jueves, 4 de mayo de 2017

El Bendito



Las hay con forma de tobogán, con mucha carne, rectas, rectas, con forma de gancho, abombadas, respingonas, con petas en el tabique, con forma de escalón, chatas; con pecas, lunares, verrugas, granos o pelos, sean como sean y tengan los complementos que tengan, todas tienen en su interior el sentido químico por excelencia. La  puerta a la memoria, a los recuerdos, a las sensaciones, a la emoción.

Pues hubo una vez un hombre al que llamaban El Bendito, que portaba una nariz exageradamente gruesa y corpulenta, era como si le hubieran hecho una rinoplastia y le hubieran puesto un tomate de ensalada por nariz. Igual de grande era por dentro, con unos hermosos bulbos olfativos, tan grandes eran que tenían la capacidad  de reconocer cualquier olor a metros y metros de distancia  con tan solo concentrarse; cuando estaba en el colegio, sus compañeros le pedían que averiguara lo que les esperaba en casa para comer o que se chivara del culpable del pedo de turno. El apodo se lo había endosado una señora, casi ciega, que así lo bautizó cuando éste sirviéndose de su sensible olfato pudo oler el miedo de su cordero perdido, su única compañía que se había riscado unos metros por el barranco y el pobre animal no podía deshacer el entuerto. La señora tan agradecida fuera adonde fuera contaba la historia.

El Bendito estaba muy orgulloso de su nariz, llevaba su peso con orgullo, la paseaba por ahí, la llevaba a buenos restaurantes, dónde se había convertido en el terror de los chefs y sus ingredientes secretos, era infalible. Le regalaba café y ella solamente con posarse unos segundos sobre el borde humeante de la taza, podía reconocer el sexo de las manos que habían recogido el grano, el olor del tostado, de la montaña, de la rama. Entraban en perfumerías en busca de mezcolanza de olores, las recorrían lentamente asimilando cada una de las moléculas que pululaban invisibles e incluso jugaban a separarlos, a distinguirlos en busca de recuerdos, de sensaciones. Los domingos le regalaba jardines, el olor a la tierra húmeda mezclada con el leve olor del compost, el sinuoso aroma de las gotas de agua pulverizadas sobre las hojas, los pétalos y las corolas, el perfume de las flores, olor a verde, al recuerdo del pequeño jardín de su infancia.

Su mente era como una red eléctrica, dónde se conectaban y desconectaban  recuerdos escondidos en los centros más primitivos de su cerebro. Su potente nariz le traía de vuelta imágenes que pasaban de un borroso absoluto a una nitidez casi palpable, trayendo consigo sentimientos acompañados de emociones del momento e incluso si se trataba de algo inusual o excepcional era capaz de recordar hasta la fecha o la ropa que llevaba puesta.

Y aunque su protuberante nariz le daba muchas satisfacciones, también tenía algunos inconvenientes. Uno de ellos era la incapacidad de ingerir cualquier líquido por un vaso de tubo, el enorme apéndice le impedía seguir bebiendo más allá de la mitad; otro inconveniente era encontrar el ángulo perfecto para ejecutar el acto de besar, algo a veces complicado sobre todo si la receptora de tal muestra de cariño cargaba con una nariz de dimensiones similares a la suya. Pero lo peor eran los olores pegajosos, los que se quedaban anclados en sus bulbos olfatorios, pegados a las paredes de su nariz, transformándose en mucosidad que caían sin remedio por los túneles de su  enorme narigón hasta el exterior.

El Bendito desde muy pequeño presentó síntomas de alergia, y lo que salía por aquella enorme nariz cuando estornudaba solo se puede comparar con un grifo abierto a su máxima potencia, algo que a veces lo ponía en situaciones desagradables. Una vez, en cuarto curso, un niño lo invitó a su cumpleaños y ahí que fue él con lo mejor y más nuevo de su armario, además de un buen regalo. Los síntomas de la alergia llevaban sin aparecer unos días y solo llevaba encima el pañuelo de emergencia; la tarde de festejo se desarrolló de forma normal y después de los juegos y los bailecitos llegó el momento de la tarta. El viento pasó ligeramente por el jardín dónde esperaban el postre, y por su enorme nariz entró un olor nauseabundo, sus neuronas receptoras lo transportaron hasta su cerebro y éste dio la orden de un estornudo inminente. Ya habían empezado a cantarle al homenajeado cuando de la narizota del Bendito salió disparado desde el fondo de sus entrañas el “kraken” de los estornudos. Primero la potencia del aire que salió de sus fosas nasales se transformó en ventisca apagando las velas, seguidos por la vasta cantidad de mocos que cubrió el pastel por completo, como lluvia ácida. Un bochorno absoluto que tardo en olvidarse.

No había remedio para aquella inusual alergia, ni vacunas, ni pastillas, solo esperar con alivio los días buenos. En los días en los que todo le apestaba se colocaba montoncitos de pañuelo impregnados de abundante perfume, a modo de muro de contención en los agujeros de su enorme tocha.
Una mañana de las buenas, en las que apenas corría aire, El Bendito sacó a su nariz a pasear, necesitaban abandonar por unas horas la ciudad. Después de dos puentes y medio río, llegaron al campo de manzanos dónde su nariz respiro un banquete delicioso: las manzanas de color rojo con pinceladas de rosa, que dejaban en el aire un aroma dulce semejante al de la miel. Las flores que acompañaban a los frutos en aquellas copas redondas, también desprendían un exquisito aroma lo que le daba al momento doble placer. Y de postre el jugoso sabor, la textura carnosa y el dulce final. Al lado de los manzanos no había mucosidad, respiraban con claridad totalmente sumidos en la descongestión total, sumidos en la pura felicidad.

Después del éxtasis El Bendito se recostó en la sombra, pensando en la vuelta a casa, al olor nauseabundo, a los estornudos en cadena, resoplando e inhalando, expirando, suspirando embriagado por aquel olor, pensando en la única solución que le habían dado, la cirugía, pero..¿cómo iba a hacerle aquello a su espectacular napia? Debía de buscar otras alternativas. Lo que no sabía era que la solución le iba a venir caída del cielo. La manzana más hermosa, regordeta y jugosa se desprendía violentamente de la rama más alta para caer en la cara del Bendito, propinando el golpe más fuerte justo en el centro de ésta, dejando a su nariz como si hubiera recibido un puñetazo y una patada a la vez. Con las manos en la cara se incorporó acompañado de un intenso dolor, mientras la sangre que le salía a borbotones de sus orificios nasales corría entre sus dedos. Algo mareado se levantó y con la chaqueta controló lo que pudo la hemorragia, se hizo dueño de la situación y se dirigió al hospital más cercano.

El tabique había sufrido una lesión importante lo que le provocó una enorme hinchazón, lo que multiplicó por cuatro el tamaño de su ya enorme apéndice; cuando llegaban algún sitio primero entraba la nariz y luego El Bendito.  La inflamación fue menguando poco a poco y con ella los morados y el dolor, y con la mejoría fue percibiendo algunos olores mezclados todavía con el olor de la sangre seca que le quedaba de la paliza que le había dado la manzana, aunque no era capaz de identificarlos porque su olfato estaba aún confuso. Cuando logró expulsar el último tapón, sus orificios nasales se abrieron esplendorosos para recibir los olores de la vida; inspiró con fuerza y ansioso por sentir la explosión de aromas después de tanto tiempo, solo olía a manzana. El hombre olisqueó todo lo que tenía a su alrededor, incluidos médico y enfermero y todo le olía a manzana; en la calle pensó que sería mejor, más oferta de olores pero hasta la mierda de perro le olía al fruto rojo. Ni le dieron explicación ni le dieron garantías de que volviera a su estado olfativo normal, nunca habían dado con un sentido del olfato tan complejo y caprichoso. El Bendito pasó un largo duelo adaptándose a la pérdida de su don en compañía de su increíble napia, de la que nunca dejó de estar orgulloso.

Y así vivió El Bendito el resto de sus longevos días, oliendo la vida a dulce Manzana Fungi.



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lunes, 20 de marzo de 2017

Cuando no éramos niños



Manuel, formaba parte de una familia numerosa, tenía nada más y nada menos que trece hermanos, y él ocupaba el cuarto lugar. Su vida transcurría entre la escuela, la playa, a veces el cuidado de sus hermanos pequeños y los recados de su madre y las vecinas, además de coleccionar soldaditos de plomo.

Vivían en un barrio de calles empinadas, subir y bajar era como caminar por la hipotenusa de un triángulo rectángulo, poblado de cuevas encaladas convertidas en casitas en la ladera de un barranco, dónde el trueque entre vecinos era el pan de cada día. Si una vecina arrugaba papas y otra asaba sardinas, intercambiaban mitad y mitad; si algún vecino necesitaba agua, Manolo a cambio de un pedazo de mantequilla o a cambio de las gracias, bajaba al pozo y subía cargado con dos baldes por las empinadas calles de tierra. Su dieta habitual se basaba en gofio, pescado salado y potaje, y muy de vez en cuando pan con aceite y azúcar, y si había suerte en lugar de aceite, mantequilla.

Estudiaba con los curas, en la escuela de los ricos, y era tan avispado que casi sin respirar te enumeraba los ríos con sus afluentes e incluso dónde desembocaban; el cura siempre lo retaba, cogía el libro de quinientas setenta y tres páginas dónde se recogían todas las materias, y metía la mano al azar, deslizaba la página, la ojeaba y le preguntaba, y en muy pocas ocasiones falló. Como era un estudiante brillante, el director de la escuela con el resto de los profesores decidieron darle una beca, pero muy a su pesar, con un nudo de rabia en la garganta tuvo que rechazarla.

El día anterior a la oferta de los curas, su madre lo llamó a la cocina. Invitó a su hijo a sentarse en sus rodillas y le dijo con voz dulce a la par desconsolada por lo que le iba a pedir a aquella criatura de tan solo siete años...”cariño tienes que ponerte a trabajar”…Aquel chiquillo abrazo a su madre, se bajó de sus rodillas y se fue a jugar con un coche de alambre. Después de un buen rato, su madre lo miró esperando alguna palabra, alguna reacción de aquel cuerpecito moreno, descalzo sobre el terroso suelo, con un minúsculo pantalón color azul y una gorra de Pepsi desgastada, pero no dijo nada, solo jugaba. Lo que su progenitora no sabía, era que desde aquel instante su hijo había sido capaz de colocarse en otra dimensión, se había colocado al otro lado de la realidad, exactamente dos palmos.

Se volvió conformista, resignado a las circunstancias, a la vida. Pero había algunas cosas que tenía claras: si se enfadaba, se enfadaba de verdad, no le gustaba perder el tiempo enfadándose para solucionarlo después, por lo que casi nunca se enfadaba y cuando lo hacía, lo hacía de verdad. Poco a poco adquirió la capacidad de transformar los dramas en comedias, de quitarle importancia a lo importante, de obviar la enfermedad, su vida se tornó en pura alegría, a veces hasta daba la sensación de que todo le daba igual, aunque estar a su lado era como vivir en un musical. Tenía la gran y envidiable capacidad de manejar los problemas, en cuestión de horas o como mucho un día el problema ya no existía, era el mejor dándole la vuelta a las circunstancias.

Su primer trabajo fue de recoge-pelotas en el club de tenis, dónde tenía que recoger las bolas de sus ex-compañeros ricos, y aunque la mayoría le sacaba una cabeza, él se hacía respetar. Allí había otros ex-compañeros de clase, los que habían dejado de ser niños como él, los que se quedaban desconsolados viendo como sus amigos se iban a la playa después de la jornada escolar, mientras ellos estaban allí sufriendo los rayos implacables del Sol, dejando de  jugar para trabajar, saltándose etapas, olvidando el peso de las propinas en sus bolsillos. El consuelo que le quedaba a Manolito, después de dejar el sueldo en casa, eran las perras chicas que su madre le dejaba para el cine o castañas, o para comprar novelas del oeste.

Siguió trabajando, de botones, de repartidor, de dependiente en una farmacia e incluso de profesor de tenis. Después de algunos años de observación, y gracias a uno de los socios que cuando no tenía contrincante lo solicitaba para ocupar la ausencia, se convirtió en un gran jugador. Ganó torneos de tenis y también de frontón, y durante años combinó sus clases con otros empleos y ocupaciones, y ya por entonces se había convertido en un adolescente guapo y atlético, muy popular entre las féminas.
Su tiempo libre lo repartía entre el fútbol y el boxeo, sin faltar la visita a la playa de arena negra con cayados redondos que había delante de su casa, con un pequeño muelle. Una vez allí trepaba por la grúa que se utilizaba para sacar el pescado de los barcos, y desde lo más alto, bajo la atenta mirada de los bañistas se lanzaba de cabeza, en picado, y así podía estar hasta que se ponía El Sol. Se había hecho un experto en aprovechar bien los días libres, así que todavía le quedaba tiempo para ser un auténtico golfo. Robaba gallinas, se colaba en las fincas a robar tomates, en el cine por el puro placer de sentir el subidón de adrenalina si lo pillaba el acomodador y siempre estaba metido en broncas. Las peleas casi siempre terminaban convirtiéndose en verdaderos combates de boxeo, eso sí, siempre siguiendo las reglas, y solo bastaba una mala mirada para que activara “el modo gallo de pelea”, y más si había una muchacha por medio. De todas estas actividades de una manera u otra, sus progenitores se enteraban, y nada más entrar por la puerta de su casa las tortas volaban.

Su popularidad y chulería lo rodeo de amistades más golfas que él, los que habían sido sus enemigos se habían convertido en su compañía habitual. Pero la golfería de Manolo al fin y al cabo era sana, en cambio la de sus nuevas amistades iba más allá, así que se volvió conciliador, mediando entre aquella horda de  salvajes sedientos de trifulca. Salvó a más de uno de monumentales palizas  e incluso algunos les deben el presente y uno la vida.

Pasó el tiempo, La Transición, pasaron guateques a las seis de la tarde amenizados por la música del picú, viajes, el hombre en La Luna, trabajo y más trabajo, pasaron las tardes en el balneario, en el cine, los paseos en el Alfa Romeo color champán, pasaron muchachas y golfos por su vida, boda, hijos, nietos, y trabajo y trabajo. Y aunque nunca fue niño del todo todavía le queda en sus ojos del color de la miel, ese brillo de picardía infantil, de juventud perpetúa, todavía le quedan ganas de reírse cuando hay que estar en silencio, ganas de jugar, de correr, ganas de seguir viviendo a dos palmos de la realidad.

Para mi padre

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lunes, 30 de enero de 2017

La vida pasa



La situación en casa después de mi enfermedad, cambió. Había días que me sentía totalmente solo, ni una palabra salía de su boca, apenas me miraba, pero decidí darle espacio. Poniéndome en su lugar, la entendía. Durante meses se ocupo de mí, al cien por cien: limpió mis vómitos, me bañó, me leyó por las noches cuando el dolor no me permitía descansar, me animó cuando estuve al filo del abismo, me dio de comer, de beber, me curó y se encargó de administrarme toda la metralla de medicamentos. Fue mi enfermera, cocinera, chica de los recados, masajista, esteticista, mi compañera, mi hombro, mi mitad y siempre, aunque la hubiera mortificado toda la noche con mis temblores y pesadillas, una sonrisa la acompañaba desde que se levantaba hasta que se acostaba. Constantemente pienso que no voy a tener vida para compensarla.

Sabía que me quería, no tenía duda alguna, así que me agarre a la paciencia y dejé que todo aquello respirara, que ella respirara.

Me pasaba los días, las semanas y las estaciones durmiendo, recuperándome  lentamente, y en cuanto a un nosotros todo seguía igual o peor. A veces la escuchaba llorar, metida en el baño, por las noches antes de meterse en la cama conmigo. Me daba la espalda, y cuando le preguntaba, un silencio como respuesta  se apoderaba de todo, aunque siempre colocaba su mano izquierda en mi  lado de la cama, mínimamente rozando mi piel, y ese poco me reconfortaba.

Como me encontraba mejor, volvió a su trabajo, así que el tiempo que pasaba en casa era escaso, y para mí fue devastador. Cuando ella llegaba, la pastilla de por las noches me dejaba inmerso en un sueño más que profundo, y cuando me despertaba ya se había ido. Ni siquiera tocaba la cena que le dejaba todas las noches en el horno, ni un beso de despedida, ni una nota, ni una llamada, estaba evidentemente claro que el nosotros se había muerto.

Para mí era insostenible, y comencé a llenar mi cabeza con la idea de que me estaba engañando y que le daba lástima decírmelo por mi estado de salud. Me sentía fuerte para afrontarlo, me dolía profundamente que fuera capaz de sentir pena por mí, prefería mil veces que confesara a sentir su indiferencia, que crecía y crecía hasta el punto de ausentarse los fines de semana sin ninguna explicación.

Cuando me di cuenta llevábamos meses con esta situación, para ser exactos once meses, y aunque intentaba mantenerme despierto para tener de una vez por todas la conversación pertinente, el sueño me pasaba por encima como una apisonadora. Me encontraba débil, y comencé a dormir más de la cuenta, a comerme más y más la cabeza, todo se derrumbaba en mi mente.

Uno de esos días en los que la mañana me la pasaba durmiendo, un portazo me despertó. Con la cabeza embotada por tantas horas de sueño, me levanté y me pareció que algo faltaba en la habitación. Me quedé un rato en la cama, observando detenidamente todo lo que tenía a mí alrededor, y noté varias ausencias. Faltaba un pequeño cuadro, uno que pinte para ella: Los Girasoles a tinta negra, una piedra que la naturaleza nos entregó partida por la mitad, algo que para nosotros representaba nuestra unión, un florero que le había hecho con una lata de salchichas, un retrato que nos había hecho una amiga bastante talentosa, de cómo serían nuestros hijos, y por el momento nada más. Se estaba deshaciendo de nuestros recuerdos, de mí, poco a poco, para no hacer mucho ruido.
Perdí la noción del tiempo y del espacio, la perdí a ella y yo hacía ya tiempo que estaba perdido.

Una tarde o una mañana, no estoy seguro, vi sobre la mesa algo que me estremeció de pies a cabeza. Rodé la silla, tomé asiento y sujeté con mis manos un cartel dónde leí con mis cansados ojos “SE VENDE”, y debajo el contrato de compra de una parcela, no muy lejos del que ya no consideraba mi hogar. Esto me hizo actuar de una vez por todas. La ropa me la puse con mucha dificultad y los zapatos fueron un suplicio, me abrigué, gafas de sol y salía a la calle por primera vez en mucho tiempo. Nada más poner los pies fuera de la propiedad, los rayos del sol me inundaron de vitaminas y después de un profundo suspiro y sentirme como hacía tiempo, me fui a por mi conversación.

Caminé a paso de tortuga, pero al fin llegué a mi destino. Primero fisgoneé, tampoco tenía la certeza absoluta de que fuera a estar allí. Era una parcela bastante amplia, con una casita  a medio construir, y justo delante un árbol, un cerezo, mi favorito. Ladrillos, piedras, cemento, palas y demás atrezos de la obra, poblaba el resto del terreno, y justo entre todo ese rebumbio estaba su coche. El cincuenta por ciento de agua de mi cuerpo, se reunió en mis axilas, y me sentí enfermo, inestable, como un novato sobre una tabla de surf.

Unos minutos después, escuché su voz, pero solo su voz, dirigiéndose al cerezo, no entendía nada ¡¿se había vuelto loca?! ¡¿era yo el responsable de aquella imagen?!
Me acerqué un poco más, con ganas de abrazarla, de salvarla, y el viento sopló, provocando que de las ramas del árbol saliera un sonido metálico, y me quedé perplejo cuando comprobé que lo ocasionaba. De las ramas colgaban nuestros recuerdos, el florero, las fotos, el cuadro, nuestra piedra a la mitad, nuestras canciones, botellas llenas con la arena de las playas que pisamos….y me acorde de todo.

…”Ven, siéntate…acabo de hablar con el médico, y ya no se puede hacer nada más, y yo en parte me alegro, estoy cansado de los pinchazos, de los sustos, de verte sufrir cada vez que salgo de esa consulta, estoy cansado de vivir en la incertidumbre. Pero esto no significa que me rinda, simplemente ya no hay más que hacer por mí, salvo dejarme morir con dignidad”… Y ella se echó a llorar…”Solo me muero, nada más, sé que aún soy joven, pero tenemos que aceptar, sobre todo por tu bien, que hasta aquí llegó mi tiempo. Quiero liberarme de las pastillas, quiero recuperar mi vida, mi conciencia, antes de morir y sobre todo quiero morir libre, aunque me voy con el desconsuelo de no tener más vida para compensarte”…Y ella, solo me pidió que durmiera en su lado de la cama, para que cuando yo ya no estuviera, pudiera dormirse en la huella de mi cuerpo y así estaría más que compensada, solo con eso.

Y recordé que semanas después le pedí el último favor, cuando ya apenas me quedaban suspiros en la recamara…”No quiero esquelas, ni velatorio, ni coronas de flores, ni siquiera un funeral… Lo que sí quiero es que mi muerte sirva para algo…ya que no puedo donar mis órganos, quiero que plantes un árbol con mis cenizas, aquí te dejo las instrucciones, esta todo atado y liquidado…y será un cerezo… aportaré oxigeno, sombra y cobijo, y cuelga de las  ramas todos nuestros recuerdos, no dejes esos apegos materiales cerca de ti, yo te los guardaré  y los podrás visitar siempre que quieras, será como si no me hubiera ido…del todo ¿Lo harás?”…


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miércoles, 7 de diciembre de 2016

El barrio



El callejón no tenía edificios ni casas bonitas, todo lo contrario. Casi todas las viviendas estaban a medio terminar, algunas sin pintar, mostrando el ladrillo desnudo con chorretes de  cemento seco, y las que habían tenido la suerte de ser encaladas y pintadas, eran de colores variopintos; las cancelas herrumbrosas, los jardines poblados de vegetación, zaguanes inmensos, frescos en verano, las puertas abiertas o calzadas con una cuña de madera. Todo el mundo se conoce, todos se han visto crecer, han compartido funerales, bautizos, bodas, peleas, heridas y moratones, la ropa y el calzado, el pupitre del colegio…

En el lado impar de  la calle hay cinco casitas terreras, y aunque desde fuera parece que son de dos plantas, esconden un tercer piso camuflado para no tener que pedir los permisos de obra, construidos por los propios propietarios, algunos de ellos con muy poca idea de albañilería. Eran casas destartaladas, pero inmensas, con recovecos, con lugares donde reina el polvo, donde gozan las arañas, con azoteas para tender, para refrescarse en verano con la manguera, para cotillear. Los niños se alongan sobre los bajos muros o se suben a las estrechas cornisas, bajo la aterrada mirada de los viejos, y es raro el día que no se oiga en la calle…¡Muchacho te vas a matar, deja que se lo diga a  tu abuela!...A tu abuela…

En la casa verde-limón, vivía la familia Morales-Hernández. Eran seis: el abuelo materno, la madre, el padre, dos hijos y una hija, además de un hurón bastante cabrón. El abuelo sabía mucho de motores, había trabajado cuarenta y cinco años en la Citroën, y siempre estaba reparando algún chisme. Era un hombre  exageradamente hedonista, si un gas le apretaba las tripas lo expulsaba sin miramientos, atufando a cualquiera en cualquier lugar, escupía por todas partes emitiendo un sonido gutural indescriptible  y daba consejos inútiles, bastante bruto en sus dotes comunicativas, básicamente hacía y decía lo que le daba la gana sin pensar en las consecuencias.  De su boca salían barbaridades, como la vez que les dijo a sus  nietos, agarrándolos por los hombros, a saber por qué oculta razón… “mis niños las putas con la regla son más baratas”… Frases como esas y peores se le ocurrían de vez en cuando, lo bueno es que los niños desechaban al olvido la mayoría de las cosas que escupían los labios arrugados de aquel viejo bizarro, al igual que el resto de los vecinos. En el callejón se tenía a la familia como ricos o casi, por que habían salido una vez de la isla nada más y nada menos que en avión, además de ser los que mejor vestían, lo que se traducía en que simplemente tenían habilidad para combinar  colores.

En la  casa de al lado, la más bonita, azul con azulejos lleno de florituras, vivían dos hermanas solteras con Sorba, un Gran Danés. De pelaje negro y brillante, corpulento y muy de babarse. A dos patas era tan grande como ellas y sus ladridos tan graves que rebotaban de una punta a otra del callejón. Cuando tocaban el timbre, todos los vecinos se enteraban de que tenían visita porque el animal se desgañitaba anunciando la llegada del amigo de turno. Las chicas estaban muy solicitadas, era raro el fin de semana que no aparecieran en su puerta hombres de todos los tamaños  y colores, y aunque las viejas y las no tan viejas hablaban de ellas, muchas en el fondo pensaban “si yo hubiera sabido antes lo que sé ahora, hubiera hecho lo mismo”. La mayoría se habían casado jóvenes, madres jóvenes, abuelas jóvenes, y las dos muchachas provocaban en ellas una secreta envidia. Para disimular y parecer decentes se veían en la obligación de arrancarles la piel a tiras, dedicando a las vecinitas unos minutos de cuchicheos.

La casa contigua y la más conflictiva, era de un color que no se puede describir, desteñida por el paso del tiempo y el poco mantenimiento. Allí vivía la vieja Claudia con su numerosa familia, era la más anciana de los vecinos y la mujer ya mostraba síntomas de demencia. La octogenaria era ruda, poco afectiva y de muy pocas palabras, para hablar ya tenía el bastón. La sentaban en el patio, al solecito, mientras el resto de habitantes de la casa realizaban sus quehaceres. Le ponían la radio y allí se quedaba ella tan contenta, pero esa contentura se le iba cuando alguien entraba por la puerta. Fuera conocido o no, tenía la capacidad de defecar en su mano en el mismo instante, y con la puntería de un arquero olímpico les  lanzaba directamente a la cara el fétido y caliente proyectil, y mientras la víctima se quitaba la mierda de encima, la vieja remataba el ataque con un bastonazo en la parte trasera de los muslos, dejando al sujeto sumido en un humillante k.o. En aquella casa vivían cuatro generaciones: un camello drogadicto, una madre adolescente, una ludópata y dos alcohólicos, el resto se salvaba con sus más y sus menos, y Claudia a la cabeza del show que era aquella casa.

Justo al lado de la casa conflictiva había un solar, dónde iban los niños a jugar, pero no estaban solos. Los gatos lo utilizaban como picadero y retrete, y dejaban a su paso plagas y plagas de pulgas, que a su vez los niños se llevaban a casa. La calle nunca olvidará la plaga del 86, de hecho es un tema muy sensible para los vecinos.

La causa de esta infestación de mininos, fue por culpa de un vecino, Melchor. Vivía en la casa de al lado, la canela, con su mujer Benedicta y su hija. El hombre era muy aficionado a comer pescado, lo que provocaba que el umbral de su vivienda siempre oliera a fritanga. Sabías que iba a freír pescado cuando veías la puerta y las ventanas abiertas, preparado para la humacera que se montaba en la cocina. Un día se le ocurrió invitar a los gatos a los restos de pescado, y otro día y otro día. Al principio le hacía gracia, pero cuando empezaron a quedarse por manadas, dejó de administrarle las  raspas para que se fueran, pero no lo consiguió. Aquella parte de la calle gedía a orín de gato, la fachada de la casa apestaba a amoniaco y todos los vecinos aunque no se lo decían, porque ya el hombre tenía bastante, lo miraban y siempre con los ojos achicados pensaban “Culpable”. Pero lo bueno de Melchor y su familia, era que sabían disculparse. Dos noches al mes abrían las puertas de su casa para invitar a los vecinos a una divertida noche de bingo. Bajo los alaridos de los gatos en celo, se juntaban varios en el alargado jardín y se jugaban cartones y cartones, brindando con vinitos del país, y para acompañar a los vasitos montañas de gueldes.

Justo al lado, estaba la tienda de Doña Lala, que a su vez era su casa. La fachada de tonos grises y blancos, cuidadita, con un modesto jardín, con hamacas incluidas, daba con la esquina de la calle, donde empezaba el cruce hacia la avenida, otro mundo. Era una tienda pequeña, con olor a golosinas. Antes de ir al colegio, todos pasaban por allí a llevarse algo dulce para la larga y tediosa jornada escolar. La señora vivía con su marido manco y una hija solterona de cincuenta y ocho años, que padecía de un caso leve de esquizofrenia. La chica era tranquila, pero a veces le  daban subidones de adrenalina y se escapaba; aunque  lo que hacía la mayoría de las veces en ese  tiempo de libertad era desnudarse y pasear por el parque, pero cuando estaba  maniaca le lanzaba piedras a los barrenderos, porque el color fluorescente de sus uniformes la ponían nerviosa. Ya la conocían, y cuando se cansaba la acompañaban a la tienda, avergonzada y a medio vestir. Su padre siempre preguntaba… ¡¿le abrió la cabeza a alguno?!.... Por suerte la mujer no tenía ni pizca de puntería.

Aquella calle era como una gran familia, la propia y la ajena, y no importa el paso del tiempo, y no importa a dónde hayas llegado, porque  siempre quedaran inherentes los vecinos, la calle, el barrio, las casitas, el código postal, la comunidad, la tiendita… porque todo en su conjunto conforma la primera escuela de la vida.



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sábado, 5 de noviembre de 2016

Dos metros y diez centímetros



Pesó la friolera de quince kilos y trescientos gramos al nacer, y aunque llegó a este mundo por cesárea, su pobre madre agotada, durmió dos días seguidos. Hasta la fecha sigue en el libro de los records, y la verdad es que siempre fue una persona muy peculiar.

Llevaba dos  tallas más de la que le correspondía a su edad, y con ocho años ya calzaba un cuarenta. Tenía una fuerza sobrehumana, y le encantaba por alguna extraña razón, cargar cosas; si había una mudanza en el barrio, allí estaba él. Le gustaba cargar cualquier cosa, cuánto más peso mejor, tanto que incluso sus progenitores pensaron en apuntarlo en el noble deporte de la halterofilia, pero no demostró mucho interés, porque lo divertido para él, lo que realmente lo motivaba era el hecho de demostrarse a sí mismo que podía con todo el peso del mundo.

Su enorme porte lo llevó pasada la adolescencia, a tener que llevar casi toda su ropa a medida y por supuesto el calzado; su cama también era a medida, cuando te  recostabas sobre el enorme colchón, nada barato por cierto, te daba la sensación de que te ibas a quedar vagando entre sus sabanas hasta el final de tus días.  No llevó la vida que todos esperaban: ni pesas, ni un fue gran jugador de baloncesto, ni un salvaje de la lucha libre, ni se casó con una mujer tan grande y tan alta como él, ni tuvo descendencia ni más alta y ni más grande, y no entrarían en el libro de los records como la familia más alta del mundo. El camino que eligió, estaba totalmente alejado de las expectativas que habían caído sobre él desde muy pequeño. Aspiraba a lo más alto desde sus ya dos metros y diez centímetros de altura.

Todo lo aprendió rápido, con nueve meses caminaba, habló con fluidez al año y medio y aprendió a leer, o más bien a engullir montañas de libros a los tres años. Era sorprendentemente increíble ver como aquella enorme personita, que todavía usaba chupa y pañal, porque en eso fue tardío, leyéndote en voz alta y clara el comienzo de El Principito. Su familia estaba encantada de tener un niño como él, y solo a él, porque el cuerpo de su madre quedo tan deteriorado después de llevar dentro a tal inmenso bebé, que no pudo darle un hermano, así que todo era para y por él.
Por su enorme mesilla de noche, que más bien parecía un escritorio, pasó Benedetti, Borges, Don DeLillo, García Márquez, Galdós, Poe, Naboko….Enciclopedias, poesías, ensayos, biografías y autobiografías, diarios, aforismos, novelas, cuentos, revistas científicas, de jardinería, mecánica…todo lo que caía en sus manos pasaba por sus ojos, y nunca era suficiente.

A parte de leer y cargar cosas, acudía obligadísimo a la escuela. No es que fuera tímido o tuviera problemas para relacionarse, simplemente era bastante selectivo con sus amistades, aunque para su desgracia, su físico lo había convertido en alguien bastante popular y siempre lo rodeaban los moscones, con vidas vacías, con conversaciones que le parecían de mierda, para luego contar por ahí  lo increíble que era tener un amigo de dos metros y diez centímetros, con él que solo habían intercambiado dos frases en meses, y eso lo aburría. Así que siempre buscó la compañía y la amistad de personas que casi le doblaban la edad y más, lo que le privó de jugar, aunque nunca fue un niño muy lúdico. Era como si su físico se hubiera comido al niño y a la picardía; a veces serio, malhumorado y otras fingidamente simpático, pero cuando sacaba su inteligente humor a pasear, solía ser escalofriantemente negro.

Continuó con sus estudios y sus lecturas e incluso sufrió un episodio leve de hipergrafía, escribía notas, pensamientos, correcciones, críticas o simplemente palabras en los márgenes de sus sagrados libros, pero su excesivo autocontrol rápidamente le sacó esa necesidad compulsiva de escribir. El único vicio que se permitía de vez en cuando, eran  los textos con alto contenido erótico, algunos incluso rozando la perversión, masturbaba a su cerebro y luego a su pene, y después de la erupción de energía se deshacía en una corta siesta, pero solo dos veces por semana.

Sus conocimientos eran infinitos, había terminado con todo lo que académicamente era posible, y ya era hora de enfrentarse al mundo, un mundo que desde su altura se veía diferente. Además de mirar a los demás por encima del hombro literalmente, también lo hacía para sus adentros, todo el mundo le aburría, nadie era suficientemente intelectual como para medirse con él, su ego era tan grande como su cuerpo, se sentía como un dios, porque eso es lo que le habían hecho creer.

En todas las empresas, entidades, universidades, corporaciones y más, lo querían, lo desean, y las ofertas le llovían, y su ego las rechazaba, hasta que llegó a la séptima entrevista. El entrevistador buscaba un sustituto para su persona, se jubilaba, y quería elegirlo él mismo. Disimulando la sorpresa ante la altura y grandeza de aquel ser humano, lo hizo pasar. Primero habló el entrevistado a petición del entrevistador, y desde aquella silla minúscula que comprimía su cuerpo, comenzó a escupir todo el contenido de su cerebro con una soberbia desmesurada, fue tal el subidón que le dio a su ego, que cuando el entrevistador le preguntaba ni siquiera lo escuchaba, no podía  dejar de enumerar una por una todas las sabidurías que había recolectado a lo largo de su vida.

Cuando terminó con su discurso egocéntrico, el entrevistador lo miró humildemente a los ojos y le devolvió unas palabras…”toda mi niñez y mi juventud la pase entre libros, ideas, frustraciones y un obsesivo autocontrol. El resto de mi vida hasta ahora, con sesenta y cuatro años a mi espalda, miro hacia atrás y lo único que he hecho es vivir para trabajar, para amasar conocimiento, para alimentar a mi ego, renunciando a los apegos, al humor, a la equivocación, al descanso, midiéndome con las personas, competiendo constantemente con el mundo y todo para demostrarme a mismo que podía hacerlo, que podía con todos, y la vida ha volado, y ahora estoy aquí, delante de usted, pensando en que mierda voy a hacer cuando me jubile…le voy a decir una cosa, algo que leí hace tiempo y me sirvió de mucho…¿supongo que conoce a Jung? El entrevistado asintió con la cabeza…”Conozca todas las teorías. Domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana, sea apenas otra alma humana”…Si quiere el puesto, reflexione y vuelva mañana. Continuaremos con la entrevista”.

Era la primera vez en su vida, que alguien conseguía taparle la boca. Reflexionó concienzudamente durante toda la tarde, le dio vueltas y vueltas a su vida, la sacudió de un lado a otro, la desangró y recordó un sentimiento. La culpa, que oculta en las esquinas de su casa lo acechó cada segundo por haber dejado a su madre incapaz de darle un hermano, algo que deseaba enormemente, y ésta que era consciente de su presencia, lo intentaba compensar endiosando a aquella personita, inocente pero culpable, dándole todo y más, procurando que se sintiera especial e inigualable en cada cosa que hacía o decía; y llegó a la conclusión de que de ahí le venía esa afición por cargar cosas, estaba acostumbrado a cargar con la culpa.

Lo que tenía que hacer era quitarse de encima aquel autocontrol, aquellas mentiras y convicciones que lo habían convertido en un ser borroso. Una noche de síndrome de abstinencia, de sudores, vómitos, temblores, visiones y cansancio, hasta que exhausto se quedó dormido en la más absoluta humildad.

A la mañana siguiente, agotado pero distinto, entró en el despacho agachando la cabeza para no darse con el marco de la puerta, se acomodó como pudo en la diminuta silla, y antes de que el entrevistador continuará dónde lo habían dejado el día anterior, aquel hombre de dos metros y diez centímetros le dio las gracias por darle a su vida una segunda oportunidad.




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Relato: "Dos metros y diez centímetros" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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martes, 27 de septiembre de 2016

Bajo el cielo



- No sé si podré aguantar un día más…tengo los pies congelados, apenas me queda zapato…la suela atada con ligas a los tobillos…quién me lo iba a decir
- Ayer dijiste lo mismo… resiste, mira hacia arriba, mira cuanta libertad hay en el cielo,  contempla, sueña despierta, aunque te duela el cuerpo, resiste
- ¿Cómo puedes ser tan optimista?
- Las ganas de salir de aquí, la esperanza de que lo conseguiré… lo conseguiremos, estoy segura
- Nunca imaginé que esto me pudiera pasar, que nos pudiera pasar… ahora no tengo ni melena, ni zapatos, ni dignidad, ni…
- Si has permitido que te quiten la dignidad, ellos ganan y tú pierdes. Si piensas así date por  vencida ya, no sigas sufriendo…¡ tírate ahí, ponte a tiro!…si no te queda dignidad, tírate

Se hizo un silencio, seguido de un golpe seco. Una mujer embarazada cayó al suelo, y allí mismo sobre el barro, bajo el frío invernal, bajo el manto de la Vía Láctea se puso de parto. Sus gritos eran desgarradores, estaba débil, frágil, lloraba y entre contracción y contracción, se la oía decir me lo van a quitar. Y lloraba y gritaba, y con un esfuerzo sobrehumano empujó hasta que la cabeza del bebé asomó. A las mujeres no se les permitía acercarse, tenían que estar allí quietas, impotentes, no podían prestarle ayuda. Al cabo de unos minutos apareció la médico, con unos guantes hasta los codos, un trapo sucio y un cuchillo. La ayudó a parir sobre la mezcolanza de sangre y barro, cortó el cordón y sin necesidad de ningún estímulo la criatura de bajo peso, soltó un alarido espeluznante. Envolvió al niño en el trapo sucio, se lo enseñó a la madre casi muerta, despidiéndose de su pálida y hambrienta cara con una sínica sonrisa, y se lo llevo bajo la atenta mirada de unas cincuenta mujeres.

- ¿Crees que sobrevivirá?
- Lo dudo. Mañana la echarán al montón

A toque de silbato, rompieron filas y todas tuvieron que pasar al lado del cuerpo de la recién parida y algunas incluso por encima, porque no podían romper la fila. Se metieron en los barracones bajo un silencio atormentador, que solo se rompería con la sirena de las cinco de la mañana.

- Hoy hace más frío
- Si, es insoportable, pero… mira como se tiñe el cielo, con que arte el día empuja a la noche, alza la mirada y piensa que estas en otro lugar
- Me preocupan más mis zapatos, que están desapareciendo
- Tus zapatos ya están sentenciados, en unos días ya no existirán, pero lo que te ofrece el cielo es  para siempre, un regalo diferente cada día, la libertad. Eso no te lo pueden quitar. Contempla, llena  los pulmones y suelta el aire en un suspiro, suelta el frío, a tus zapatos, al desaliento…
- Hoy me es imposible. Tuve un sueño espectacular: pastelitos, mermeladas, filetes…cuando me    desperté y recordé dónde estaba, recordé mi hambre, y sentí como la última gota de esperanza que  corría por mis venas, se iba por entre los barrotes de la ventana
- Solo es un mal día
- ¡Mira¡ se llevan a dos
- Y no volverán, están débiles para trabajar, ya no son útiles

Después de pasar lista, a toque de silbato, se fueron todas a trabajar, a cortar y a coser, un mísero descanso para el mísero almuerzo, y vuelta al trabajo, doce horas de costura y a formar en el patio, lloviese, nevase o tronase, y así todos los días. Era una manera de hacer purga, de esperar que las más débiles se derrumbaran sobre el fango, para desecharlas.

- Definitivamente me quedé sin zapatos, voy a morir congelada o de gangrena
- Luego los arreglamos, tomé prestadas algunas cosas del taller. No te vas a morir aquí
- Tú si vas a morir haciendo esas cosas
- Si estás conmigo y yo contigo, no pasará nada. Saldremos por nuestro propio pie
- Me gustan esas dos palabras
- ¿Cuáles?
- Contigo, conmigo…
- ¡Mira! Está empezando a nevar…me encanta la nieve, su frío me trae recuerdos, y todos        buenos… porque aquí hasta los recuerdos malos se han transformado en buenos
- Intentó entenderte pero no puedo consolarme como tú, por un lado me da envidia que puedas  separarte de esta mierda de realidad
- Esta no es la realidad, simplemente es una situación, que terminará tarde o temprano, no es para  siempre
- Eso no lo sabes, no está en nuestras manos
- Pero tener esperanza sí

En silencio marcharon todas en fila hasta los barracones, pero fue una noche diferente. No habían pasado dos horas de sueño, cuando se comenzó a escuchar movimiento; camiones, coches, ladridos, gritos, ordenes, olía a fuego, a papel quemado. Los guardias corrían como locos de un lado a otro, apilando papeles, carpetas, fotos, echándolos a una hoguera improvisada en el centro del patio. Se escucharon algunos tiros, más ladridos, los camiones entraban y salían, estos últimos cargados con mujeres, se les podía ver en la cara que sabían que se dirigían al matadero.

- Vamos a escondernos ¡rápido! debajo de la litera…coge tus zapatos

Desde el suelo fueron testigos del desalojo a culatazos de las mujeres de su barracón, la mitad no podía ni mantenerse en pie. Después de algunos camiones más y una sirena, se hizo un silencio absoluto. Estuvieron algunas horas sobre el gélido suelo, sin hablar, respirando bajo mínimos, apenas sentían sus piernas. Había llegado la hora de salir.

- Espera, voy a asomarme…espera pase lo que pase

La puerta estaba abierta, olía como si un macro incendio estuviera devorando las instalaciones. Salió lentamente, bajó el escalón e investigó un poco. Todo estaba desierto y más feo de lo habitual. Sigilosamente, pegada a la pared cual perenquén, se acercó a la torre de vigilancia, no había nadie, definitivamente el día que había dejado en manos del cielo, había llegado, eran libres. Cuando se dispuso a  regresar al barracón, notó en su sien derecha mucha presión seguido de un click. Pero su mente se nubló, ni siquiera le dio tiempo a la portadora del arma a reaccionar, sacó las fuerzas que tenía guardadas, le arrebató la pistola y mirándola a los ojos, la golpeó una y otra vez en la cabeza, hasta que cayó al fango. Aunque la mujer ya no respiraba y le asomaba masa encefálica, continuó golpeándola hasta dejarle el arma incrustada en lo que le quedaba de cráneo. Se apoyo en la pared, con el apestoso olor de la sangre y contempló lo que había hecho, pensó que sin duda era lo peor que le había pasado en los cinco meses y once días que llevaba allí, haber acabado con la vida de  un ser humano, dejaba a todo lo demás en pequeñeces. Para calmarse, y no sucumbir a la histeria, se convenció de que había obrado en voz de la libertad y la dignidad.

Se limpió los pensamientos, arregló su consciencia, se quitó de las manos toda la sangre que pudo y se dirigió al barracón, no sin antes asegurarse, como una perra rabiosa, de que ya no quedaba ninguna amenaza.

 Ya en la puerta del barracón pudo respirar tranquila y encontrar consuelo.

- Mamá, ya puedes salir… ¡ somos libres !

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jueves, 8 de septiembre de 2016

El mejor de los agostos



Esperaba agosto con tanta ansiedad, con tantas expectativas, que el mes de julio se hizo eterno, aunque cayendo en la contradicción, volvería a esperar.

Por fin llegó  agosto, que comenzó con una llave, un avión  y  una contractura que durante cinco largos días se quedo conmigo. Mi cintura iba por un lado y el resto de mi cuerpo iba por otro, enredado en una ciudad dónde no importa lo que midas o lo que peses, lo que conozcas o desconozcas, porque te engulle y te fascina, en lo bueno y en lo no tan bueno. Una ciudad dónde de repente te sientes como una minúscula partícula, como si se hubieran mezclado todos los granos de arena, de todas las playas del planeta. Y dentro de esa mezcolanza me encontraba  yo, acompañada únicamente por la emoción y la inquietud, además del miedo incesante a perderme.

Después de idas y venidas, calle arriba, calle abajo, el viaje más inesperado de mi vida llego a su fin, y todo me salió ovalado, que es más que redondo, y aunque me bajará del avión y deshiciera la maleta, el mes de agosto me invitó a seguir en el aire, porque la experiencia en la engullidora ciudad era solo el principio. La casualidad, el destino, la buena suerte, el karma, sino, las cosas de la vida,… llámenlo como quieran, me  estaban esperando, escondidos entre los días del octavo mes del almanaque, y todo comenzó por una llave.

Y sin darme tiempo a sacudirme la emoción del viaje, agosto me regalo su presencia.
Agosto me trajo aliento y saliva.  Me trajo el mar,  arena  en los bolsillos,  bolsillos dónde guardo cada granito, de cada playa; dónde guardo el calor de todos y cada uno de los achicharrantes rayos del sol, tres piedras y el salitre de la piel, como lo guardan las rocas en sus caprichosas formas, traídas por las olas que al chocarse contra ellas se despedazan en miles de lágrimas de sal.

Agosto me acercó las constelaciones, me trajo carreteras, palabras llenas, alimento indispensable en mi dieta, acordes, letras y más letras, el viento y el silencio; me trajo el mañana que no existe, el sueño en compañía, un rayito a mi vida en el mejor de los momentos y  la inolvidable sorpresa de cruzarnos en el camino. Agosto me trajo conversaciones en el balcón, besos con mesura, abrazos de más de treinta segundos, minutos, horas y días, me trajo tiempo y el saber que basta poco para tener mucho.

Y todo lo que me trajo agosto, lo guardo como las rocas guardan lágrimas de sal.

Para Hero


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Relato: " El mejor de los Agostos" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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