domingo, 8 de febrero de 2015

El psicópata.



Salí del edificio para desayunar. Acudí a la cafetería de siempre, dónde la clientela a esa hora solía ser la de siempre. No había mesas libres y me escurrí hasta un hueco que había en la barra. Le pedí a Manuel, el camarero, una tapa de lo de siempre con un codito de pan recién sacado del horno, y un café con leche. Mientras saboreaba el mejor plato de carne con papas, sentí que alguien del final de la barra me observaba, posiblemente por la rareza del desayuno. La curiosidad me condujo a echar un vistazo. Y allí sentado en un taburete estaba el hombre más pelirrojo que había visto jamás, no tenía sitio en la  cara para una peca más. Supongo que se daría cuenta de mi cara de sorpresa al encontrarme con algo tan exagerado e inusual, además de quedarme suspendida en el verde y profundo de sus ojos. Nunca había sentido deseo a primera vista. Las escenas que se me pasaron por la cabeza en el instante en que se encontraron nuestras pupilas dilatadas, inundaron a mis mejillas de un calor insoportable y rápidamente retire mis ojos de los suyos. Hasta llegué a sentirme un poco avergonzada cuando salí por la puerta del establecimiento, pero en cuanto me dio el aire, sonreí y pensé “que sería mucha casualidad volver a encontrarme al pelirrojo”.

Cuando volví a la oficina todavía tenía las mejillas sonrosadas y calientes como el pan que me acababa de comer. Pensé en el suceso unos minutos más, y lo guarde en mi memoria en la “p” de pelirrojo para proseguir con el trabajo.

De la pantalla al teclado, del teclado a la pantalla, extendí la mano para dar alcance al vaso de agua que tenía a mi derecha, ángulo desde el que se veía la puerta que daba al ascensor. Cuando di el primer sorbo, vi como salía un hombre pelirrojo y me atragante, tanto que expulse la mitad del buche de agua por la nariz. Fue patético y fui el centro de todas las miradas preocupadas. Yo solo pensaba en lo casi imposible que era encontrarme a dos pelirrojos en un par de horas ¿Y si me había seguido?

A partir de ese momento el minutero y el segundero empezaron a caminar muy lento, mientras la ansiedad por comer me llenaba la boca de saliva. Por fin llego el momento de salir de allí por una hora, respirar aire fresco, estirar las piernas, hasta llegar a la cafetería. Antes de entrar me convencí de que si el sujeto pelirrojo estaba allí, no era porque me estuviera siguiendo sino por otras múltiples razones que no tenían nada que ver conmigo. Esta vez había mesas libres. Me instale en una de ellas, y le pedí al camarero lo de siempre. Luego eche un vistazo a mí alrededor para comprobar si estaba, y con algo de desilusión comprobé que no. El almuerzo no me lo comí, lo engullí y detrás un gran vaso de agua, para facilitar la llegada de los trozos de comida a mi estómago.

Cuando salí, todavía me quedaba tiempo antes de volver a manosear el teclado, así que me senté en un banco a saborear los rayos invernales del sol. Quince minutos después, me incliné  para levantarme y entre la multitud de gente que transitaba la rambla, vislumbré una caballera pelirroja que se dirigía rápidamente hacía mí. Su mirada me atravesó, parecía que me quería comer literalmente y aceleré mis pasos sin mirar atrás. Llegué por fin al edificio con las pulsaciones a todo lo que daban. Me senté en mi silla, poniendo la yema de mi dedo en el botón de encendido y perdí la noción del tiempo pensando en el pelirrojo. De forma totalmente irracional deseaba que ocurriera algo, un contacto, un momento a solas con él. La  razón deshecho lo anterior y me agobié pensando en el final de mi jornada laboral, en volver a poner un pie en la calle y que él estuviera ahí a saber con qué intenciones, podía ser un acosador o un psicópata, puede que incluso llevará varios días siguiéndome.

Después de la tarde laboral tan poco productiva, llegó la hora de apagarlo todo. Salí muy despacio a la calle y mire a mí alrededor. Ya estaba oscureciendo, hacía frío y el suelo desprendía humedad, todavía había paraguas abiertos  pero ya no llovía, y me mezclé con la gente vigilando mis espaldas. Iba observando los puestos de la rambla, cuando me tope de frente con unos girasoles y los necesité para reconfortarme. Con las flores en la mano, seguí el camino a casa.

Crucé el puente y ya estaba a dos calles de mi destino, cuando apareció el pelirrojo de la nada y yo me quedé sin respiración. Abracé con fuerza el ramo de  girasoles y apresuré el paso todo lo que me permitían los enormes tacones que llevaba. Pude escuchar cómo me pedía que lo esperara y eso hacía que caminara con más ganas. Casi llegando a la puerta, me alcanzó. Sin aliento  agarró mi brazo, apretando en su justa medida y yo me dejé. De nuevo esa mirada, y de su boca salió el porqué de su presencia. Me había dejado algo olvidado en la  cafetería por la mañana. Se acercó a mi cara y me devolvió el deseo que me había dejado en sus pupilas, besándome sin cerrar los ojos. Metí la llave en la cerradura y el pelirrojo cerró la puerta tras de sí.

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lunes, 26 de enero de 2015

Hablemos.



Vamos a hablar…

Te cuento que hoy estoy cansado, no consigo que mi cuerpo vaya a la par con mis pensamientos. Mi mente está agotada y mi cuerpo me pide más. Hoy he machacado a mi cabeza con cientos y cientos de letras, de palabras, enojos, le he lanzado miles  de “no es justo”, la he obligado a cantar y a imaginar todo lo que quiero y lo que no quiero, le he ocasionado dolor por cosas que ni siquiera sé si ocurrirán, por ese futuro incierto.

No sé que voy a hacer con esta cabeza pensante, agotadora; mi cuerpo empieza a quejarse y oigo sus gritos cada vez más altos. Los músculos de la espalda ya me han dado un toque de atención y la pesadez que sentía de vez en cuando en el estómago se ha quedado perpetua, enredada en mis intestinos. Mi cuerpo se mueve rápido, inquieto, a veces ni siquiera sabe a dónde va, mientras mis pensamientos van aún más rápido, me siento atrapado en medio de una competición que nunca llega a la meta.

Estaría bien tener un manual de instrucciones, que te indicará paso a paso que hacer con una mente cansina, que te ayudará a resetearla, pero lo he buscado y no lo hay. He leído libros sobre las mentes machacantes, pero mi cerebro transforma las palabras en pensamientos que lo empeoran aún más. Estoy al borde del fin de la cordura. Estoy cansado de sentir pena hasta por la efímera gota de agua que desaparecerá en el asfalto o se enganchará a algún neumático que la dejará tirada por el camino, hasta que el sol la absorba.

Me hubiera gustado que en el reparto de cerebros me hubiera tocado uno más práctico, menos sensible a la luz, al ruido, a las palabras que se convierten en mensajes inoportunos que se pasan el día bombardeando a las neuronas, a la pena y el dolor ajeno, a la humanidad que se despedaza. Deseo…deseo que mi cabeza aprenda a vivir, porque esto no es vida.

- ¿Qué hago?
- No lo sé, solo soy la gota que colma tu vaso.

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lunes, 12 de enero de 2015

El vuelo.



El vuelo salía temprano. Revisé el equipaje de mano, una  mochila dónde metí todo lo necesario para convertir a un vuelo de ocho horas en algo medianamente ameno. Salí de casa con bastante tiempo, el necesario para facturar la maleta, tomarme un malo café de aeropuerto y fumarme un cigarro acompañado por el trajín de personas, carritos hasta arriba de maletas y bultos varios, despedidas y bienvenidas.

Me puse en la cola para embarcar, tenía delante  a unas treinta personas y detrás calculé unas cuarenta más. Pensaba en lo apretados que estaríamos en aquel avión, suplicaba al universo que me tocaran compañeros silenciosos y que el almuerzo rozara lo decente.

Puse los pies en el avión y me dirigí a mi asiento, 7b. Ya los que iban a ser mis compañeros durante más de ocho horas estaban sentados. Saludé amablemente y me introduje en el asiento, coloqué la mochila con el avituallamiento debajo y me abroché el cinturón. Mi compañero de ventanilla tenía una acusada tos, y mi compañero de pasillo daba toquitos con los dedos en el reposabrazos, nervioso, se le veía tenso, así que estaba claro que el universo no había escuchado mis ruegos.

Nada más despegarse el avión del suelo, mi compañero de ventanilla se tomó una pastilla con un escandaloso sorbo de agua, se colocó un antifaz y pidió a la azafata que lo despertará cuando fuera la hora del almuerzo. Me quedé más tranquilo, uno menos. Mi compañero de pasillo no se movía, miraba a  un punto fijo y seguía agarrado fuertemente a los reposabrazos. Yo me dispuse a sacar de la mochila mis artículos de entretenimiento y una bolsa de regaliz rojo. No sabía por lo  que empezar, así que me decidí a ejercer mi cerebro y hacer algunas páginas de autodefinidos. Cuando iba por la octava definición, el compañero del pasillo comenzó a moverse, se desabrochó el cinturón y se dirigió al servicio, dejando tras de sí un tufillo a perfume.

Al volver, pude ver por el rabillo del ojo como se interesaba por mis labores, y temía que fuera de esos que no llevan nada para matar al tiempo y se dedican a buscar víctimas para aliviar su aburrimiento, después  de leer y releer la revista del avión y el menú. Ya había completado la tercera página y me había comido cuatro regaliz, cuando el hombre aburrido se dirigió a mí. Primero me pregunto si sabía decirle cuanto tiempo llevábamos de vuelo, cincuenta minutos. Seguidamente me preguntó por el libro que asomaba de mi mochila, uno que me había recomendado mi hermana, “El Ocho”, que todavía no había comenzado, ya que me lo había comprado especialmente para el largo viaje, así que poco le pude decir.

Tras un rato de tranquilidad comenzaron a proyectar una película. El caballero del pasillo, se colocó los auriculares y estuvo enganchado una media hora, hasta que volví a tenerlo encima de nuevo. Me ofreció unos  anacardos, que me intercambio por dos regaliz; la verdad es que casualmente era mi fruto seco favorito y no me pude negar, sabiendo que ese acto abriría un largo e inevitable diálogo. Sin venir a cuento, el caballero que se presentó como Diego, me confesó que había volado ciento y una veces, pero que aún así no podía evitar ponerse algo nervioso. Me di cuenta de que tenía que hacer una obra de caridad con aquel hombre y formar parte de su entretenimiento, durante aquel vuelo de ocho horas y algo más.

Tenía que hacerle las preguntas adecuadas para inducirlo al monólogo, y así mantenerlo entretenido mientras yo pensaba en mis cosas. Le pregunté por el motivo de su viaje, pero esa cuestión tuvo una respuesta rápida y esquiva. Le pregunté por su profesión, y resulto que era viajero. Me interesó mucho su respuesta, y supongo que al ver que había captado mi atención se lanzó al monólogo.

“Provengo de una familia acomodada, así que nunca he  tenido la necesidad de trabajar. Mis padres nos inculcaron a fuego a mis hermanos y a  mí, que la mejor inversión para nuestro  dinero era viajar. No sé cómo lo hacían mis progenitores pero siempre había dinero para recorrer mundo. Mi abuelo materno, ex-teniente coronel, a veces se unía a nosotros, y en una ocasión nos llevó a España, donde le esperaba un buen amigo, Francisco Franco. Fuimos invitados a su casa para degustar un selecto almuerzo. Fue un momento nutricionalmente traumático cuando me pusieron delante un plato de codorniz acompañada de coles de bruselas, y las miradas de mis padres se me clavaban enviándome señales para que me las comiera sin rechistar. Yo lo intente, pero solo el olor de aquellas coles en miniatura me provocaba arcadas y en cuanto mastique la primera, el desayuno de media mañana subió rápidamente desde mi estómago para salir disparado directamente a la camisa de nuestro anfitrión. La vergüenza  de mi familia era palpable, pero a su vez la cara de aquel hombrecito cubierto por mi vómito provocó risitas entre los comensales. Luego supe quien era. En otra ocasión viajamos a Argentina. Fue un viaje fascinante. Conocimos a Caridad, de dudosa reputación y mal hablada, pero a mis padres les cayó en gracia, tanto que le propusieron que nos sirviera de guía a cambio de un pequeño sueldo diario. Cada lugar, cada paisaje, cada persona que conocí en mis innumerables viajes dejaron en mi ser una huella imborrable, y en esta ocasión, fue la visita a las Cataratas de Iguazú. Recuerdo que Caridad colocó mis manos detrás de mis orejas, con las palmas mirando hacia delante y me sugirió que cerrara los ojos, y escuché el rugido del agua, cada gota, cada chorro, cada salpicadura, cada latido de mi corazón y sentí el sereno del salto del agua, y me emocioné. Hubo otro viaje inolvidable para mí. Fuimos a Liverpool, y no conocimos a Los Beatles pero si a Mishell, la sensual protagonista de una de sus canciones. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Casualmente se alojaba en nuestro hotel, y el botones que era un licenciado en trae y lleva, nos informó de la presencia de aquella divina mujer. La belleza convertida en perfección, dulce, movimientos sinuosos, fue la primera mujer que me provocó una erección, y eso no se olvida ni con amnesia. He estado en todos los continentes, he comido desde serpiente hasta saltamontes rebozados, he visto la aurora boreal en Noruega desde la cubierta de un  barco pesquero y el parto de un canguro en Australia al atardecer, he viajado para acudir al entierro de mis padres y mis hermanos, y ahora viajo solo”.

La azafata lo interrumpió colocándole delante la bandeja con el almuerzo. Comimos en silencio. Cuando terminamos, Diego se levantó para ir al baño. Al regresar sacó del compartimento superior una pequeña maleta. Abrió la cremallera y la manga de una chaqueta verde militar asomó. Se la enfundó en los brazos y alargo uno de ellos hacia mí para que le estrechara la mano, algo que me sorprendió, pero lo que me dejó al borde de una crisis  de ansiedad fue cuando me dijo “me  bajo aquí, gracias por la charla”, y en un abrir y cerrar  de ojos, ¡PUF¡, desapareció de mi vista. Me quedé pegado en el asiento, sin pestañear ¿Fue un sueño? ¿Era el último viaje de Diego? ¿Era un fantasma? o ¿Todo aquello había sido una alucinación causada por una posible intoxicación debido a la heroína que tenía instalada en el último tramo de mi intestino? Fuera lo que fuera fue mi último viaje como mula.










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domingo, 28 de diciembre de 2014

La lluvia.



Veinte días y veinte noches llovió, y veinte noches y veinte días de mis ojos llovió.
Al principio me dijeron que era “depresión estacional”, por lo visto el invierno causaba efectos demoledores en algunas personas: tristeza, sueño, apatía, y con el paso de los días se va mitigando, pero en mi caso no fue así.

La lluvia no cesaba, aflojaba, venía acompañada de viento, de truenos, pero no se iba y de mis ojos tampoco. Me dolía todo el cuerpo, las entrañas se me aflojaban y el apetito era escaso. A pesar de estar acompañada prácticamente todas las horas del día, me sentía sola, abatida, cansada de llorar, cansada de dormir, cansada de mi misma, de no saber  el por qué  de aquella pena y el por qué de aquella catarata que emanaba de mis ojos. Pastillas, terapia, meditación, pero nada conseguía arrancar de mí el dolor que me provocaba la lluvia invernal.

Por  azares de la vida, en unos de esos días de consulta, conocí a Enma, más anciana que joven. Me observaba desde su asiento, y yo podía notar que la mirada que me proyectaba era de pura lástima hacia mi persona, mi aspecto debía  de ser deplorable. Se acercó a mí, ocupó el asiento de al lado, y como si me conociera de toda la vida, me preguntó el motivo de mi presencia en aquella consulta abarrotada. Antes de contestarle, de nuevo y sin motivo aparente mis ojos volvieron a llorar desconsoladamente. Cuando el nudo de la garganta me lo permitió, le hablé de mis síntomas, alegando que por lo general solía ser una persona positiva, alegre, y mi vida rebosaba éxito, tenía amor cuando quería y soledad cuando la necesitaba, era dueña de  mis emociones, pero ahora, había perdido el control absoluto  de mi existencia.

La desconocida asentía con la cabeza, y al concluir con mi monólogo existencial, me cogió de las manos y me preguntó si creía en las vidas  anteriores. La verdad es que ni  creía ni dejaba de creer, en ese sentido me  declaraba agnóstica. Enma me contó que ella realizaba regresiones y creía que yo era víctima de una vida anterior, lo que hacía que mi presente se tambaleará. En ese momento no entendí cómo había llegado a aquella conclusión, pero mi desesperación era tan grande que accedí, y deje mi dolor en manos de aquella desconocida, que podía perder.

Concertamos una cita, y al cabo de los días bajo sus indicaciones, fui  a su casa. Durante algunos días simplemente estuvimos charlando de nuestras vidas, nuestra infancia, nuestros orígenes, como si fuéramos viejas amigas que recordando sus autobiografías. Según ella esto era necesario para realizar la regresión, conocernos, confiar la una en la otra. Enma me dio sus referencias, me habló de sus experiencias en otras sesiones, de sus éxitos y también de sus derrotas, siendo franca conmigo  admitió que no siempre daba buenos resultados, pero que era un porcentaje muy bajo. Pero confiaba en ella.

Al cabo de tres semanas, para Enma ya estábamos listas. Había dejado de llover, y el invierno estaba instalado por completo, y aunque mis ojos me habían dado una tregua, aquella oscuridad invernal me seguía provocando tristeza, ahora acompañada por náuseas y vértigos. Y llego el día señalado,  casualmente bañado por los rayos del sol y yo estaba medianamente bien, animada como hacía tiempo que  no lo estaba.

Me dirigí a su casa dándome un paseo, absorbiendo la vitamina D que me regalaba el sol invernal. Apreté el timbre y sin preguntar quién era, Enma abrió. Me estaba esperando con una taza humeante de uno de sus brebajes, una mezcla de hierbas con una cucharadita de azúcar moreno, me dio un abrazo de treinta segundos e invitó a  mi persona a sentarse en el sofá. Mientras nos  bebíamos la infusión, Enma  me iba contando: “se trata de alterar los estados de tu consciencia, de que recuerdes acontecimientos de tu supuesto pasado, intentaremos reestructurar la situación y entender el posible origen de tus afecciones psicosomáticas. No te puedo garantizar que demos con la solución hoy, posiblemente necesitaremos otra sesión, pero nunca se sabe”.

Me recosté en el sillón, cerré los ojos, estaba relajada, cómoda y escuchaba la voz de Enma, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…

“Estoy en una casa que me resulta familiar, conozco los muebles, escucho el repiqueteo de la lluvia en las ventanas, hace frío. Estoy de pie frente a  una puerta, la abro y de ella sale un fuerte olor metálico, es repugnante. Busco en la pared el interruptor de la luz, pero no doy con él, en su lugar encuentro un quinqué, lo enciendo y me mareo al ver sangre por todas partes. Me acerco a la cama, hay un bulto cubierto con una sábana bordada empapada de sangre, la estoy quitando lentamente, siento pánico pero a la  vez curiosidad…soy yo, ¡estoy muerta! Oigo un ruido, ¡me quiero ir! ¡me quiero ir!”

Uno, dos, tres, y desperté con la voz de Enma. Las lágrimas  saltaban de mis ojos, aterrorizada, pero no sabía por qué, no me acordaba de nada. Todo lo que había dicho bajo el trance estaba anotado en un cuaderno. Respiré buscando resuello y cuando mis nervios se calmaron, concertamos otra cita para la semana siguiente.

Ya estaba recostada, me había tomado la infusión, y Enma ya iba por el cinco, y de nuevo ya estaba dentro de mi consciencia.

“Oigo un ruido, alguien viene. Me escondo detrás de una butaca, tapizada con raso color gris marengo, el tacto me resulta familiar. Alguien entra. Es un hombre, lo conozco, pero no sé de qué. Se para delante de la cama y llora mientras acaricia mi rostro sin vida, yo estoy paralizada, siento un hilito de respiración. El hombre se dirige al escritorio, enciende un quinqué que hay encima, y saca de la gaveta un cuaderno con las tapas de piel. Se pone a escribir, golpea con el puño la tabla y termina la escritura guardando el cuaderno del lugar de donde lo extrajo. De un soplido apaga la luz y vuelve a la cama para besar mi frente cadavérica y cubre el cuerpo con la sabana. Lo oigo salir. Salgo de mi escondite y coloco la oreja en la puerta pero no consigo oír nada. Me dirijo a la gaveta y saco el cuaderno: Diario de Antonio De Rajuela Iriarter. Lo dejo caer al suelo, el corazón me aprieta el esternón, es el nombre de mi tatarabuelo, y recuerdo la historia  de la muerte de su mujer, un crimen pasional perpetuado por un criado obsesionado con ella.  Y recuerdo la casa y los muebles, y mi parecido con ella. Recojo el cuaderno y leo las últimas páginas donde Antonio confiesa el crimen, dos crímenes, ya que al inocente acusado lo cuelgan en la finca de las ramas de un roble. El motivo de su crimen fue por celos, era tan hermosa que no soportaba compartirla ni siquiera con sus cinco hijos, no soportaba que la miraran por la calle, le hervía la sangre incluso cuando el tendero le rozaba la mano para coger las monedas, la quería solo para él…y sigo escuchando la lluvia golpeando los cristales de los enormes ventanales”.

Uno, dos, tres,  y desperté delante de Enma. El dolor se había ido. Sentía alivio y llore, pero de felicidad.

Volví a la casa de mis tatarabuelos, derruida, abandonada, y el roble todavía estaba allí seco y viejo, plantado en la finca poblada de malas hierbas y trastos oxidados de labranza. Entre y busque la habitación, destartalada, polvorienta, y milagrosamente encontré el cuaderno. La tinta estaba algo borrosa pero allí seguía legible la confesión.

Transmití el mensaje a mis familiares, incrédulos comparamos la letra de Antonio con cartas que tenía mi madre de su puño y letra, y por fin la verdad me hizo libre.

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miércoles, 10 de diciembre de 2014

La habitación.



Mientras el agua se iba deslizando hacia el desagüe  de la bañera, mezclada con la espuma que salía expulsada a borbotones de la esponja, la colocó de espaldas y lentamente comenzó a enjabonarla fijándose en cada detalle de su piel, dejando que la espuma se deslizará hasta llegar a  sus firmes nalgas. Las frotó con delicadeza, para continuar con las extremidades inferiores. Seguidamente, la giró hacia él, y mirándola a los ojos enjabonó sus brazos, sus manos, su largo cuello, llegando a los pechos, firmes y redondos, apretando la esponja entre ellos, donde se formaba una  cascada que bajaba hasta el pubis y desaparecía en los muslos. Bajó hacia los pies, para volver a subir pasando por sus rodillas y levemente, rozó su entrepierna.

Cuando finiquitaron el baño, secaron sus cuerpos, él uno al otro, con dos  minúsculas toallas eliminando por completo de sus pieles cualquier atisbo de humedad. Se rodearon con los brazos y sumidos en el arte de besar se dirigieron a la habitación, colocándose delante del espejo, para observar sus cuerpos desnudos, encontrados.

La cama solo vestía la sábana bajera, dos cojines, y una jarra de agua en la mesita; era su lugar predilecto para dar rienda suelta a sus erotismos. Con unos leves empujones, poco a poco ella lo guió hacia el camastro, dónde se acomodaron uno frente al otro para contemplarse una eternidad. Las miradas, reanudaron el intercambio de saliva y las manos de ambos empujados por las ganas, envolvieron la desnudez de uno y de otro. No se podía adivinar dónde empezaba él y dónde acababa ella, se habían convertido en un amasijo de piel sudorosa, que retozaba a un ritmo pausado y elegante. Ningún pedacito de sus cuerpos se quedo sin una caricia de sus labios, dejando un rastro de saliva que provocaba en ambos altas dosis de excitación.

Los labios húmedos de él recorrieron ambos lados de su cuello, pasando por la barbilla que mordió suavemente. Con paciencia y lentitud fue besando su esternón hasta que se concentró en su pecho derecho, lo succionó, dándole ella un suspiro a cambio de tanto placer. Fue a por el otro pecho con más ímpetu, y se mantuvo enganchado a él hasta que se quedó satisfecho, mientras su compañera le acariciaba el pelo y los lóbulos de sus orejas con las yemas de los dedos. Continuó besando su barriga, su ombligo, hasta encontrarse con el pubis, y deslizándose como una serpiente, encajó su cabeza entres ambos muslos, saboreando cada momento, y cuando los gemidos de ella dejaron de oírse en la habitación, él concluyó con su inmersión.

Se acariciaron largo tiempo, hasta que ella cogió las riendas, y bajando sinuosamente por el cuerpo de su amante, introdujo en su boca el miembro viril, que la esperaba desconsolado. Él ardió, se conmovió y con un arranque de pasión descontrolada la agarró por las axilas y la subió hasta su boca para volver a tenerla de frente, necesitaba comerse sus labios.  Seguidamente, ella se instaló a su lado dándole la espalda, dejándose querer, y él con lentitud y firmeza introdujo su falo en el contorsionado cuerpo de su amante, apretándola contra él, comenzando un baile erótico que terminó con las primeras luces del ocaso.

Las sábanas amanecieron empapadas de sudor, revueltas, testigo de aquel encuentro secreto, amoral y perverso para las mentes de muchos, para la sociedad acusadora  y temible. Algo que irremediablemente pensaban los dos en silencio, mientras él se colocaba el alza cuellos y ella su pequeño hábito color azul, para dejar tras de sí al amor y al arrepentimiento, en aquella habitación de las afueras con baño privado.

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sábado, 29 de noviembre de 2014

Gabriel.


¿Cuánta pena se puede soportar? ¿Cuántas lágrimas pueden derramar los ojos? ¿Cuánto dolor puede padecer el alma? Pues hubo un hombre que lo soportó todo.

Gabriel nació con un don o una desgracia, según se mire. Desde muy pequeño comenzó a demostrar una excesiva empatía, se conmovía, se reía, sufría el dolor de los demás e incluso llegó a tener la capacidad de absorber lo que sentían, aliviándolos. Podía sentir la ira, la furia desmedida, y se la quedaba, sin querer se adueñaba de las emociones, almacenándolas unas sobre otras.

Con las mujeres tuvo mucho éxito, las comprendía, las escuchaba, se zambullía de lleno en sus inquietudes, deseos y miedos, y demostraba una sensibilidad desmedida, que hacía que las féminas cayeran rendidas a sus pies. Las hacía sentir únicas, especiales e incomparables. La misma magia que tenía para conquistarlas, la tenía para dejarlas sin malos sentimientos, se llevaba todos sus conflictos con él convirtiéndose en una persona inolvidable.

Todas aquellas emociones se iban acumulando en su persona, entraban pero no salían, y se fueron enquistando. Se anclaron tan fuerte en su ser, y estaba tan lleno que hasta el hecho de mover un pie le provocaba un cansancio terrible. La rabia le perforaba el estómago y la pena y el dolor le taponaron los ojos. Por mucho que deseara y necesitara llorar, ni una sola lágrima brotaba de sus ojos deshidratados. El mal humor se convirtió en su estado natural, y a pesar  de estar lleno seguía tragándose las emociones ajenas.

Su empatía estaba descontrolada. Evitaba salir a  la  calle, tener ningún tipo de contacto mantendría a sus emociones a raya, pero estaba tan acostumbrado a  padecer por los demás, que incoherentemente necesitaba sentirse como un recipiente, sentía la absurda responsabilidad de aliviarlos. Su corazón había envejecido prematuramente, toda esa basura emocional le provocaba taquicardias, pero según pasaban se le olvidaban, haciendo caso omiso a su  estado de salud.

Lo que se pudría en su interior, fue haciéndose visible en su exterior. En sus ojos, en su piel, caminaba encorvado, arrastraba sus pies como si llevara atada una bola de acero a sus tobillos. Aparentaba ochenta años, cuando solamente tenía treinta y dos, había perdido su trabajo, su suerte con las mujeres, sus amigos se habían alejado y su casa era un caos.

Caminando hacía el mercado, pudo contemplarse en un escaparate, pudo ver su deterioro, sus ojos apagados, canas hasta en las cejas y tuvo compasión de sí mismo. Algo comenzó a  moverse en su interior, algo que nunca había experimentado, una emoción nueva, aún sin nombre para él. Después de contemplarse siguió su camino y los primeros puestos  de frutas y verduras  comenzaron a  asomar. Compró carne y marisco, algunos  frutos secos y fue directo a  un puesto de verduras, de alguna manera invitado por la mirada de la verdulera que lo empujó a  acercarse. Le pidió apio, bubangos, lechuga, tomates para ensalada, un trozo de calabaza, y ésta le ofreció, más bien le metió por los ojos unas pequeñas cebollas, dulces, idóneas para cualquier tipo de guiso, fritura o platos fríos. La señora no dejaba de mirarle a los ojos, amable, dulce e incluso con algo de compasión y Gabriel se sintió reconfortado. Al despedirse, después de abonar la cuenta, le dijo que ya le contaría qué tal con las cebollas.

De camino a casa, recogió la pena de una madre por la pérdida de un hijo, y el dolor por una herida, además  de la rabia de un conductor alterado, y si no llega a doblar la esquina también se hubiera llevado la soledad de un anciano. Arribó a su casa y suspiró el cansancio colocando la compra, separando antes los ingredientes para hacer unas lentejas. Del mueble sacó una tabla para cortar la cebolla, el ajo y la zanahoria, y dejó preparado el caldero con un chorrito de aceite de oliva y una hojita de laurel.

Cuando hincó el cuchillo en la primera cebolla, una de las tres que iba a incorporar al caldero, inhaló un olor dulce, apetitoso, la partió en cuatro y comenzó a picarla como un cocinero profesional. La segunda cebolla tenía un olor dulce y fuerte, que le penetró en sus fosas nasales provocándole un ligero hormigueo. La última cebolla era muy jugosa, y con el primer corte salpicó sus ojos de lleno y sintió como los tapones que tenía en los ojos saltaban por los aires, y cuando empezó a llorar, aquella extraña emoción que sintió delante del escaparate apareció de nuevo, y le puso nombre “autocompasión”. Toda la carga emocional brotó por sus ojos y estuvo llorando siete días con sus siete noches, vomitó lo inservible y cuando se miró en el espejo volvía a tener treinta y dos años, por dentro y por fuera. Había llegado el momento de poner a raya a su empatía.

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domingo, 16 de noviembre de 2014

El cartero.


La bicicleta le estaba pidiendo la jubilación anticipada, pero consideraba que todavía podía alargar un poco más su vida laboral. En la parte de atrás, llevaba enganchada la saca de las cartas y un callejero de la parte nueva del barrio. Todavía corrían los tiempos, en el que el medio de comunicarse por excelencia  era por carta y el cartero era una figura familiar para todo el vecindario, alguien al que  siempre esperaban a veces con ansiedad, a la espera de alguna noticia importante.

Siempre se imaginaba que noticias podían contener aquellos sobres, con sellos de distintos lugares del planeta. Se inventaba historias, malas y buenas noticias, confesiones de amor, adulterios, chismes, consejos, felicitaciones, y cuando las dejaba deslizar por la boca del buzón, realizando el mismo movimiento de muñeca una y otra vez, sentía una nostalgia profunda. Abandonaba en cada entrega los  recuerdos inventados, que en cada jornada de trabajo le hacían soñar.

Para saciar su curiosidad, tenía la posibilidad de leer cartas olvidadas, sobres con la dirección incorrecta o con un destinatario inexistente en aquel barrio, que nadie reclamaba en meses e incluso en años. El interior de aquellos sobres amarillos y polvorientos, le revelaban la vida  de otras personas y disfrutaba con cada palabra.

La caja que contenía las cartas sin rescate ya estaba llena y había transcurrido el tiempo suficiente, para que el cartero se las llevara a su casa. Sentía tanta curiosidad, que nada más entrar por la puerta, ya estaba abriendo la primera  de muchas mientras se  sacaba la chaqueta a  trompicones.
La primera venía de un pueblo de al lado, su contenido era aburrido, así que ni se molestó en terminarla. La segunda venía de Venezuela, emigrante que añoraba su tierra, su gente, su comida favorita; la tercera, una invitación para llorar en un funeral. Hubo una cuarta, una quinta, una sexta, hasta que llegó a la séptima, provocándole un estremecimiento brutal. La carta decía así:

                 “Estimado señor:
                  En cuanto a nuestro trato, recuerde que la fecha debe
                  de ser la acordada, el veinte de noviembre. Acuérdese
                  de la rosa. Que parezca un suicidio. Escríbame en cuanto
                  termine el trabajo”.
                  J.M.R.

Más que una carta, era un escueto telegrama. Nervioso miro el sello, venía de Barcelona, pero eso tampoco era de mucha ayuda. No podía acudir a la policía, ya que  eso de abrir correspondencia ajena, aunque nadie las  reclamara, no era del todo legal. Tampoco podía saber si ocurriría en aquel barrio, ya que el destinatario era erróneo. Solo tenía cuatro pistas, la fecha, la rosa, el origen y las iníciales J.M.R.

El veinte de noviembre estaba cerca. El cartero no sabía qué hacer. Guardo la carta en el sobre y la metió en la gaveta de su mesilla de noche, ocultándola debajo de una revista. La tarde se le hizo eterna. Le invadían millones de preguntas, hasta que decidió investigar un poco, le llamaba la idea de convertirse en un héroe y salvar la vida de aquella victima anónima.

Lo primero que hizo fue buscar si aquellas iníciales coincidían con el listado de nombres y direcciones que tenía de sus vecinos, que era de dudosa legalidad que lo tuviera en su casa, ya que no podía salir de las oficinas de correo. Había dos nombres que concordaban, pero ¿cuál de los dos sería? Dos nombres de varón; uno vivía con su mujer y dos hijos y el otro era viudo y vivía con su hermana y su cuñado.

Ya era tarde, así que dejo la investigación y se fue a la cama, aunque apenas pudo mantener los ojos cerrados. Faltaban dos días para el asesinato.

Por la mañana temprano, llamo a la oficina para decir que estaba enfermo. Anotó las direcciones en un papel y salió a la calle, bastante abrigado y la nariz colorada, que previamente había frotado con fuerza para parecer congestionado, por si se encontraba con algún compañero, así sería más creíble lo de su enfermedad. Caminó calle abajo. La casa del viudo no estaba muy lejos. Se situó delante de ella, en un lugar estratégico, dónde podía ver quien entraba y salía. Todo estaba tranquilo, hasta que vio llegar al cuñado, solo. Éste introdujo la llave en la cerradura y empujo la puerta, que cerró tras de sí. Al cabo de diez minutos, una  guapa señorita tocaba con sus nudillos la puerta del viudo, y ésta se abrió como por arte de magia, aunque pudo ver la aguileña nariz del cuñado asomando tímidamente. Todo apuntaba a que le era infiel a la hermana del viudo, o eso parecía, además de un posible móvil. Quizás el viudo había pillado a su cuñado infiel, y éste quisiera quitarlo de en medio.

Tres calles más abajo vivía el matrimonio, y allí que fue. Era una casa grande, con jardín delantero y un hermoso aguacatero. El buzón estaba muy cerca de la puerta de entrada, y en ese momento salía la esposa  a revisar si había correspondencia. Era una mujer hermosa, delicada en sus movimientos, elegante. Tras revisar el buzón, extrajo el contenido y tras echar un vistazo a su alrededor volvió a entrar en casa. El cartero se quedo allí un buen rato, sin ver nada interesante, así que se marchó.
Al día siguiente fue a trabajar, y después de terminar su ruta, volvió a visitar las dos casas, y esta vez con la ayuda de su uniforme podría acercarse más sin parecer un fisgón. Primero fue a la casa del viudo, y allí estaba sentado en un banco de piedra que tenían en un pequeño y feo jardín. El cartero y el viudo se saludaron y el primero agilizo el paso, hacia la  casa del matrimonio. No tenía mucho y solo quedaba un día para el asesinato. Cuando llego al domicilio, se acercó  a la puerta con la excusa de depositar un panfleto informativo sobre los nuevos servicios de correos y pudo observar que el buzón tenía un dibujo. Una rosa roja decoraba la tapa, no podía ser una coincidencia. Definitivamente estaba convencido de que al día siguiente, alguien iba a morir en aquella casa, pero ¿quién? ¿a quién quería ver cadáver el marido?

Se marchó a casa con unos milímetros menos de uñas. Tenía que hacer algo, evitar el asesinato, pero era cobarde, estaba muerto de miedo. ¿Qué podía hacer un hombre solo? Tampoco estaba seguro del todo, podrían ser simples coincidencias. Y pensando en los datos que tenía, ¿qué sentido tenía que el marido mandara la carta desde Barcelona? Y era evidente que el asesino vivía en las cercanías. Le dolía la cabeza debido a tanta emoción.

El día del crimen había llegado, y decidió hacer algo. Cogió una barra de metal y un espray de pimienta, regalo de su hermano, de cuando era vigilante nocturno. Se puso ropa  y calzado cómodos y se lanzó a la  calle. Llevaba la barra de metal metida en los pantalones y el espray en el bolsillo de la chaqueta, a mano, por si tenía que entrar en acción. Llegó a la casa, y no había movimiento. Estuvo rondando, paseando por delante durante un buen rato. La sed lo agobiaba, así que entró en el bar de la esquina a refrescarse, unos minutos, y cuando salió algunas ramas del aguacatero estaban partidas. Se acercó a la casa, llegó incluso a la puerta, y ésta estaba entreabierta, la habían forzado. Mil cosas le pasaron por la cabeza, pero entró con ímpetu sujetando la barra, dispuesto a reventarle la cabeza al homicida.

Del piso de arriba llegó un grito, un golpe y pisadas. Subió los escalones de dos en dos, de tres en tres. Los pasos venían de la habitación del fondo, cuando escuchó otro grito, entonces corrió sin pensárselo hacia ella con la barra por encima de la cabeza dispuesto a machacar al asesino, con el corazón a diez mil por hora. Entró como un vendaval, ciego de adrenalina, cuando….

¡Sorpresa!  Bienvenido al Club del Misterio. Has resuelto tu primer caso.

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Relato: "El cartero". por María Vanessa LLópez Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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