lo que salió de su boca, lo que yo le decía, parecía dulce poesía, aunque al final me vine arriba.
Aunque me desahogué verbalmente, mi libido no subió ni una milésima, ni siquiera cuando oí sus gemidos y suspiros. Cuando la voz del otro lado estuvo satisfecha, simplemente colgó, ni un triste gracias. Yo me quedé extraño, pero tenía claro que simplemente iban a ser las actuaciones estelares de mi vida, así que me hice a la idea de vivir con esa extrañeza hasta que finiquitara el proyecto.
La siguiente parafilia de mi lista, la mecafilia, me causaba una inmensa curiosidad. Los contactos de la página tenían una atracción fatal por las máquinas, por ejemplo un exprimidor, un tostador…antes o durante el coito. Curioseé un poco, para saber de qué manera uno tenía que ponerse en contacto para tal evento, no sabía cómo ofrecerme, que palabras utilizar. Cuando lo tuve claro, me puse en contacto con Lucy89, que me había escrito varias veces. Quedamos en un hotelito barato del centro, y cada uno teníamos que llevar a nuestra máquina más seductora. Yo busqué en casa, algo “sexy”, y me decanté por un despertador digital; se me ocurrió decirle que me excitaba el sonido de la alarma.
Con mi despertador en la mochila, me fui a cumplir con mi segunda función parafilica. Estaba nervioso, intentando que no se me notara que estaba nervioso, y más nervioso me puse. Y todavía más nervioso, cuando me abrió la puerta de la habitación mi prima Lucia con una batidora en la mano y un camisón transparente color fucsia. La situación se quedo paralizada, me quede verde, amarillo y ella pobrecita se me echó a llorar. Entré en la habitación, nos repusimos del impacto, dimos nuestras respectivas explicaciones, aunque la suya me dejo flipado, y me dio una entrevista fantástica sobre su parafilia. Me marché y allí la dejé con su batidora.
Ya iban dos, el proyecto empezaba a tomar forma. La tercera parafilia, la coulrofilia, me salió un poco cara. Tuve que comprarme un traje de payaso, disfraz no, traje, muy bonito pero…Para la cita me tenía que poner el traje, hacer algunos trucos y lo que surgiera, para satisfacer los deseos sexuales de Amalita10. Cuando llegué a su casa, en el pomo había una bocina con un letrerito que ponía “hazla sonar”, y así lo hice. La puerta se abrió, y una despampánate rubia me recibió con miles de globos…mi cara era un cuadro. En los mensajes, habíamos acordado que ella daría las órdenes, y yo simplemente las acataría. Fuimos al dormitorio y se acostó en la cama. Primero quiso globoflexia (había practicado), luego unos chistes verdes, malabares nivel 1,un par de caídas y la tenía en el bote. Agarró unos de los pompones de mi camisa, y me arrastró a la cama. Amalita estaba fuera de sí, loca por poseer al payaso. No me dejo ni quitarme el traje, y con él puesto me era imposible realizar ningún movimiento. Ella lo hizo todo, mientras yo tenía que cantar “titititiriti tititiriti”. Esa parte fue rápida, y por primera vez en mi vida me sentí utilizado.
Después de esta tercera, continué con la hierofilia. Acudí a la cita con una biblia, un crucifijo y música gregoriana, lo que me habían pedido. Quedamos en una pequeña parroquia, charlamos sobre nuestras vivencias religiosas y nos fuimos a su casa. Para excitarla leí algunos salmos, con el crucifijo colgando de mi cuello, y hasta tuve que decirle algunas oraciones en latín, con las que sucumbió a mis encantos, escuchando de fondo los cantos gregorianos. Tuve que concentrarme mucho para poder cumplir con sus expectativas y escapé por los pelos. Sexo casi fácil.
La siguiente parafilia de mi lista, era la formicofilia, dónde los caracoles y las hormigas, además de otros animalitos pequeños, son el foco de la excitación sexual. Encontré a una mujer muy interesada en los caracoles, y yo conseguí tres caracoles como tres pelotas de golf. Y allí que me fui con mis amiguitos en un tarro de cristal. Antes de salir de casa, quise probar y coloqué a uno de los dulces caracoles sobre mi pezón derecho, por ver si me provocaba algo de excitación pero no sentí nada, y cuando me dispuse a dejarlo pasear por mi pene, entre la pena por el bicho y el asco, no pude.
Fauna2 era bastante callada. La recogí, nos fuimos a una pensión y estuve una hora paseándole los caracoles por los pechos, el vientre, el pubis, el clítoris, el perineo, las orejas…yo repugnado, y ella fuera de sí. Por suerte esta cita no requería de una erección por mi parte, y cuando terminó de aprovecharse de los bichitos, me pidió que la llevara a su casa. Todo el camino callada, como un caracol.
Intenté probar con la salirofilia, pero no pude. Cuando llegó el momento, después de haber estado en una sauna, y me pidió que le llenará la boca de saliva, con el sudor de mi cara cayendo sobre la suya, me dio tanto asco que me tuve que ir.
La última que iba a poner en mi proyecto era la travestofilia. Me tuve que comprar un conjunto sexy de ropa interior femenina, y acudir a mi cita con él puesto. Nos encontramos en una plaza y dimos un paseo. El hecho de que ella supiera que llevaba aquel incómodo conjunto puesto, le ponía los ojos en blanco. Durante el paseo, me fue narrando con todo lujo de detalles lo que me iba a hacer; y mira por dónde ahí tenía otra parafilia, narratofilia. Esa mujer se deshizo en palabras sucias e historias pornográficas, hasta que llegamos a su casa. A partir de ahí todo fue lujuria, perversión, pasión desenfrenada, ya no me importaba llevar aquel conjuntito sexy; que entrega, que final.
Terminé mi proyecto, conseguí la beca y me di cuenta de lo que me excitaba llevar puesto un sexy conjuntito.
Era la última entrega del día, y para colmo era bastante lejos, aunque dentro de nuestro rango de reparto. Cargué la maleta de la moto con las berenjenas a la parmesana con guarnición, mus de plátano, pan de ajo y dos botellas de treinta y tres centilitros de jugo de arándanos. Y me puse en camino con la dirección en mente: Polígono Industrial de la Química; parcelas y parcelas minadas de edificios dedicados a la industria farmacéutica y médica: laboratorios, venta de artículos sanitarios, distribuidoras, investigación, y allí que me fui con la cena sobre ruedas.
La moto no tiraba mucho, así que me aprendí todos los atajos, aunque algunos no estaban destinados para la circulación de motocicletas. Antes de llegar al polígono había un camino de tierra, no muy largo, e inexplicablemente el único tramo sin luz, que te ponía los pelos de punta, ya que era una zona bastante solitaria y más a aquellas horas. Mi destino estaba cerca, parcela cuatro, avenida principal, número doce. Era un edificio con varias oficinas, con un pequeño aparcamiento, donde solo había un solitario coche y un cartel que ponía Solo para empleados de Psicotex.
Cogí la cena, aún caliente y toque el timbre. Una voz femenina me atendió, indicándome que me dirigiera a la oficina número diez. Llegué a la puerta y toque suavemente, había más que silencio, parecía un hospital, y la voz femenina me dio permiso para entrar. No vi a nadie, y en cuestión de segundos un terrible dolor en la cabeza hizo que me desvaneciera, supongo que me desmayé. Cuando volví en mí, estaba confuso, veía borroso, sentía presión en las muñecas y tobillos, y mi corazón comenzó a bombear con fuerza.
Estaba atado a lo que parecía un sillón, como los de las clínicas dentales. Comencé a sudar, a respirar fuertemente, preparándome para pelear, para huir, pero no podía. Mientras pensaba sin pensar, escuchaba muebles arrastrándose, portazos, susurros, guantes de látex chocando contra una muñeca, y yo no podía emitir sonido alguno, el miedo había paralizado a mis cuerdas vocales. De repente un alarido llego a mis oídos, provocándome más ansiedad, más sudor, más aumento de la respiración, sin poder gritar, sin saber que iba a ser de mí, cuando mis esfínteres asustados no aguantaron más. Estaba literalmente cagado de miedo.
El sudor me salía a borbotones. Después de un rato sin escuchar nada, sentí una presencia detrás de mí, no podía girarme pero sentía su respiración, y volvieron los alaridos, acompañados de sonidos parecidos a los taladros de los dentistas, y más gritos, llantos y portazos. Yo estaba al borde de la locura, pensé en mi madre, en mi perro, en que esa noche no me tocaba a mí el turno, en lo que me iban a hacer cuando terminaran con el pobre que gritaba. Me iban a torturar.
Apretaba tantos los dientes, que me partí una muela. La tensión casi me había paralizado los músculos, estaba totalmente rígido y dolorido, cuando un foco de luz muy potente me alumbro directamente a la cara. A pesar de tener las pupilas dilatadas a su máxima potencia, no podía ver nada, pero si oír las ruedas de una mesa acercándose, de nuevo la respiración pero más fuerte. Comencé a temblar, mis piernas se movían involuntariamente con pequeños espasmos, tanto que movía el sillón, y completamente aterrorizado me puse a llorar, mientras escuchaba de nuevo los gritos y cerca de mí sonidos de metales, de una radio con interferencias, muebles siendo arrastrados, hasta me pareció escuchar el agua de un grifo. Y con todos esos estímulos mi corazón estaba a punto de reventar, a punto de rendirse a la arritmia, cuando de nuevo sentí un tremendo dolor de cabeza, y supongo que me volví a desmayar.
Cuando me desperté estaba tirado en el suelo, al lado de la puerta, dolorido, débil y lo veía todo borroso. Tenía miedo de moverme, me hubiera hecho una bolita y me hubiera quedado allí hasta que me encontrarán. Todo mi ser apestaba a desechos humanos. Cuando recupere la realidad, me levanté como pude sin mirar atrás, me toqué por todas partes para comprobar que no me faltaba ningún miembro. Me dirigí al pomo de la puerta para largarme de allí, cuando vi en el pequeño mostrador de la entrada, el dinero de la cena sobre el recibo, donde habían escrito: quédate con la vuelta. Lo cogí y sumamente desconcertado salí, y mientras cerraba la puerta tras de mí pude leer en el cristal: LABORATORIO DEL MIEDO.
Llevaba meses pendiente de esa casa. Tenía la mejor orientación de todo el vecindario y un jardín sublime; dos plantas más un altillo, cinco habitaciones, tres baños, un salón como el de una academia de baile, una cocina con lo último de lo último y una hermosa isleta ocupando el centro. La ubicación era perfecta, casi increíble y yo me llevaría una enorme comisión si la vendía en un mes.
Por fin tenía las llaves en mi poder, era mía y con ella la suculenta recompensa. Me gustaba visitar las casas antes de enseñarlas, para comprobar que todo estuviera en orden, colocar un poco de sutil ambientador y abrir las ventanas para que saliera el olor de la soledad.
Cuando metí la llave en la cerradura y la gire, todo mi ser inhalo la peor de las pestes. Nunca un olor me había provocado antes náuseas, lo que me condujo a la arcada, terminando inevitablemente mi desayuno, en el felpudo de la entrada, un comienzo nada halagüeño. Me quité la corbata para usarla como máscara de gas y entre convencido de que me iba a encontrar un cadáver en algún lugar de aquella casa, nunca había olido la muerte, pero ese olor tan pestilente no podía ser sino el de un cuerpo en descomposición.
No quería tocar nada, hasta estar seguro de que no había ningún cadáver degollado o mutilado, por si tenía que llamar a la ley. Saqué la linterna del llavero y fui examinando cada habitación, rincón y agujero de aquella apestosa casa, y no hallé nada.
Abrí la puerta del salón que daba al jardín y pude respirar sin envenenarme las fosas nasales, y sentí el alivio más grande que he experimentado hasta ahora. Me armé de valor y abrí el resto de las ventanas, con lo que conseguí aliviar un poco la peste, pero solo un poco. Aquel terrible olor nauseabundo se había pegado a mi ropa y a mi pelo, a los pelillos de mi nariz, era casi insoportable, y sobre todo un misterio que tenía que resolver y ventilar en dos días.
Comencé mirando en los baños, dentro de los armarios, gavetas, detrás de los muebles, en la lavadora, la nevera, el horno, el altillo, me volví loco, y nada. Revisé los muebles de la cocina más de cinco veces, ya que era la instancia de la casa que más peste desprendía, así que me centré en ella, eliminando el resto de la casa de mi plan de trabajo. Volví a repasar cada rincón de aquella moderna cocina y nada de nada, así que se me ocurrió que quizás debajo de los tablones del parqué, podían estar descansando en paz algunas ratas, y de ahí aquel olor que te daba ganas de llorar.
Me quité el traje, la camisa y aunque me lo pensé dos veces me dejé puestos los calzoncillos y los calcetines, y antes de ponerme manos a la obra, me contemplé desde arriba y sin poderlo evitar, me reí de mismo. Con la ayuda de un cuchillo de punta redonda y un pequeño martillo, fui levantando una por una aquellas tablillas de color gris ceniza. Después de quitar compulsivamente más de una veintena, me agaché y con la linterna pude comprobar que debajo de aquellas tablas no había ningún cementerio, solo restos de las losetas setenteras originales de la propiedad. Estaba agotado y asqueado, pero aún así dejé el suelo como estaba, mientras pensaba en otras posibilidades, totalmente cubierto de sudor e inhalando aquella peste.
No se me ocurría nada. Pensé que se me podía a ver pasado algún rincón, alguna puerta secreta, así que volví a examinar la vivienda de nuevo, sin resultados óptimos. Estaba al borde de la desesperación y a punto de perder el olfato, cuando vi una solitaria y olvidada fregona en un rincón, y lo vi claro, había llegado el momento de desinfectar la casa de arriba a abajo. Me duché y envolví mi cuerpo mojado en un rollo de papel de cocina, y con el traje puesto, sin calzoncillos ni calcetines me tiré a la calle en busca de una tienda, en busca de todos los productos desinfectantes que existieran.
Cuando volví con todo lo que pude conseguir, desde lejía con perfume limón hasta amoniaco, me volví a quitar el traje, y como mi madre me lanzó al mundo y con la peste metida en la nariz comencé con el zafarrancho de limpieza, y como acompañamiento de fondo “I want to break free”. Dejé para el final la cocina, la instancia más perjudicada. La repasé con estropajos, eché el líquido que me recomendó el simpático chaval de la tienda por el desagüe del fregadero, limpié el horno y la nevera, y fregué el suelo tres veces con una mezcla explosiva: lejía, amoníaco, sotal y fregasuelos con aroma a rosas. Olía a rayos e incluso se podía ver como del cubo de fregar emanaba una densa neblina, pues ni eso hizo desaparecer el terrible olor que seguía inundando la casa.
Ya no sabía que más hacer, la peste me había vencido, me podía olvidar de la venta y la jugosa comisión, y tal fue la decepción, que aún a riesgo de coger la peor de las infecciones, me senté desnudo en el suelo a regocijarme en mi derrota. Mire hacia arriba, rodee con la mirada la estancia, y me di cuenta de que había un pequeño armario al lado del extractor, sin tirador, casi imperceptible, a simple vista parecía una chapa sin más, algo decorativo.
La esperanza me incorporó del suelo, y con la ayuda de un taburete alcancé el armarito. En ese punto la peste era insoportable, así que asqueado pero alegre, lo abrí y me vomité. Era como si una nube del infierno hubiera salido de aquel pequeño armario, y aunque ya no tenía nada en el estomago, continué con arcadas, y no tuve más remedio que improvisarme otra máscara de gas con los calzoncillos, olor que prefería un trillón de veces. Volví al armarito, y con la ayuda de las servilletas, saqué un pequeño bulto envuelto en un forro de plástico muy fino, sin duda el origen de aquella tremenda peste.
Me daba curiosidad ver lo que era, ver qué era lo que me tenía allí desnudo, con mi ropa interior tapando mi nariz y mi boca, desquiciado, con amagos de desmayo. Al retirar el envoltorio, simple y llanamente era un trozo de queso, un trozo de queso apestoso, y no me podía imaginar a un ser humano, cuerdo o no, comiéndose aquello. Pletórico por haber dado con el problema, envolví el queso, y metido en una bolsa se fue a la basura, con parte de mi asco. Volví a limpiar toda la cocina, y por supuesto el armarito paso por diez desinfecciones concienzudas, y el olor fue desapareciendo. Y después de capas de lejía y ambientador, por fin, la casa ya estaba lista para darme la comisión.
Con el tiempo supe por el antiguo dueño de la casa, que ese queso apestoso era inglés y se conocía como “Obispo Apestoso”, bastante codiciado por los sibaritas del queso; yo a raíz de aquella apestosa experiencia tengo rechazo absoluto hacia el queso, en cualquiera de sus variantes, porque hasta el de olor más suave me recuerda al día más apestoso de mi vida.