viernes, 13 de julio de 2018

El combate



Quedaban pocos días para el combate del año, y el evento había causado  muchas expectativas. Los aficionados estaban eufóricos, las apuestas estaban bastante reñidas y la publicidad echaba más leña al fuego.

Y el día del espectáculo llegó. Cinco horas antes del combate, la algarabía de la muchedumbre daba la vuelta al estadio, hasta que comenzó a sonar “Highway to hell”, que en cuestión de milésimas de segundo hizo que el público pasara de pisarse las palabras, a saltar y a reproducir la letra de la canción. De lejos parecían bailarines Masai.

Cuando las puertas se abrieron, el recinto se convirtió en un hormiguero, y una  hora y media después las gradas estaban repletas, la música seguía sonando y el fervor del público agitaba los cimientos hasta que, la intensidad de las luces  bajó levemente y la música dejó de sonar. Un silencio absoluto se apodero del recinto, el cuál rompió el maestro de ceremonias dándoles la bienvenida, lo que produjo de nuevo el despertar de las bestias, que se rompieron en aplausos, gritos, silbidos, bocinas, algo espectacular. El presentador colocado bajo un foco sobre el rin, calmaba a aquellos adultos infantilizados aconsejándoles que dejaran fuerzas para el combate, y después de unas palabras de agradecimiento, y de comentar la trayectoria de los boxeadores, se hizo la luz y todos los allí presentes volvieron a explotar en aplausos.

A continuación, el momento más esperado, la antesala del combate del siglo. El árbitro, colocado ya en el centro del rin, micrófono en mano, anunciaba al primer púgil…”¡¡¡¡ a mi izquierda, con un peso de 65 kilos...Eeeeellll Realistaaaa!!!!” Y sus admiradores se pusieron en pie, alborotados por la emoción…”¡¡¡¡y a mi derecha con un peso de 63 kilos…Eeeeellll Soñadoooor!!!!”...Ovación, maremoto, el recinto ardía en fiebre.

Los púgiles chocaron los guantes y cada uno se dirigió a su esquina para recibir los últimos consejos de sus entrenadores, mientras el árbitro enumeraba las reglas del combate que duraría seis asaltos. Y bajo la tensión palpable de los allí presentes, sonó la campana...Comenzaron el combate analizándose, examinando sus posturas, sus gestos faciales, cada uno de sus movimientos, cuando El Realista sorprendió a su contrincante con un golpe bajo de razonamiento, el acertijo del hombre solitario…”Un hombre vivió solo en una casa durante dos meses. No recibió visitas y nunca salió de la casa. Al final de los dos meses enloqueció. Una noche apagó el fuego y las luces y salió de la casa. Como consecuencia de su ida murieron 90 personas ¿Por qué´?” Después de unos segundos El Soñador cayó derrotado al suelo al no dar con la respuesta, levantándose antes de que el árbitro terminara de contar, dándole a su contrincante el primer asalto.

Después de unos breves minutos dio comienzo el segundo asalto, bajo la tensión que cortaba el aire en el recinto. Los boxeadores parecían bastante concentrados, desafiándose con la mirada, pero esta vez fue El Soñador quien sorprendió al realista con un golpe en el pecho desprotegido de su oponente: una metáfora…”Coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre”…El Realista parecía exprimirse la cabeza, intentando traducir el golpe metafórico, pero no salió nada de su boca y se dio por vencido bajo la mirada de su contrincante y la decepcionada afición.

Antes del tercer asalto, mientras se refrescaban, ambos pensaban en su siguiente golpe. El Realista lo planificaba y El Soñador creaba nuevas combinaciones de ideas, y llegó el tercero. Durante casi un minuto estuvieron dando vueltas por el rin, cuando El Soñador tomó la iniciativa, golpeándolo en la barbilla con el siguiente dibujo:


A pesar del esfuerzo del Realista por adivinar que representaba aquel dibujo, no lo consiguió. Comenzó a tambalearse sorprendido de sí mismo por no dar con la respuesta y cayó al suelo con todo su peso durante unos segundos.

El Soñador lucía una enorme sonrisa, y El Realista después de recibir los consejos de su entrenador, en su cara apareció una cínica sonrisa…y sonó la campana, a por el cuarto asalto. Ambos se miraban desafiantes, apretando las mandíbulas, moviéndose de un lado a otro, hasta que El Realista le soltó un gancho de izquierda con un juego de ingenio, “Transformación”…”Soy una bebida…cambia una letra y me convertiré en un árbol, cambia una letra y me convierto en el suelo de tu casa, cambia una letra y encontraras el camino entre las montañas, cambia una letra y podrás beber lo que originalmente fui…¿qué era y en que me he transformado?”…El Soñador quedo perplejo, mudo, desconcertado, dándole el cuarto asalto a su contrincante.

Ambos agotados, se reunieron con sus entrenadores, mientras el público recibía tandas y tandas de anuncios publicitarios. Después de un breve tiempo, comenzaba el quinto asalto. En el rin se notaban las bajas energías, pero ahí estaban los dos dándolo todo, mareándose el uno al otro, hasta que El Soñador sorprendía por tercera vez con un golpe bajo, dentro de la legalidad, un izquierdazo de memoria visual: en un tiempo de 15 segundos le mostrarían 20 imágenes y el reto era recordar al menos 11, pero no pudo, era demasiada presión, y se rindió ante la memoria del Soñador, que iba en cabeza 3 asaltos de 2.

Ahora sí que si, había llegado el momento decisivo. El público al borde de la histeria colectiva, los entrenadores con los nervios desorbitados y los púgiles realmente extenuados, pero con ganas de pelear por la victoria. Y comenzó el sexto y último asalto.

Los dos oponentes comenzaron a dar vueltas por el rin, haciendo tiempo, esperando la inspiración para el golpe perfecto. Después  de tentarse varias veces, paso algo impensable…los dos boxeadores se atacaron con furia a la vez, uno por la izquierda, el otro por la derecha, pero El Realista por milésimas de segundos golpeó primero con un acertijo…”Dos hombres están jugando al ajedrez. Jugaron 5 partidas, cada uno ganó 3 ¿cómo  es posible?”…Y los dos cayeron.

El público enmudeció, y los boxeadores yacían en el mullido suelo del rin, apenas sin moverse. El Realista organizaba mentalmente la situación, estrujando a su hemisferio izquierdo y El Soñador analizaba sus sentimientos y sensaciones del momento con la ayuda de su hemisferio derecho. Por fin el árbitro intervino, sacando al público del mutismo bajo el que estaban y los púgiles se levantaron con algo de dificultad volviendo al presente.  El presentador subió al rin con mucho entusiasmo para anunciar junto al árbitro, levantando ambos los brazos de los boxeadores, el final del combate que se declaraba en empate.

Y es que el evento más esperado del año no podía terminar de otra manera, porque un realista necesita de un soñador y un soñador necesita de un realista.

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martes, 10 de abril de 2018

Contigo


Contigo nunca es tarde ni temprano, nunca hay prisa ni cabida para el aburrimiento,  con tu sola presencia me siento pleno, distraído y haces que mis pensamientos respiren. Tropezarme contigo siempre es un placer.

Me gusta como radiografías todo lo que pasa por tus ojos, la forma que tienes de enseñarme el mundo, de arreglarlo o disfrazarlo, y jugar a las adivinanzas, jugar a suponer situaciones inverosímiles sobre todo lo que pasa por delante de nuestras cotillas miradas. Me gusta la forma que tienes de describirme los edificios, las máquinas, los animales o simplemente una sombra en la pared o una nube diferente. Me gusta el giro poético que le das a las inclemencias del tiempo o al sol fatigante del verano, cuando ya no puedo más.

Contigo me gusta observar los paseos, los rostros, la moda, las luces de las viviendas aún encendidas o los coches saltando ligeramente por los baches de la carretera. Me gusta que busquemos los pequeños detalles que les dan sentido a los grandes, ponerle voz a un bebé que llora o escuchar al viento refunfuñar con los arboles.

Me conmueve ver cómo te regocijas con los primeros rayos del sol y como te acurrucas con los últimos rayos del día, como un gato recibiendo al sirviente al que le  hace creer que es su amo, cuando en realidad está a su merced. Me gustan tus amaneceres y atardeceres, sentir el viento a tu lado, el frío en las mejillas, mientras oteamos el horizonte o nos desconsolamos mirando las estrellas.

Contigo puedo hablar de cualquier cosa, a cualquier hora, sin medida, ya sean simples tonterías o ruidos existenciales, y aunque no siempre me ayudas a dar con las respuestas a las preguntas que a veces te traigo, me voy de tu lado con la sensación de haber solucionado la mitad, lo urgente, lo importante ya se solucionará.

Me gusta cómo me arreglas la ropa, me peinas o me despeinas, como colocas mis lunares, y como en cuestión de segundos haces que tenga una versión mejor de mí. Eres la compañía perfecta para un leche y leche o una cerveza, para escuchar las mismas canciones una y otra  vez, y no importa el lugar que nos rodee, ni la luz que nos ilumine, ni la oscuridad que nos envuelva, a tu lado siempre reflexiono, me conmuevo o me sorprendo.

Siempre es un placer ver la vida pasar a tu lado…y no me importa si eres redonda, cuadrada o rectangular; si estas hecha de piedra, madera o de aluminio, si eres grande o pequeña, si eres zurda o diestra. No me importa si tienes cristales gruesos, finos o de colores, e incluso si están ausentes o rotos; no me importa si tienes barrotes, baranda o enrejado, si eres alta o bajita, si estas en movimiento o quieta. Y no me importa hacia dónde estés orientada, ni lo que me quieras ocultar o enseñar…porque siempre, querida ventana, es un placer ver la vida pasar a tu lado.




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miércoles, 28 de febrero de 2018

El diario



27 de abril

Comienzo este diario por recomendación de mi terapeuta, y la verdad es que no sé por dónde empezar, porque no estoy seguro de cuál fue el principio.

Aunque tengo que confesar que me da miedo escribir, me causa terror leer las palabras que escupe el bolígrafo, dudo de mi mismo, no sé si me habré curado aunque en un papel ponga que sí, y yo lo haya verbalizado.

Me hago adicto a todo, todo cuanto hago me engancha de una forma poco sana: escribir, leer, comer, lavarme las manos o los dientes, recortar, dibujar aunque no se me dé bien, ganar, a cualquier deporte, caminar, cocteles de anfetaminas y pastillas para dormir …entre otras muchas cosas, y he de confesar que algunas de ellas me provocan vergüenza. Pero lo último acabo conmigo, tanto que la adicción me quitó semanas de sueño, lo que me indujo al principio de todo esto, que no recuerdo. Mi terapeuta dice que es amnesia selectiva, espero no engancharme a esto también.

30 de abril

Todo empezó por una lista de la compra. Comencé a escribir en un pedazo de papel lo que necesitaba para sobrevivirle al mes, y sentí un desconocido placer observando las curvas y rectas de las letras, sus imperfecciones, sus variados tamaños; sentí placer en las manos, en los dedos e incluso tuve una erección disfrutando del suave deslizamiento de la punta del bolígrafo en el papel, sin esfuerzo, sin prisas.

Cuando me di cuenta, había escrito la lista de la compra para un año entero, y a partir de ese momento no pude parar de escribir. Comencé a copiar libros, artículos de periódicos, panfletos, prospectos de medicamentos, recetas; hacia listas de todos los verbos que me venían a la cabeza y luego los ordenaba según su conjugación o listas de nombres propios que ordenaba alfabéticamente. Escribía en todas partes, mientras caminaba, en servilletas, en  mis brazos y manos, en los manteles de papel de las cafeterías, en las tapas de los libros, y cuando me quedaba sin papel, escribía en las paredes, en el suelo, en el techo, en las suelas de mis zapatos. En mi casa no quedaba hueco para una palabra más. Pero seguí y seguí: me volví adicto a la escritura, pero tanto derroche de tinta no me convirtió en escritor.

4 de mayo

Tengo que intentar recordar que ocurrió después de la lista interminable de la compra. Sé, que después de la adicción a la escritura me hice adicto a otra cosa, pero por mucho que medite, que rebusque en mis recuerdos no logro dar con ello. La terapeuta me recomienda, como último recurso la hipnosis, pero esa idea no me motiva.

5 de mayo

Hoy me he despertado con un nombre de mujer en la cabeza “Elena”, y al recordarlo me dolieron las plantas de los pies. Me descalce y tengo cicatrices de quemaduras de cigarrillo y no sé por qué, solo sé que Elena tiene algo que ver.

Recordar su nombre me hace sentir bien, reconfortado, feliz, solo decir su nombre en voz alta provoca firmezas en mi entrepierna, y sentir el dolor que había omitido mi sistema nervioso hasta ahora, me causa placer. Quizás tuve una noche de sexo sin límite, y si fue así que lastima no acordarme.

10 de mayo

Sigo despertándome con su nombre en mis sueños, y con el dolor de las quemaduras aunque ya se han cicatrizado. No avanzo. Estoy un poco frustrado, pero la terapeuta me pide paciencia. Ella tiene la respuesta pero quiere que la encuentre yo mismo, que ya sabré el porqué.

Por mucho que escudriñe en mi memoria, no encuentro nada, tampoco tengo prisa, no tengo a dónde ir ni a quién recurrir, supongo que me habré hecho adicto a la prisa. Tengo que tener paciencia. Mañana es otro día, quizás diferente.

13 de mayo

Hoy mi madre cumpliría 86 años, la echo de menos.

17 de mayo

Hoy me despertó la lluvia tocando en mi ventana insistentemente, y con el recuerdo de Elena más claro. Recordé que la había conocido en una librería, una que suelo frecuentar bastante por su variada colección, pero no recuerdo que estaba buscando, algo concreto seguro porqué siempre voy a tiro hecho.

23 de mayo

Llevo varios días despertándome de madrugada, pensando en ella, y por fin comienzo a recordar…

Buscaba un libro sobre masoquismo, me lo recordaron los cortes de mi lengua, y encontré a Masoch, más bien ambos lo encontramos. Yo ya me había hecho adicto al dolor, bueno no al dolor en sí, sino al alivio posterior: me hacia cortes, explore con auto-asfixia, experimente con agujas pero necesitaba algo más.

Después de una inusual conversación, nos intercambiamos los teléfonos.

27 de mayo

Recuerdo nuestras conversaciones telefónicas, nuestros planes, y poco a poco fuimos cogiendo confianza, hasta tal punto que estábamos preparados para el siguiente paso.

Nuestro primer encuentro fue sublime. Estuvimos colocados de dolor un fin de semana entero. Tuve que utilizar maquillaje para que no se me notaran los golpes, quemaduras y cortes, pero valió la pena.

Los encuentros posteriores fueron cada vez más brutales: cadenas, látigos, fustas, esposas, pequeñas herramientas, collares de castigo, consoladores, cuero, látex, humillaciones tanto físicas como verbales e incluso llego a ejercer pequeñas descargas eléctricas en mis testículos…

Estos recuerdos me dan ganas de irme ya a la cama.

30 de mayo

Los sueños son cada vez más claros…

Elena y yo continuamos investigando. Llevamos el Bondage hasta el límite, utilizando gomas que nos provocaban quemaduras y orgasmos espontáneos. Recuerdo un día en el que me golpeó tan fuerte, que perdí la conciencia por unos minutos y aunque me da vergüenza admitirlo, me desperté con ganas de más.

2 de junio

Con Elena todo valía, no recuerdo un “no” de su boca.

Nos hacíamos perforaciones en la piel con agujas de diferentes diámetros y bañábamos las heridas con sal. Reconozco que a veces me sabía a poco. Estaba sediento de alivio, mi adicción se estaba haciendo con el control de mi voluntad.

10 de junio

Ya sé porqué estoy aquí. Cometí un acto imperdonable.

Yo frecuentaba mercadillos en busca de objetos que me sirvieran para jugar con Elena, y encontré unos electrodos que daban pequeños impulsos eléctricos con un mando para controlar la intensidad, y me lo compré. Un juguetito nuevo.

Hasta ese momento, en casi todos nuestros encuentros yo jugaba en el papel de pasivo, ella era la sádica, la que me sometía, pero a ambos nos apetecía cambiar los roles.

Ese día llovía y ella estaba esplendida. Bajo el abrigo llevaba un mono entero de látex que le marcaba cada curva, cada excitante imperfección, todo en ella me provocaba adicción. Para quitarle la prenda tuve que usar aceite y me llevo un buen rato. Luego la até de brazos y piernas, dejándola inmovilizada.

El pulso me iba a mil por hora, salivaba profusamente y deje que el líquido de mi boca cayera sobre su aceitoso cuerpo. A continuación, perforé pedacitos de su piel con agujas, lentamente, observando la expresión de su cara, la coloración que aparecía alrededor de los pinchazos, y mientras apretaba sus pechos con gomas elásticas, ella me retaba a que fuera a más. Le rodeé el cuello con una media y la apreté ligeramente, mientras apretaba sus pezones hinchados por la presión de las gomas. Y ella imploraba más dolor.

Después de fustigarla, le fui sacando poco a poco las agujas, le desaté las piernas y la penetré ligeramente, para continuar con la acción; la coloqué de lado y le volví a atar las piernas. La situación había llegado al clímax idóneo para sacar mi nuevo juguete. Lo conecté y algo ansioso, le coloque los electrodos en las nalgas y cerca de los genitales y le apreté más la media del cuello; ella confiaba ciegamente en mí y yo en ella, pero yo no debería haber confiado tanto en mí, en un adicto.

 Mi mente estaba desbocada, me notaba los ojos inyectados en sangre, tenía la imperiosa necesidad de hacerle daño, había cruzado la línea. Sin pensarlo, sin avisarla, saltándome los códigos, le apliqué corriente, y ella comenzó a contorsionarse, a gritar de placer y yo me volví loco. Me convertí en un sádico despiadado y aumenté la potencia, quería que gritara más, que sufriera más…y su corazón sucumbió…

Cuando nos encontraron, ella seguía atada, y yo desnudo llorando sobre su fría piel, desvariando, rodeados de sustancias expulsadas  por nuestros cuerpos, supongo que para los sanitarios y el casero habrá sido una imagen difícil de olvidar.

Ahora entiendo a mi terapeuta, no lo hubiera creído si me lo hubieran contado.

Así que estoy dónde merezco estar, atormentado por las imágenes de lo que hice, sintiendo el dolor de las heridas cicatrizadas, en una sala vacía sin nada adictivo con lo que alimentar a mi personalidad.





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domingo, 26 de noviembre de 2017

El tiempo



- ¿Qué es el tiempo?
- Pues…no sé cómo explicarte. Déjame pensar un momento
- ¿Y? Ya te he dado mucho tiempo
- ¿Y qué es para ti “mucho tiempo”?
- Pues cuento hasta sesenta, eso es un minuto ¿no? es una tonelada de tiempo. En un minuto puedes hacer muchas cosas
- ¿Cómo qué?
- ¡Eh! ¿Me haces esa pregunta para tener más tiempo para pensar en la respuesta que ya llevo tres minutos esperando?
- No, claro que no, me interesa saber que tantas cosas puedes hacer en un minuto…quizás tu forma de gestionar el tiempo me sirva
- ¿Qué es gestionar el tiempo?
- Es aprovechar bien el tiempo, utilizarlo como se merece
- Vale…pues en un minuto puedes tener diez ideas o más, te puedes comer una galleta o dos, hacer un caracol con plastilina, cambiarte de ropa, recordar las vacaciones, soñar con algo que quieras hacer…y muchas cosas más. ¡No quiero perder más tiempo! ¿Tienes mi respuesta o no?
- Espera, espera…creo que ya lo tengo…aunque no tengo una definición…así que te pondré algunos ejemplos de lo que es el tiempo
- De acuerdo
- El tiempo se pierde, se gana, se ahorra pero no se puede almacenar, no puedes guardar un poquito para después, así que lo importante es lo que hagas en ese tiempo. Puedes acelerarlo o ralentizarlo pero pasará igualmente para no volver…hay que intentar saborearlo, usarlo con el respeto que se merece y tener cuidado con los ladrones de tiempo…
- ¿Quiénes son los ladrones de tiempo?
- Quienes no, tú mismo te robas el tiempo
- ¿Con qué?
- Lo gastamos inútilmente en enfados, sufriendo por cosas que tienen soluciones sencillas o que simplemente no tienen solución y de nada sirve preocuparse e incluso sin quererlo también se lo hacemos perder a los demás. Le damos nuestro tiempo a objetos inanimados, le damos nuestro tiempo a problemas que no son nuestros, pero lo que más nos hace perder el tiempo es pensar en el futuro…Aunque  también lo puedes regalar ¿sabes? Una milésima de tiempo vale más que el oro o que los diamantes…
- ¿Más que la kriptonita?
- Mucho más, pero eso sí, mide bien a quien se lo regalas, porque tu tiempo no se lo merece cualquiera, siempre hay tiempo para los otros pero hay que buscar la reciprocidad, no es lo mismo compartir un trozo de chocolate que tu tiempo…no lo gastes en vano con quien no se lo merezca…Siempre se puede sacar tiempo para los demás, el que te regale su tiempo te está dando un pedacito de su vida…no lo uses mal
- ¿Pero dónde está el tiempo? ¿No está en los relojes?
- Esta en tu cerebro, en tu corazón, dentro de tu cuerpo, corre por tus venas, está en tus sentidos…Pero a veces el cerebro nos engaña, haciéndonos creer que el tiempo pasa más rápido cuando lo estas pasando bien, cuando lo empleas en pasiones, en placeres y te da la sensación de que las agujas del reloj caminan más rápido, en cambio cuando lo empleas en algo no tan placentero, el cerebro te hace creer que las agujas del reloj se mueven con lentitud, como si pesaran toneladas. El cerebro se ríe de nosotros, confundiéndonos con la noción del tiempo…
- ¿Qué es la noción?
- Es esa sensación de tiempo perdido, de tiempo mal aprovechado o por el contrario de satisfacción por haber empleado bien cada segundo, cada minuto de una hora, de un instante, de una tarde, de un fin de semana, de una buena compañía…Tu vida se irá construyendo a base de recuerdos, dónde habrás invertido tiempo…y a medida que el reloj camina, a medida que camines al son del calendario dejando detrás los días, los meses y los años, convirtiendo el tiempo en pasado, sentirás que el presente pasa más rápido, que el pasado queda lejano y que al futuro lo tienes que mantener a raya, no pierdas mucho tiempo pensando o imaginando tiempo que no ha pasado…
- Si el tiempo vale tanto ¿por qué lo perdemos adrede?
- Esa es una pregunta difícil de contestar, supongo que a veces es necesario perderlo para aprender a valorarlo, sé que es absurdo pero a veces el tiempo viene acompañado de la rutina…
- ¿Y qué es la rutina?
- Es la sensación de que todos los días son iguales, sobre todo cuando ya has tenido muchos cumpleaños. Todos los días hacemos más o menos lo mismo, pero después de las obligaciones, de tus propias imposiciones, está en tus manos aprovechar el tiempo que te queda en el presente, crear recuerdos para el pasado y tener en alta consideración el tiempo que te queda para el futuro, pero tiempo del bueno, el tiempo malo a veces es inevitable…
- ¿Y cuál es el tiempo malo?
- Es el tiempo de los duelos…
- Eso es ¿ponerse triste, verdad?
- Sí, eso mismo, pero sabes que es un tiempo que también sirve para aprender ¿verdad?
- Sí, me acuerdo de esa conversación... ¿Y cómo sabes cuánto tiempo tienes? Para hacerlo todo digo, porque yo tengo muchos planes y necesitaré mucho tiempo
- Siento decirte que para eso no tengo respuesta, nadie sabe cuánto tiempo tiene, por eso vale tanto ¿entiendes?
- Entiendo
- Pero sabes una cosa, si después de muchos cumpleaños, tienes la sensación de que el tiempo ha pasado muy rápido eso significará que lo has pasado bien…¿Quieres saber algo más?
- Por ahora no
- ¿Qué te ha parecido este tiempo de respuestas? ¿Crees que lo hemos invertido bien?
- Ha sido un placer “no” perder el tiempo contigo
- Lo mismo te digo

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domingo, 10 de septiembre de 2017

Arriba y abajo



Pasábamos las tardes enteras sentados en el muro que daba al muelle, que a su vez daba al largo paseo de adoquines de la avenida. Recuerdo nuestras piernas colgando, descalzos (si era verano) y con las canillas llenas de morados y cortes, algunos recientes y otros con la costra en evolución.
Sobre las siete de la tarde, cuando nos cansábamos de mirar nuestros reflejos en el agua sucia que rebotaba contra las piedras del muro, cuando los pescadores recogían y las gaviotas emprendían el camino de  vuelta a casa, llegaba el protagonista de nuestra película favorita, el atardecer. Los fulgurantes colores de los rayos del sol teñían las nubes, teñían el mar y a nuestras miradas; era un momento fascinante, alentador, una  visión que nos hacía suspirar, cada uno por sus anhelos. Naranjas, rosas, rojos y violetas mezclados,  reinventándose en nuevos  tonos, paseándose con la suave brisa, cubriendo casi por completo la inmensidad del cielo. Había días que a escondidas me emocionaba.

Cuando el film estaba a punto de terminar, nos dábamos la vuelta y jugábamos con las sombras que proyectaban nuestros cuerpos en el suelo de la avenida, con los últimos rayos del día. Y para rematar la tarde, entre los cinco juntábamos algunas monedas para comprarnos un gran vaso de granizado (si era verano); en invierno si nos alcanzaba con lo que teníamos en los bolsillos, nos deleitábamos con churros bañados en pedruscos de azúcar glas.

Y aunque ya a esas horas teníamos las nalgas remolidas de las piedras irregulares del muro, nos quedábamos allí hasta la hora de irnos a casa, y como si de un partido se tratara, lo comentábamos todo: la forma de andar de aquella, la ropa de aquel, la calva del otro, el viejo verde de siempre, las chicas guapas y no tan guapas, las broncas de los perros, los besos…y así entre risas y miradas discretas pasábamos el rato. Aunque lo mejor de ese lado del muro era verlas pasar. Todas las tardes se deslizaban por la avenida, de arriba abajo, haciendo piruetas, caballitos, con aquellos colores brillantes, metalizados, con pegatinas alucinantes, faros…no les faltaba detalle. Era algo inalcanzable para los cinco, algo que sacaba de nuestros cuerpos más suspiros que una muchacha de buen ver.

Nuestro único consuelo, era deleitarnos semana  tras semana con el espectáculo de dos ruedas que acontecía cada tarde. Solíamos hablar de adónde iríamos con aquellas máquinas, nos imaginábamos circuitos con rampas, obstáculos, túneles, campeonatos y trofeos…nos veíamos realizando saltos y piruetas, manejándolas como si hubiéramos nacido montados en una.

Era demasiado bueno para perdernos la experiencia de tener una propia, así que después de divagar y sopesar, nos decidimos a conseguir lo que anhelábamos. Evidentemente no podíamos comprarnos una, ni siquiera una de segunda mano, así que aprovechando el taller improvisado de mi hermana y algunos contactos (algunos de dudosa legalidad), decidimos emprender la aventura de construir nuestra propia bicicleta. Una para los cinco.

Dedicamos las mañanas a visitar desguaces, chatarras, talleres de bicis, vecinos y también al “Lolo”, el típico del barrio que de vez en cuando estaba involucrado en pequeños hurtos. La lista de lo que necesitábamos era extensa: llantas, ruedas, manillar, sillín, tubos superior e inferior para el cuadro, tubo del asiento, timbre, faro delantero y trasero, pintura metalizada, pedales, cadenas, frenos y un largo etcétera que nos tenía abrumados.

Al cabo de unos días ya lo teníamos todo e incluso algunas piezas por duplicado, por si nos quedaban ganas de hacer otra. El trabajo estaba repartido, estimamos que si le dedicábamos un par de horas al día, en una semana y media estaríamos disfrutando de ella. Decidimos pintarla de rojo metalizado, abundantes pegatinas de llamas y para rematar habíamos conseguido un timbre con forma de calavera.

Montar el cuadro fue fácil, el manillar nos dio algún problema, pero lo peor, lo que casi nos hace tirar la toalla fueron los frenos y la cadena. Teníamos grasa hasta en las orejas, llagas en las palmas de la manos de tanto monta y desmonta, y aunque fue más difícil de lo que pensábamos llegó el día de darle el toque final, colocar el timbre que tanto nos fascinaba. El primer timbrazo nos sonó a música celestial, aún saliendo de aquel brillante cráneo color plata.

Después de admirarla y pavonearnos entre nosotros del resultado, aunque sinceramente era fea, llena de remaches y abultadas soldaduras, nos parecía la más bonita y reluciente, no la mirábamos solo con los ojos. Para probarla llevamos a cabo un sorteo, el cual decidiría el orden y por primera vez no iba a ser prestada, era la primera vez que  teníamos una en  propiedad, aunque la tuviéramos que compartir entre cinco. Se podría decir que éramos como una sociedad limitada y queríamos ansiosamente disfrutar de nuestro producto.

Me tocó el tercero, y el tiempo que esperé se me hizo eterno. Media hora para cada uno, y si no se desarmaba la compartiríamos para ir al colegio, un día de la semana cada uno. Y llegó mi momento y todavía estaba entera. Me acomodé en el sillín excitado  de la emoción, las manos sudorosas se me resbalaban del manillar,  la boca seca como si me hubiera bebido toda el agua del mar. Media hora para disfrutarla, y me fui a la avenida para que  todos me vieran con mi bicicleta, orgulloso. Y frente al atardecer, pedaleando de vuelta al taller con la piel erizada y una satisfactoria sonrisa iluminando mi sudorosa cara, me di cuenta de que si habíamos conseguido sacar una bicicleta de la nada, podíamos conseguir todo lo que nos propusiéramos.

Disfrutamos de ella durante años, y en el camino nuestros cuerpos sufrieron quemaduras e incluso un brazo roto después de un espectacular caballito. Recibimos cogotazos por atravesarnos delante de algún que otro coche, atropellos, huídas, retrovisores torcidos, los primeros besos compartiendo sillín, suelas gastadas… y nunca, jamás nos peleamos por ella. La compartimos hasta el final de sus días.

Ahora desde aquí, a miles de kilómetros de aquel muro, tanto en la distancia como en el tiempo, sumido en la absoluta ingravidez, observó a través de una minúscula ventana la fragilidad de La Tierra suspendida en la inmensidad. Y atrapado en la alucinante e infinita oscuridad me ha venido a la memoria su recuerdo, porque si estoy aquí en parte es gracias a lo que supuso para nuestra sociedad limitada construir aquella bicicleta.

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lunes, 12 de junio de 2017

Silencio

                               Foto: Alejandro Alberto Gómez

Era la séptima oportunidad que le daba, estaba al canto de un duro de darse por vencido, de darla por pérdida…”¡venga! échame un cable, no dejes que me humille más ¿no ves que estoy totalmente postrado a tus pies, desnudo ante ti? ¿qué más quieres?”...

Pero de aquel cuerpo frágil no salió ni el más mínimo sonido. No se lo podía creer, y la incredulidad lo llevó a  la impotencia y de ahí solo le valió un salto para encontrarse maldiciendo a lo que más quería…”¡¿Sabes qué?!...maldigo tu silencio, maldigo el día en que puse mis ojos sobre tu cuerpo, el instante en que  mis dedos se posaron sobre tu suave piel dónde se quedaron enganchados, maldigo el momento en que decidí compartir mi vida entera contigo, me arrepiento profundamente de haber puesto todas mis esperanzas en tus manos, las que ahora sostienen la veleta de mi futuro ¿No te das cuenta de lo que me estás haciendo, en el lugar en el que estoy ahora, al insomnio al que  me estas empujando?”… Y ella frente a él continuó firme, en total mutismo.

Ante su decisión de mantenerse en silencio, desquiciado se tiró en el sillón empapado en sudor, impregnado por el olor de más de doscientos cigarros, de casa sin ventilar, de platos sin fregar, pero sobre todo sumido en el fétido olor de  su fracaso. Sus tripas llevaban un rato intentando llamar su atención, y aunque le costaba separarse de ella tuvo que escuchar a su cuerpo y dirigirse a la pocilga que era su cocina, no sin antes dirigirse a su razón de vivir…”Espero que cuando vuelva estés dispuesta a dialogar”…

Mientras se preparaba una mísera cena rodeado de insectos y bolsas de basura, se quedo ensimismado mirando los azulejos de la pared, viendo su reflejo desaliñado, vagabundo en su propia casa. El rancio sándwich que engulló en cuatro mordiscos acompañado de dos tragos de café frío, cayó en los pensamientos de su estómago agarrándose a sus tripas, alimentando la rabia e impotencia que sentía porque ella se negaba a ayudarlo. Y aunque lo suyo era una  pasión llena de vida,  de palabras, de mundo,  de historias inciertas y noches y días en vela, él no podía evitar la frustración, no podía recordar lo bueno, la base, lo fundamental, solo la veía a ella terca y callada, pasando de su angustia, hasta llegó a creer que disfrutaba haciéndolo sufrir y la cruel suposición hizo que su enfado aumentara.

Después de visitar el baño y dejar parte de su rabia, regresó al salón dispuesto a reanudar la conversación. Y aunque su intención era hablar con total serenidad, se sentó frente a ella, y sin darse cuenta de su tono amenazador comenzó a enumerarle todo lo que había hecho por ella, todo lo que estaba sacrificando para dedicarle tiempo…”¡mi tiempo¡ ¡¿sabes lo caro que es el tiempo?¡no hay devolución!…¡eres una desagradecida! ¡inútil! ¡no vales ni la mierda que piso! ¡no sirves para nada! ¡no me sirves para nada!”…Y  a pesar de todo y más a su pesar, ella ni se inmuto, provocando que su cólera estallara en forma de tornado. La agarró muy fuerte, la sacudió y la tiró al sillón y cuando estaba a punto de hacer algo que no tenía retorno, un instante de cordura le hizo ver desde fuera su imperdonable actitud. Llorando, casi sin sentido y sumido en una profunda vergüenza, se quedó dormido a su lado.

Dos días estuvo durmiendo agarrado a ella, hasta que la luz del segundo amanecer atravesó los cristales enfocándole la cara. Rápidamente se llevó las manos a sus ojos irritados por la repentina luz, y recordó lo sucedido, sus palabras, sus gritos, su desesperación y avergonzado mantuvo su cara oculta, no se  atrevía a mirarla…¿podrás perdonarme?... De repente, ella comenzó a hablar. A sus oídos comenzaron a llegar metáforas, pretéritos perfectos e imperfectos, adjetivos y adverbios, nombres propios, determinantes e indeterminantes, puntos de exclamación, comas y guiones, gentilicios y palabrotas, versos, sufijos, prefijos,…Había vuelto, había roto su cruel silencio. Lo había perdonado.

Se levantó y sin quitarse las abundantes legañas que poblaban sus hinchados ojos, la cogió, la colocó sobre la mesa y con un lápiz del número dos comenzó a tatuar sobre su cuerpo aquellas palabras, frases, diálogos, tramas y suspenses,…la borró y la reinventó, y después de algunas horas colocado por el entusiasmo dio fin al borrador de la obra que le iba a cambiar la vida.


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Relato: "Silencio" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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jueves, 4 de mayo de 2017

El Bendito



Las hay con forma de tobogán, con mucha carne, rectas, rectas, con forma de gancho, abombadas, respingonas, con petas en el tabique, con forma de escalón, chatas; con pecas, lunares, verrugas, granos o pelos, sean como sean y tengan los complementos que tengan, todas tienen en su interior el sentido químico por excelencia. La  puerta a la memoria, a los recuerdos, a las sensaciones, a la emoción.

Pues hubo una vez un hombre al que llamaban El Bendito, que portaba una nariz exageradamente gruesa y corpulenta, era como si le hubieran hecho una rinoplastia y le hubieran puesto un tomate de ensalada por nariz. Igual de grande era por dentro, con unos hermosos bulbos olfativos, tan grandes eran que tenían la capacidad  de reconocer cualquier olor a metros y metros de distancia  con tan solo concentrarse; cuando estaba en el colegio, sus compañeros le pedían que averiguara lo que les esperaba en casa para comer o que se chivara del culpable del pedo de turno. El apodo se lo había endosado una señora, casi ciega, que así lo bautizó cuando éste sirviéndose de su sensible olfato pudo oler el miedo de su cordero perdido, su única compañía que se había riscado unos metros por el barranco y el pobre animal no podía deshacer el entuerto. La señora tan agradecida fuera adonde fuera contaba la historia.

El Bendito estaba muy orgulloso de su nariz, llevaba su peso con orgullo, la paseaba por ahí, la llevaba a buenos restaurantes, dónde se había convertido en el terror de los chefs y sus ingredientes secretos, era infalible. Le regalaba café y ella solamente con posarse unos segundos sobre el borde humeante de la taza, podía reconocer el sexo de las manos que habían recogido el grano, el olor del tostado, de la montaña, de la rama. Entraban en perfumerías en busca de mezcolanza de olores, las recorrían lentamente asimilando cada una de las moléculas que pululaban invisibles e incluso jugaban a separarlos, a distinguirlos en busca de recuerdos, de sensaciones. Los domingos le regalaba jardines, el olor a la tierra húmeda mezclada con el leve olor del compost, el sinuoso aroma de las gotas de agua pulverizadas sobre las hojas, los pétalos y las corolas, el perfume de las flores, olor a verde, al recuerdo del pequeño jardín de su infancia.

Su mente era como una red eléctrica, dónde se conectaban y desconectaban  recuerdos escondidos en los centros más primitivos de su cerebro. Su potente nariz le traía de vuelta imágenes que pasaban de un borroso absoluto a una nitidez casi palpable, trayendo consigo sentimientos acompañados de emociones del momento e incluso si se trataba de algo inusual o excepcional era capaz de recordar hasta la fecha o la ropa que llevaba puesta.

Y aunque su protuberante nariz le daba muchas satisfacciones, también tenía algunos inconvenientes. Uno de ellos era la incapacidad de ingerir cualquier líquido por un vaso de tubo, el enorme apéndice le impedía seguir bebiendo más allá de la mitad; otro inconveniente era encontrar el ángulo perfecto para ejecutar el acto de besar, algo a veces complicado sobre todo si la receptora de tal muestra de cariño cargaba con una nariz de dimensiones similares a la suya. Pero lo peor eran los olores pegajosos, los que se quedaban anclados en sus bulbos olfatorios, pegados a las paredes de su nariz, transformándose en mucosidad que caían sin remedio por los túneles de su  enorme narigón hasta el exterior.

El Bendito desde muy pequeño presentó síntomas de alergia, y lo que salía por aquella enorme nariz cuando estornudaba solo se puede comparar con un grifo abierto a su máxima potencia, algo que a veces lo ponía en situaciones desagradables. Una vez, en cuarto curso, un niño lo invitó a su cumpleaños y ahí que fue él con lo mejor y más nuevo de su armario, además de un buen regalo. Los síntomas de la alergia llevaban sin aparecer unos días y solo llevaba encima el pañuelo de emergencia; la tarde de festejo se desarrolló de forma normal y después de los juegos y los bailecitos llegó el momento de la tarta. El viento pasó ligeramente por el jardín dónde esperaban el postre, y por su enorme nariz entró un olor nauseabundo, sus neuronas receptoras lo transportaron hasta su cerebro y éste dio la orden de un estornudo inminente. Ya habían empezado a cantarle al homenajeado cuando de la narizota del Bendito salió disparado desde el fondo de sus entrañas el “kraken” de los estornudos. Primero la potencia del aire que salió de sus fosas nasales se transformó en ventisca apagando las velas, seguidos por la vasta cantidad de mocos que cubrió el pastel por completo, como lluvia ácida. Un bochorno absoluto que tardo en olvidarse.

No había remedio para aquella inusual alergia, ni vacunas, ni pastillas, solo esperar con alivio los días buenos. En los días en los que todo le apestaba se colocaba montoncitos de pañuelo impregnados de abundante perfume, a modo de muro de contención en los agujeros de su enorme tocha.
Una mañana de las buenas, en las que apenas corría aire, El Bendito sacó a su nariz a pasear, necesitaban abandonar por unas horas la ciudad. Después de dos puentes y medio río, llegaron al campo de manzanos dónde su nariz respiro un banquete delicioso: las manzanas de color rojo con pinceladas de rosa, que dejaban en el aire un aroma dulce semejante al de la miel. Las flores que acompañaban a los frutos en aquellas copas redondas, también desprendían un exquisito aroma lo que le daba al momento doble placer. Y de postre el jugoso sabor, la textura carnosa y el dulce final. Al lado de los manzanos no había mucosidad, respiraban con claridad totalmente sumidos en la descongestión total, sumidos en la pura felicidad.

Después del éxtasis El Bendito se recostó en la sombra, pensando en la vuelta a casa, al olor nauseabundo, a los estornudos en cadena, resoplando e inhalando, expirando, suspirando embriagado por aquel olor, pensando en la única solución que le habían dado, la cirugía, pero..¿cómo iba a hacerle aquello a su espectacular napia? Debía de buscar otras alternativas. Lo que no sabía era que la solución le iba a venir caída del cielo. La manzana más hermosa, regordeta y jugosa se desprendía violentamente de la rama más alta para caer en la cara del Bendito, propinando el golpe más fuerte justo en el centro de ésta, dejando a su nariz como si hubiera recibido un puñetazo y una patada a la vez. Con las manos en la cara se incorporó acompañado de un intenso dolor, mientras la sangre que le salía a borbotones de sus orificios nasales corría entre sus dedos. Algo mareado se levantó y con la chaqueta controló lo que pudo la hemorragia, se hizo dueño de la situación y se dirigió al hospital más cercano.

El tabique había sufrido una lesión importante lo que le provocó una enorme hinchazón, lo que multiplicó por cuatro el tamaño de su ya enorme apéndice; cuando llegaban algún sitio primero entraba la nariz y luego El Bendito.  La inflamación fue menguando poco a poco y con ella los morados y el dolor, y con la mejoría fue percibiendo algunos olores mezclados todavía con el olor de la sangre seca que le quedaba de la paliza que le había dado la manzana, aunque no era capaz de identificarlos porque su olfato estaba aún confuso. Cuando logró expulsar el último tapón, sus orificios nasales se abrieron esplendorosos para recibir los olores de la vida; inspiró con fuerza y ansioso por sentir la explosión de aromas después de tanto tiempo, solo olía a manzana. El hombre olisqueó todo lo que tenía a su alrededor, incluidos médico y enfermero y todo le olía a manzana; en la calle pensó que sería mejor, más oferta de olores pero hasta la mierda de perro le olía al fruto rojo. Ni le dieron explicación ni le dieron garantías de que volviera a su estado olfativo normal, nunca habían dado con un sentido del olfato tan complejo y caprichoso. El Bendito pasó un largo duelo adaptándose a la pérdida de su don en compañía de su increíble napia, de la que nunca dejó de estar orgulloso.

Y así vivió El Bendito el resto de sus longevos días, oliendo la vida a dulce Manzana Fungi.



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Relato: "El Bendito" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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