domingo, 30 de agosto de 2015

Deseo


Estuve con ella toda mi vida, en su cuerpo, en su boca, en sus deseos más oscuros. Al principio me conformaba con dejar volar mi imaginación de rato en rato, pero mis pensamientos querían vivir en ella, hacerse realidad sobre su cuerpo, dominar su mente que tantos placeres me causaba.  Mis secretas cavilaciones me mortificaban como un cuentagotas, repiqueteando en el sumidero que era mi cerebro, torturándome día y noche.

A pesar de mis apetitos, ella era un deseo prohibido, y yo me resigne. Aún teniendo mis deseos a raya, y convertirme en el satélite de su vida, mi conformismo no  estaba de acuerdo. Iba totalmente en contra de mi esencia, de mi naturaleza, de los vestigios adolescentes  y de esa sensación de libertad infantil que te empuja a ir a por todas, sin importarte las consecuencias. Pero ahí estaba la consciencia señalándome con el dedo, acusándome de inmoral.

Me hice un experto, cosa que me ayudo en otros aspectos de mi vida,  a  disimular la dulce ansiedad que me causaba solo verla  llegar. Y seguí siendo un conformista de mentira, fiel a mi consciencia y con la eterna duda, pero feliz, porque tenía la absoluta certeza de que ella era el segundero que le  faltaba al destartalado reloj que era mi vida. Era difícil y agotador mantener a mis impulsos encerrados en un cuarto oscuro, castigados de por vida.

En la intimidad de mis pensamientos, comenzó a crecer un dilema. Solo una vez, si solo pudiera tenerla una vez, posiblemente se desvanecería el deseo, quizás así podría controlar mis instintos por diez años más, pero ¿cómo acceder a ella? Me imaginaba vomitándole la proposición, abalanzándome sobre su cuerpo, haciendo desaparecer su ropa con la  velocidad de un tornado, saciando mi curiosidad, que en parte era la  culpable de todo. Me moría por conocer el  tacto de su piel, sus besos y descubrir el cuerpo que me había imaginado tantas veces en mi soledad.

No me sentía desdichado, porque tenerla la tenía,  aunque no como yo quería. Ella era la forma más bonita que me dio la vida, para saber que no todo lo podía tener. Pero no le hice caso a la vida, porque a veces y solo a veces no siempre tiene la  razón.

Cuando estaba con ella mi fachada era la de un edificio nuevo, firme en sus cimientos, con balcones grandes llenos de vegetación, los cristales limpios de las ventanas reflectando los rayos del sol, mientras por dentro estaba destartalado, el ascensor no funcionaba, la barandilla de las escaleras a punto de caerse y las paredes pidiendo  a gritos una mano de pintura; y poco a poco la humedad corroe la estructura, y como el inmueble estoy a punto de desmoronarme en el interior.

De alguna manera tenía que quitarme un poco de peso de los hombros, ya empezaba a caminar de forma extraña, así que fui dejándole miguitas de pan. Le llené un río de nubes, desde el fondo hasta la superficie, de orilla a orilla, y en toda su longitud; le planté un campo de girasoles para que lo viera desde su ventana; le llené paredes enteras de palabras y le hice un cielo en la tierra con estrellas de mar, sin decir para quién eran. Fue un desahogo, pero seguí siendo su satélite, siguió siendo mi deseo, y de nuevo volví a sentir el peso.

Mis pensamientos eran cada vez más lascivos, y muy insistentes, demasiada presión. Así que por mi salud, por mi bienestar emocional y físico, lo iba a hacer. Saqué el valor de un huequecito dónde estaba escondido y le impuse trabajo duro, aumento de la masa muscular, fortalecimiento de piernas y brazos, y si lo comparo con una escalera de treinta peldaños, conseguí colocar a mi valor en lo más alto.

Pletórico fui en su busca, con mi objetivo claro, sin dudas, sin tener en cuenta las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer.

Cuando la tuve delante, sin mediar ni el más mínimo sonido, salté los treinta peldaños, y todo fue infinitamente mejor de lo que mi imaginación me había dicho que sería. Sus pechos se convirtieron en el antojo de mis manos, y mi boca se pego a la suya con la intención de no separase jamás. El  tiempo y el espacio se convirtieron en su cuerpo, dónde derrame todos y cada uno de mis pensamientos. Tenía tanto deseo acumulado en mis pupilas, que provocaron el big-bang en mis ojos, dejándome ciego unos minutos. Tarde horas y días para saciar al gran estómago que era mi cuerpo, porque solo me apetecía ella.

Y cuando llegó el momento de bajar los pies de la cama y tocar el suelo frío de  la realidad, fotografié su cuerpo en blanco y negro, sus medidas, sus curvas y la guarde en un sitio privilegiado de mi memoria, para volver a convertirse en un deseo prohibido.

Durante mucho tiempo para calmar mi sed, me recreaba imaginando su torso  desnudo, sus ojos mirándome sin pestañear  mientras colocaba sus piernas alrededor de mi cintura, para concederme uno de mis deseos. Y fue un error sacarlos a pasear de vez en cuando, porque dentro de mí fueron creciendo deseos aún más fuertes, pensamientos  que hablaban más alto, y peso mucho peso. Aquello había sido simplemente la primera dosis de  una vacuna triple.

Quería mi segunda dosis, me sentía con derecho, como si me lo hubiera prescrito el médico, y sin ningún tipo de pudor volví a  saltar los treinta peldaños, y aún hoy sigo sin tener las palabras para explicar lo que ocurrió durante aquellos días de cura preventiva.

Esta  cosa nuestra perdura en el tiempo, a pesar de las personas que vinieron y se fueron de nuestras vidas, y de aquellas que se quedaron.

Las ganas siguen apareciendo en mis pupilas solo con verla llegar, porque no hay deseo que perdure más que el prohibido.

Licencia Creative Commons
Relato: " Deseo " por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://relatosdelacolmena.blogspot.com/.

lunes, 6 de julio de 2015

El Chaque



Llevaba toda la mañana en casa exprimiéndome el cerebro, buscando las posibles soluciones a la torre de problemas que amenazaba con desplomarse en cualquier momento. Apenas quedaban en la destartalada despensa unas latas de conserva o de comida para gatos, no lo tenía claro, la compañía de la luz me había dicho adiós, la del agua me amenazaba con padecer la peor de las sequías y encima todos los líos en los que me habían metido la imprudencia, la soberbia y la avaricia, porque solo importaba yo. Había generado un enorme ovillo de mierda.

Pensaba, hacia listas de posibles soluciones, las rompía y me echaba a llorar como un niño chico, convirtiéndose en un ciclo vicioso que ya duraba tres días con sus tres noches. En la cuarta mañana que me disponía  a repetir la rutina, sonó el timbre del portero automático. Todos los pelos de mi cuerpo se pusieron en pie y mi corazón al borde de la arritmia; no sé por qué me quede inmóvil, sin hacer ruido, sudando manantiales, mientras imaginaba a cámara rápida que problema podría estar presionando el botón del timbre.

Había varias posibilidades. Podría ser Colmena, mi camello, lo llamábamos así porque todos acudíamos a él como las abejas al panal. Empeñé algunas cosas y conseguí bastante dinero, que era a lo que yo estaba acostumbrado, pero antes de abonar mis deudas me pase por la auto caravana de unos amigos. Se me fue totalmente de las manos. Celebraban algo, ni siquiera recuerdo qué, y de invitadas de honor estaban la cocaína y la heroína, además de litros y litros de alcohol, a precio de amigo, pero había muchas señoritas viciosas a las que invitar. La heroína era mi golosina favorita. Las agujas me dan miedo así que me la fumaba, y esa noche quemé mucho papel de aluminio. Más de la mitad del dinero que había sacado de la casa de empeño, lo tenía en mi hígado, mis pulmones y mi cerebro.

No sé cómo llegue a la oficina del Colmena, con la estúpida certeza de que aceptaría un anticipo y que me permitiría fraccionar el resto de la deuda. No fue así. Después de una leve paliza, me dio cuarenta y ocho horas para pagarle. Y en el momento que picaron el timbre, caí en la cuenta que ya había expirado el plazo.

También podría ser la vecinita. Era una muchacha unos quince años más joven que yo, sé que pasaba la mayoría de edad. A veces coincidíamos en el ascensor, ella con la piel brillante a causa del sudor, con el pelo recogido en un moño y aquel conjunto del equipo de baloncesto, parecía estar en el preludio de una película erótica. Poco a poco nos hicimos algo más que vecinos. Una noche de madrugada, nos encontramos intentando insertar la llave en la puerta del portal, ella  bastante ebria, con un vestidito que provocaba a mi puesta imaginación; abrí la puerta, pulse el botón del ascensor y una vez dentro se me abalanzo sin mediar palabra. Nos fuimos a mi casa. Entre la oscuridad y el alcohol en sangre, me coloqué mal el preservativo, pero no me di cuenta hasta que en el momento menos inoportuno, se rompió. En ese instante me alegre, pensé que un hijo sería lo único bueno que tendría en mi retorcida vida hasta ese momento, y los llantos de la vecinita me tornaron a la realidad. Se marcho, diciendo que me tendría al tanto. Desde ese amanecer no la había vuelto a ver, y debo confesar que la espere alguna tarde. Así que su dedo podría estar pulsando el timbre, sola o acompañada en su interior.

La verdad es que me había buscado tantas posibilidades, había sido un chico muy malo, que digo malo de lo peor. Me satisfacía estar por encima de los demás, lograr lo que nadie había logrado, para luego pregonarlo a los cuatro vientos y andar por ahí como un pavo. Y algo que ponía a mi ego a mil revoluciones, eran las mujeres casadas. Me gustaba sentirme ganador, lograr que una mujer fiel a su marido, a unos principios, a unos votos matrimoniales, cayera en mis sábanas, y yo me sentía único, especial, triunfador. Y de eso me alimente, hasta que me pillaron y me amenazaron de muerte en más de una ocasión, así que existían posibilidades de que fuera alguno de esos maridos con la necesidad de afianzar su hombría, partiéndome la boca.

También tenía algún que otro juicio pendiente por hurtos menores. Robo de coches,  mercancía de los contenedores del muelle, en una iglesia… Un par de veces visite la comisaría, y un par de veces me arrearon el cuerpo con toallas mojadas. Podría ser el cartero trayéndome la carta certificada, con la notificación pertinente.

Me había metido en muchos negocios, de los que no salí bien parado, y por supuesto sin asumir ningún tipo de responsabilidad. Si chivándome salvaba a mi persona de una paliza, de la cárcel o de una multa generosa, no dudaba en hacerlo, lo que se traducía en más problemas. Me llamaban “El Chaque”, por chaquetero, y el apodo me lo había ganado a pulso.

Si había un ser humano a cien kilómetros a la redonda con ideas maliciosas, como un imán me atraía, sobre todo porque eso significaba dinero fácil. Me hice amigo de un farmacéutico, y trapicheamos durante unos meses con anabolizantes y hgh; él se encargaba de la química y yo hacia el resto. El hombre, aunque no era muy avispado, se percató de que me estaba quedando con las “vueltas”, y me mandó a tomar por dónde cargan los camiones. Ropa, piezas de motos, oro, todo tipo de aparatos de dudosa alta tecnología…roce hasta el  ámbito de la agricultura, sustrayendo sacos de papas de un almacén, con permiso de mi amigo el vigilante.

Y ahí estaba, muerto de miedo, sin familia, sin amigos, sin un atisbo de dignidad, acompañado únicamente  por el rebumbio de problemas  que no dejaba de mirarme.
El timbre volvió a sonar. Me levanté y sin pensarlo, sin preguntar quién era, apreté el botón y abrí la puerta un palmo, para volver al hueco del sillón. En cuestión de minutos, el golpe de unos nudillos pidiendo permiso para entrar, cerré los ojos, apreté los dientes y…

- Buenas tardes, ¿nos regala unos instantes de su tiempo? Venimos a mostrarle el Paraíso, venimos a abrirle el camino hacia su salvación. El apocalipsis esta cerca y nosotros le traemos el salvavidas.

Asentí con la cabeza y se ubicaron a mi lado con un manojo de folletos, inhalando la mezcla de aromas insalubres y el olor a café recalentado, que se esparcía por todo el apartamento. Que mejor compañía que unos jóvenes religiosos intentando salvar a mi ruinosa persona…En ese momento pensé: si ellos supieran.

Y el timbre volvió a sonar.

Licencia Creative Commons
Relato: "El Chaque" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

lunes, 8 de junio de 2015

La vida en espera



¿Cómo se define el verbo esperar? Esperar, la espera, el verbo que nos acompaña todos los días de nuestras vidas. Si sumara todos los minutos que he tenido que esperar por algo bueno o malo, por personas que se merecían mi espera o personas que no, por gestos y respuestas que nunca llegaron, calculo que serían seis meses de mi vida, mes arriba, mes abajo…y  aquí estoy de nuevo, esperando. Habemos muchos en la cola, y ya empezamos a estar apretados, pero ante la espera, paciencia, eso es lo importante. Todavía me  quedan aquí un par de horas y sé que tendré que soportar las quejas absurdas de mi compañero de espera, olores ajenos, quejas y más quejas, y eso que nadie está obligado a estar aquí, lo están por voluntad propia, pero así son las esperas.

Ya antes de nacer y aunque suene extraño, estamos esperando. Esperamos por ahí, a saber dónde, a que un espermatozoide avispado consiga seducir a uno de los fértiles y hermosos óvulos de tu futura madre, que te hará esperar nueve meses, semana arriba, semana abajo, para salir al mundo. Nada más llegar si no lloras, cosa que encima después no quieren que hagas, te dan un cachetito en el pompis, lo primero de la vida que no te esperabas de ninguna de las maneras, la primera cachetada de muchas venideras. Cuando sales, hay una multitud de personas que te quieren conocer, y después de la hermosa locura que es nacer, aún descolocado, esos adultos y hermanitos y primitos celosos  quieren achucharte y no conocen el verbo esperar.

Con el paso del tiempo, empiezan las expectativas sobre tu persona y desarrollo. Si pudiéramos hablar a los pocos meses de nacer, la primera palabra que diríamos sería ¡ espera ¡ …Levanta el cuello, gatea, camina, corre, di adiós con la mano, haz el viejito, no llores, no grites, di mamá, di papá, ¿cuántas galletas hay aquí? ¿cómo hace la vaca?... ¡Espera, espera! cada uno tiene su ritmo. Todo tiene que ser ya.

A medida que creces, conoces la palabra paciencia, y sabes que va acompañada de la palabra espera, y eso conlleva a estar sentado hasta que digan tu nombre, a aguantar las ganas de hablar, a esperar la media hora que se pasa tu hermano en el baño para cumplir con tus urgentes necesidades fisiológicas, sin entender por qué tarda tanto; a esperar tu turno sin rechistar, pero a veces la ansiedad por tenerlo todo ya, que es lo que te han exigido a ti, es más grande que esas dos palabras juntas, y te saltas las normas, aún sabiendo que te espera una bronca.

Esperas al ratoncito Pérez, ansías que llegue el día de tu cumpleaños, esos sábados y domingos dulces después de estar el resto de la semana uniformado y con miles de obligaciones académicas, al día de Reyes, a una fiesta cualquiera. También esperas a tu padre o a tu madre, según que progenitor te amenace con esa frase… “ espera a qué venga tu padre/madre”, y tú te quedas ahí, imaginando el cachetón a cámara lenta cruzándote la cara de lado a lado, sumándole la previa bronca, la vergüenza, mientras miras el reloj, y las agujas te señalan que se acerca el temible momento, y piensas que hubiera sido mejor no aprender a leer la hora. Hay aprendes que el reloj es un instrumento cruel, cuando se trata de esperar.

Más tarde, se te pasan los días deseando que te sirva la ropa de tu hermano y sobretodo los zapatos, porque a ti como estas creciendo te compran los más  feos  de la zapatería, ya que en un par de meses te volverá a crecer el pie y no hay que gastar por gastar. Y llegas a la adolescencia, esperando delante del armario de tu hermano mayor, mirando si te ha salido abundante vello corporal, que indicará, según tus padres, que ya no tienes el acceso restringido al lado de la zapatería dónde están los zapatos que tanto ansias.

Y ya puedes salir a la calle sin supervisión adulta, pero sin la comodidad de que te lleven en coche, ahí empiezas a acumular minutos  de espera por los transportes públicos, aunque como serán las primeras veces las disfrutas, por la novedad, por sentirte mayor e independiente,  pero no podrás quitarte una cosa de la cabeza, que en casa esperan que te comportes de forma responsable y madura, y piensas “ si solo tengo dieciocho años “;esperan que cumplas el convenio de la hora de llegada.  Cuando te saltas las normas de convivencia, de camino al hogar piensas en los rugidos y miradas de “me has decepcionado”, bajo la frase “la confianza hay que ganársela”, y en el castigo de tus progenitores, y sabes que tus hermanos te tiraran miradas de “jodete” por detrás, y piensas antes de que ocurra, que esperando con paciencia, uno de tus hermanos estará en el paredón, y serás tú el que propines esa mirada, que te fastidia más que el  sermón que te echaran tus padres. Pero te olvidas y tropiezas con la misma piedra un par de veces más, hasta que aprendes con el quinto castigo y veinte miradas de “jodete”.

Esperas por la primera mujer de tu vida, que no llega, veinte minutos esperando, y las  hormonas que te tienen como un ñu desbocado se alían con los nervios propios del momento y empiezas a sudar. El bigotillo se convierte en una bayeta y en segundos ha absorbido parte del  sudor que  te brota de la cara (ahí decides que es hora de afeitártelo), y la ves llegar y esperas que no se dé cuenta, pero lo hace y ella a pesar de haber llegado tarde, te mira con cara de asco y te mueres de la vergüenza. Y esperas la primera llamada que no se produce nunca. Esperar me ha enseñado a aprender, a no esperar demasiado, a desechar las esperas innecesarias y quedarme solo con las buenas, aunque muchas de esas esperas hayan sido las más largas.
Impaciente esperas la vela con el número dieciocho ensartado en tu tarta de cumpleaños, y en el momento que terminan de cantarte la canción de rigor y contemplar el humo de las velas desvaneciéndose por encima de mi cabeza, termina la espera por el carné de conducir, por entrar en un bingo de verdad, no como el que improvisa tu abuelo en la cocina los  sábados por la tarde, por entrar a los locales a golpe de documento nacional de identidad y pedir una copita…y empieza aquí el resto de tu vida. Ya no vale esperar por lo que te digan los adultos de tu vida, llegó la hora de tomar decisiones importantes sobre tu futuro, y esperan lo mejor de ti.

Esperamos en los aeropuertos, esperamos reencuentros, maletas, la respuesta a todos nuestros males, a la muerte lógica, a la ola que te va a revolcar y a la tierrilla que se te mete en los ojos cuando  hay viento; esperamos cosas malas y buenas, aunque las  primeras la mayoría de las veces no te las esperas; esperamos al dolor, a las noticias, a los veredictos a tu favor o en tu contra por los juicios que te harán a lo largo de tu vida. Esperamos por el primer beso, por el sexo, por  estar a  la  altura, esperas a independizarte para tener un perro, esperas a que alguien te diga alguna vez “cuando tengo que hacer colas interminables, en mi mente, espero en ti”, esperas lo ideal, la sorpresa, el susto, aunque siempre causa el efecto que le corresponde, aunque te lo esperes. Esperas a las consecuencias  de tus actos, a la  felicidad y también a la tristeza, a las discusiones y despedidas, a las decisiones y aprobaciones de los demás. A veces la espera dura años o toda la vida y….

Las ocho. Están abriendo las puertas y somos de los primeros. Nos volvemos como niños chicos, la ansiedad ocupa el lugar de la espera y la paciencia, y a base de respetuosos empujones, echamos a correr para coger los mejores sitios. Lo conseguimos, primerísima fila… Esta media hora se me ha ido volando con el humo de los cigarros. Se apagan las luces, y la emoción embarga a las masas, el pulso de cientos de personas al borde del colapso, gritos, aplausos, silbidos, mecheros encendidos, histeria colectiva e individual, torres humanas, que para nosotros, desde nuestra situación privilegiada, son de tamaño diminuto. Comienzan a sonar clarinetes y trompetas, bajo un foco, mientras el resto del escenario permanece a oscuras; la sutil guitarra se une, junto con el golpeteo suave de la batería, y dos minutos después, bajo una  luz tenue la palabra “summertime” se oye en la voz rota de Janis Joplin. Tenía las entradas desde hacía tres meses, y esperar por ella siete horas de mi vida valió la pena.

Licencia Creative Commons
Relato: "La vida en espera" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

domingo, 3 de mayo de 2015

Maldita maldición



Hay anécdotas que se quedan adheridas a las personas, sobre todo cuando son acontecimientos repetitivos, como si una maldición se apoderara de ellas. Por ejemplo, las personas que tienen mala suerte con el agua, inundaciones, goteras, resbalones, el congelador se les descongela, se les vuelca el cubo cuando se disponen a fregar, que llueva durante una acampada y la caseta tenga una gotera, una ola les roba o derraman una garrafa de agua de cinco litros en el maletero del coche volviendo de hacer la compra empapando irremediablemente parte de lo adquirido en el supermercado. O tener mala suerte con las caídas; salir rodando por un pequeño barranco en el monte cuando se disponen a miccionar, salir de un bar a fumar en la calle con una copa en la mano y tropezar con el minúsculo escalón de la puerta y caer sin derramar una gota; golpear la puntera del zapato contra un adoquín mínimamente levantado mientras cruzan por un paso de peatones delante de vehículos varios y personas que amablemente quieren ayudar; caer dentro de un jardín, ubicado en una avenida concurrida y golpearse el coxis con el codo de una tubería o chocar inexplicablemente la cabeza contra el retrovisor de un camión delante de la puerta de un instituto bajo las atentas miradas de una marabunta de adolescentes. También hay quienes tienen mala suerte con el fuego, los animales en general o con algún animal en particular, con la comida en mal estado, con las situaciones que dan vergüenza ajena, lo que es estar en el momento menos indicado; con productos de belleza y remedios caseros acompañados de unas indicaciones mal interpretadas; decir una palabra en el peor momento e incluso hay quienes tienen la maldición de la ropa, roturas, manchas inexplicables, prendas al revés o mostrar una parte del cuerpo sin tener la menor idea; o la del moquillo, tanto los propios como los ajenos.

Estas maldiciones llegan a formar parte de la personalidad, llegando a ser una característica notable de la persona, tanto que si nos piden una descripción de un individuo que padezca una maldición citamos la peculiaridad que le acompaña, como un dato importante a saber.

Pero hay una maldición que supera a todas las demás, una realmente espeluznante, capaz de nublar a los sentidos. La persona maldita siempre tiene que estar al acecho, vigilando su cabeza, sus espaldas y sus pies, procurando no ir a lugares determinados como calles oscuras, parques  o solares; observando todo lo que acontece a su alrededor para anticiparse a la maldición, aunque la mayoría de las veces no se consigue, porque es difícil de predecir. Es tan dura que provoca ataques de ira, la expulsión de palabras abominables por la boca que se hacen pedazos, sacudidas de algunas partes del cuerpo, movimientos faciales de desprecio; esta maldición condiciona a la persona a llevar siempre encima unas monedas ya que suele frecuentar los aseos de bares y cafeterías, además debe de aprovisionarse de papel, mucho papel, del tipo que sea.

Suele ser una maldición que se empieza a manifestar a edades tempranas, y se puede desencadenar justo delante de tu casa o al doblar la esquina, no miras al suelo y de repente la tienes debajo de los primeros zapatos que te compran después de años llevando calzado ortopédico, pues debajo de esos zapatos tan deseados está instalado el moñigo de perro más  grande que hayas visto jamás, y justo con ese blando y desafortunado incidente comienza la maldición. Luego en el parque la población de pájaros que lo ocupa, se pondrá de acuerdo para bombardearte con pequeñas y fulminantes defecaciones que se desparraman por tus hombros, por tu cabeza, y todavía te quedan horas para llegar a casa. Pisaras más excrementos, vayas a dónde vayas, te perseguirá el olor nauseabundo y el ambientador será tu gran aliado; también hay que tener cuidado con la infancia, es un sector donde corres riesgo, un infante puede meter sus deditos por un huequito del pañal para comprobar que lo tiene a rebosar, para a continuación pasar su dulce mano por tu pelo dejando restos  de lo que su cuerpo ha desechado. Los parques también son lugares de exposición, hay que mirar cinco veces el pedazo  de césped que quieres ocupar antes de sentarte, pero la maldición siempre te acompaña,  y te levantarás con un surullo pegado en el bolsillo trasero del pantalón, de lo que no te darás ni cuenta hasta que pasas la mano y encuentras la sorpresa del día, dejándote un aroma que por mucho que te laves no te abandona.

Es la maldición más apestosa y difícil de combatir; en la playa tampoco estas a salvo y a pesar de que este a rebozar de personas, la maldición te encontrará en forma de mojón flotando a tu lado o jugando con la arena, tu mano se puede convertir en un colador humano encontrando las heces enterradas de un perro de tamaño pequeño. Ni siquiera estas a salvo de ti mismo, hay que tener cuidado cuando por un motivo u otro tienes que defecar al aire libre, pues debes evitar hacerlo en un terreno inclinado, ya que posiblemente tus dedos u otra parte de tu cuerpo puede toparse con el resultado de tu esfuerzo, y algo importante que se debe evitar es limpiar la zona ponedora con hojas, será peor el remedio que la enfermedad, siempre rodeados de mierda.

La maldición de la caca sin duda es la peor de todas y combinada con otros productos y subproductos del cuerpo también es conocida como la maldición escatológica. Así que recuerda que si pasa una vez es una anécdota, si pasa dos  ya es mala suerte y si ocurre más de tres se convierte en maldición, y te acompañará toda la vida.


Licencia Creative Commons
Relato: "Maldita maldición" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://relatosdelacolmena.blogspot.com.es/.

martes, 21 de abril de 2015

Victoria



Victoria es una mezcla de todas las mujeres de su vida. De todas ellas heredó algo, los ojos de su abuela, la piel de su madre, algún atisbo del carácter de su bisabuela, luchadora, cabezota, enérgica, y terminó de construir su personalidad al lado de tres hermanas, tan distintas pero tan iguales, impredecibles e imprescindibles, mujeres de armas tomar; y otras muchas mujeres que la acompañan lejos y cerca.

Victoria no camina ni corre, vuela por las horas, por los días, y la vida se le vuela con el tiempo, y piensa mucho en el tiempo, en todo lo que ha hecho, en lo que a su vez la ha llevado a hacer otras cosas, y de ahí a tener deseos de hacer otras muchas, pero tiene la sensación de que no tiene el tiempo suficiente. Pinta, dibuja, baila y canta, pero siempre le faltan momentos y los busca, cosas para recordar, para aprender y vivir, colecciona anécdotas, propias y ajenas, de las que se acuerda y se ríe sola. No busca el amor verdadero, ese que se encuentra fatigante y agotador, busca un compañero, un amigo con el que tener amor, para volar por el tiempo, para coser una vida.

Victoria es belleza, la mires por donde la mires, y se pinta los ojos de colores, los labios siempre hidratados, esmalte en las uñas arregladas hasta el más mínimo detalle, la ropa planchada rozando la perfección, y su piel huele a melocotón, siempre a melocotón, pero su pelo es ajeno a esas coqueterías. Le gusta mirarse al espejo y gustarse, y ese cabello fino, lleno de nudos, a veces suelto, a veces en un moño sin sentido, que se asusta cuando alguna vez que otra le pasa el cepillo, es lo que la une a los recuerdos de las batallas hormonales, al primer beso, a los primeros roces; recuerdos de aquellos que ya no están, de lo aprendido y después desaprendido, y todo en su conjunto, es lo que la hace ser la persona que es ahora, y por nada en el mundo lo quiere perder.

Todo a su alrededor gira como cuando presionas los botones de las máquinas expendedoras y Victoria la detiene donde quiere estar y disfruta hasta con su sombra, con la soledad en compañía o sola de verdad, según su elección. Tiene una banda sonora para cada etapa de su vida, almacenada en su cerebro y cuando escucha las notas se transporta a otro momento, a otra edad, se reencuentra con personas y emociones, y una sonrisa picarona asoma de sus labios, satisfecha del tiempo que reflejan sus manos, del suma y resta, del deja para hoy lo que puedes hacer mañana.

Hay personas a las que sus nombres las condiciona, pero eso no le pasa a Victoria, nunca ha tenido victorias, pero si fracasos, aprendizajes, aventuras e intentos, asuntos sin acabar, páginas pasadas, ilusión y curiosidad por lo venidero, porque a ella disfruta con esa incertidumbre inherente que tiene la vida, inventándose historias, sucesos y momentos que le podrían sobrevenir.

Victoria se chupa la yemas de los dedos cuando come dulces, se daña con los sabores fuertes y acostumbra comer chicle, toca el violín y le gusta la cerveza, nunca hace la cama y no le gusta el agua de la nevera; es ahorradora hasta límites insospechados, lo que le permite darle de comer a su alcancía una vez al mes, y cuando ya no caben más billetes por la rendija, llega el momento de permitirse un lujo, pero un lujo de verdad; un mes en Australia, nadar con tiburones en Sudáfrica, alojarse en el hotel más lujoso de Paris, regalar experiencias a las mujeres de su vida, viajar para comprender otras formas de felicidad, porque no quiere perderse nada.

Ella es esencia, sabores, equivocaciones, costumbres, recetas, palabras y cuentos, remedios y refranes, humor y lágrimas, porque Victoria si es la victoria de todas las mujeres de su vida.

Licencia Creative Commons
Relato: "Victoria" por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.

jueves, 9 de abril de 2015

Descanse en paz



Por su imaginación se habían pasado incontables posibles finales para su vida, algo morboso e inquietante, pero un entretenimiento inofensivo para él.

En una de ellas moría arrollado por un tren de mercancías, de esos que hacen escasas paradas, colmados de gigantes cajas azules que daban la sensación de que se iban a caer en cualquier momento con el traqueteo. Visualizó el instante en el que la máquina chocaba contra su cuerpo, crujiendo sus huesos, desgarrando sus músculos; extrayendo de su boca cada una de sus piezas dentales e imaginaba como los pedazos de su ser se desperdigaban por toda la vía, dejando un espectáculo funesto para quien tuviera que recoger sus restos.

En otra ocasión le fallaría el corazón, se le reventarían las arterias en mitad de una obra de teatro, con el aforo completo, bajo la expectación de un público histérico, con el sonido de la lluvia invernal repiqueteando en los cristales, bajo el desafino de la orquesta perturbada por los gritos, y un crítico de la función nombraría el suceso, intercalado con su opinión de la obra, así se hablaría de su muerte y el trae y lleva la convertiría en una leyenda del teatro.

Otra posible forma de morir que había pasado por su imaginación, la provocaría una rápida y ansiosa ingesta. Se le quedaría atascado un hueso de aceituna en la garganta y aunque estaría en una cena, en casa de unos amigos recién casados, por azares del destino ninguno de los presentes sabría realizar la maniobra de Heimlich y la ambulancia no llegaría a tiempo, por lo que moriría acompañado de algunos de los seres más cercanos a su corazón, asfixiado por su aperitivo favorito por excelencia.
Su imaginación le proponía otras opciones de morir, como cuando por un dolor ingresaba de urgencia. El apéndice lo metería en quirófano, una operación sencilla, pero el cirujano llevaría cuarenta y ochos trabajando sin descanso, y entre el café, la cocaína, las enfermeras escasamente familiarizadas con quirófano y la falta de sueño, al hombre se le iría la mano cortando en el lugar equivocado, y una aguda hemorragia le provocaría una muerte por negligencia.

Otra probabilidad, era la de encontrar la muerte en la calle, caminando hacia el trabajo. Le caería una chinita, una ínfima piedrecita, desde una chimenea de la azufrera en construcción y justo en ese instante estaría mirando las nubes negras del cielo, pensando en la lluvia que se avecinaba y en que no tenía paraguas encima, cuando la china se acercaría a su frente a gran velocidad, atravesando el cráneo hasta el cerebro, partiendo la medula en dos, lo que provocaría su caída al suelo, espasmos, el movimiento involuntario de sus piernas, muriendo fulminado ante la atenta y terrorífica mirada de los transeúntes. Pero eso ya le había ocurrido a otro.

Nunca las ficticias muertes que se le ocurrían a su curiosa y excéntrica imaginación, le causaron miedo alguno, pero había una posible muerte que era incapaz de imaginar, la de fenecer sin ella, sin recuerdos del cariño, del tiempo y el espacio. No podía imaginar la muerte sin haber follado su cuerpo hasta que le hubiera aguantado el suyo, sin hacerle el amor a sus ojos un millar de veces multiplicado por más veces, sin contemplar la lejanía de su mirada o la cercanía de sus palabras, sin haber mordido sus labios todos los minutos de vida que le restaran. Le era imposible concebir una muerte sin haberla llevado volando a la luna, sin haber bailado al mismo ritmo o sin la música de los recuerdos, sin besarla de punta a punta, de norte a sur hasta empapar las sabanas con el deseo y la pasión de infinitas noches, de infinitos días. Sin haber guardado bien su olor y su sabor, hasta hacerlos propios de sus sentidos, hasta que estuvieran enquistados en su ser.

Aunque moría solo con sentir su presencia en el mismo edificio, no podía imaginar terminar la vida sin haberla disfrutado hasta el más mínimo de sus suspiros, hasta el más tenue aleteo de sus pestañas o la dulzura de cualquier palabra que saliera de su boca. No solo quería una vida a su lado antes de morir, quería la eternidad, porque una vida a su lado no le era suficiente para que pudieran decir en su sepelio Descanse en paz.

Licencia Creative Commons
Relato: "Descanse en paz". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://relatosdelacolmena.blogspot.com.es/.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Lo mejor



Fue uno de esos días en el que el Universo estaba caprichoso, cuando sus destinos se cruzaron. Los planetas se habían alineado y todo estaba conjugado al más mínimo detalle para que el encuentro se produjera. Sin saberlo se necesitaban, se esperaban y se presentían.

En esa cuerda invisible que nos une a las personas que se van cruzando en nuestros caminos, se colgaron la una de la otra, atadas, anudadas tan fuerte que a veces les dolía. Tal fue la conexión, que se convirtieron en un lado derecho y un lado izquierdo.

Compartieron botellas de vino, música, sueños y realidades, balcones y ventanas, el traqueteo de un tren, noches eternas de fiesta, atardeceres interminables y amaneceres fríos, cálidos y borrosos. Lloraron por las risas y también por las penas, las pérdidas y las alegrías, y estuvieron juntas en la salud y en la enfermedad, compartiendo frustraciones, éxitos y derrotas. Vacaciones emocionales y en avión, lejos y cerca, solas y en compañía. Atravesaron hombro con hombro ventiscas y huracanes, cruzaron de la mano desiertos y hasta el mismo infierno hubieran bajado la una por la otra.

Solo un monosílabo era suficiente para reconocer sus penas o dolores, solo una mirada cómplice valía para decir muchas cosas y un suspiro para decirlo todo. La empatía era tal que si a una le dolía a la otra también, y con espadas, con los puños o con uñas y dientes se defendían, y se curaban las heridas que les dejaban los roces de la vida. La complicidad era fácil, espontánea y de verdad, atada con un nudo fuerte a base de confianza, de cariño, de sentimientos, secretos inconfesables, solo reservados para las dos aunque eran solo una, un lado derecho y un lado izquierdo.

La una no era sin la otra, y crecieron, evolucionaron, buscaron y perdieron, pero encontraron lo mejor, sus mutuas compañías y momentos, lugares, canciones y anécdotas, desayunos, almuerzos, meriendas y cenas, recuerdos imborrables de toda una trayectoria vital.

Y el final llegó, pero ni siquiera cuando cruzaron las oscuras cortinas de la muerte se olvidaron la una de la otra, compañeras de vida en lo bueno y en lo malo, y sus almas se buscaron y se encontraron, porque ni la misma parca pudo separar lo que el Universo había unido.

Para Hiurma.

Licencia Creative Commons
Relato: "Lo mejor". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en relatosdelacolmena.blogspot.com.es.