domingo, 13 de marzo de 2016

El duelo

                                Foto: Alejandro Alberto Gómez

Volviendo a casa, observé un hueco en las nubes, como si el impacto de un derechazo se hubiera estrellado contra el cielo. Mientras observaba el pasear del viento con las nubes, sentí un peso en mi brazo, era la soledad que de nuevo paseaba conmigo, anunciándome lo que me  esperaba en mi hogar, bajo las increíbles malabares de la naturaleza.

Cuando entré por la puerta, su ausencia me caló de lleno, sobre todo al contemplar el perchero solitario, sin su abrigo, sin sus pañuelos excesivamente grandes…Recordé sus palabras en mi oído, sus dedos en mi nuca, sus colores y olores; su música, su cuerpo y tantos recuerdos y aprendizajes, que marcaron mi persona, que llenaron los huecos de mi vida.

¿Cuánto se tarda en superar una pérdida? No la superas, simplemente te acostumbras a la ausencia, te acostumbras a no escuchar su voz, a no esperar una llamada; y en tu elección esta aceptarla como parte fundamental de la vida o hacer de tu vida un duelo sin salida.

A veces tengo miedo de olvidarla y otras de su recuerdo. La pérdida es un dolor único y sumamente impredecible; hay quién aprende a dosificarlo y hay personas que la convierten en un estado de autolesión, haciéndola crónica, otorgándole  poder. Te ataca cuando menos te lo esperas, con una frase, una melodía o un aroma, dejándote un hueco en el estómago con ansias de dolor.

Me senté en el sillón y cogí la foto, el recurso que tenía guardado para cuando la echaba de menos en exceso. Había capturado con su cámara  un paisaje realmente hermoso e inspirador. El lago rodeado de árboles y matorrales, que se contemplaban en el agua cristalina, y al fondo abrigadas por la espesura de la niebla, las montañas, adónde  según ella, acudían las gaviotas a morir. Y recuerdo ese día, sus caricias en el coche, el sexo antes de volver, el frío en las mejillas y esa sensación de estar lleno, que ahora echo demasiado de menos.

Me abruma mi vida sin ella, no logro acostumbrarme al silencio. Cada día moriría por escuchar su voz, por tomarme una taza de café en su armónica compañía, sería capaz de tatuarme su alma con la tinta de mi sangre para no sentirme solo, porque solo ella es la dueña de mi alegría.
Suelo quedarme dormido con la foto en mi pecho, y sueño con ella, con su imagen borrosa, con la belleza de sus suspiros y el caliente de su piel.

Y por fin el sonido de la llave girando en la  cerradura, me despierta.

- Te he echado mucho de menos.
- ¿Pero amor? si solo estuve fuera un par de horas.
- Para mí ha sido una vida entera.


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viernes, 12 de febrero de 2016

A por todas



Ya estaba en la recta final, y competía con dos compañeros por la beca. Debía de ser inteligente y escoger un tema diferente, algo tabú, inusual, y me acorde de una clase de sexología y conflictos de pareja, a la que había acudido hacia un par de meses. El tema a tratar eran las parafilias, algo así como desviaciones sexuales, y me pareció apropiado para mi trabajo final.

Yo sabía de buena tinta, que mis adversarios iban a por todas, así que yo tenía que ir más allá. Y se me ocurrió una gran, aunque descabellada idea, para ponerme a la cabeza.

En esto del sexo, siempre había sido práctico a la vez que básico, tampoco me habían demandado cosas extravagantes y yo no veía más allá de cuatro posturas y algún cachete que otro, hasta que fui a aquella clase. Empezaron a exponer distintas conductas sexuales, poco convencionales, aunque conocidas, como la coprofagia, la zoofilia o la asfixia sexual, hasta ahí bien, sin escándalos. Hasta que empezamos a profundizar en el tema, tan desconocido e inverosímil para mí. Más de cuarenta parafilias fueron explicadas, algunas con soporte visual, en aquella clase magistral de dos horas y cuarenta y cinco minutos. Salimos algo descolocados, hablando todos a la vez, la mayoría no teníamos conocimiento de cuan amplio era el tema.

Se trataba de meterme en el papel y documentar hasta el más mínimo detalle, dejarme piel y sangre si hacía falta. Navegando por la legalidad, me inscribí en las páginas que me interesaban, con seudónimos diferentes y en todos el mismo mensaje “ Chico discreto busca chica para ampliar horizontes” .

Al cabo de los días comencé a recibir respuestas. Respondí a algunos sutilmente, dejando la puerta entreabierta, y después de sopesar las opciones, comencé con la escatofilia telefónica, y para mi gusto nada sensual. Se trataba simplemente de una llamada de teléfono, fácil, así que marqué el tercer número de mi lista de respuestas, dispuesto a todo. La voz del otro lado, nada más descolgar el aparato, comenzó a insultarme, a humillarme. Con un tono bastante desagradable, me amenazaba con localizar mi llamada, con encontrarme y entonces cortarme los testículos; me llamo “tío mierda”, enfermo, me maldijo con hijos enfermos, creo que hasta me insulto en alemán o sueco, no estoy seguro…y mientras, ella se masturbaba. Yo estaba atónito, aguantando el tipo, porque de lo que me daban ganas era de mandarla a la mierda, pero en lugar de eso, tuve que devolverle los insultos y hasta me atreví con alguna amenaza; y ella al otro lado toda arrebatada de placer. Fui bastante torpe, al lado de lo que salió de su boca, lo que yo le decía, parecía dulce poesía, aunque al final me vine arriba.

Aunque me desahogué verbalmente, mi libido no subió ni una milésima, ni siquiera cuando oí sus gemidos y suspiros. Cuando la voz del otro lado estuvo satisfecha, simplemente colgó, ni un triste gracias. Yo me quedé extraño, pero tenía claro que simplemente iban a ser las actuaciones estelares de mi vida, así que me hice a la idea de vivir con esa extrañeza hasta que finiquitara el proyecto.
La siguiente parafilia de mi lista, la mecafilia, me causaba una inmensa curiosidad. Los contactos de la página tenían una atracción fatal por las máquinas, por ejemplo un exprimidor, un tostador…antes o durante el coito. Curioseé un poco, para saber de qué manera uno tenía que ponerse en contacto para tal evento, no sabía cómo ofrecerme, que palabras utilizar. Cuando lo tuve claro, me puse en contacto con Lucy89, que me había escrito varias veces. Quedamos en un hotelito barato del centro, y cada uno teníamos que llevar a nuestra máquina más seductora. Yo busqué en casa, algo “sexy”, y me decanté por un despertador digital; se me ocurrió decirle que me excitaba el sonido de la alarma.
Con mi despertador en la mochila, me fui a cumplir con mi segunda función parafilica. Estaba nervioso, intentando que no se me notara que estaba nervioso, y más nervioso me puse. Y todavía más nervioso, cuando me abrió la puerta de la habitación mi prima Lucia con una batidora en la mano y un camisón transparente color fucsia. La situación se quedo paralizada, me quede verde, amarillo y ella pobrecita se me echó a llorar. Entré en la habitación, nos repusimos del impacto, dimos nuestras respectivas explicaciones, aunque la suya me dejo flipado, y me dio una entrevista fantástica sobre su parafilia. Me marché y allí la dejé con su batidora.

Ya iban dos, el proyecto empezaba a tomar forma. La tercera parafilia, la coulrofilia, me salió un poco cara. Tuve que comprarme un traje de payaso, disfraz no, traje, muy bonito pero…Para la cita me tenía que poner el traje, hacer algunos trucos y lo que surgiera, para satisfacer los deseos sexuales de Amalita10. Cuando llegué a su casa, en el pomo había una bocina con un letrerito que ponía “hazla sonar”, y así lo hice. La puerta se abrió, y una despampánate rubia me  recibió con miles de globos…mi cara era un cuadro. En los mensajes, habíamos acordado que ella daría las órdenes, y yo simplemente las acataría. Fuimos al dormitorio y se acostó en la cama. Primero quiso globoflexia (había practicado), luego unos chistes verdes, malabares nivel 1,un par de caídas y la tenía en el bote. Agarró unos de los pompones de mi camisa, y me arrastró a la cama. Amalita estaba fuera de sí, loca por poseer al payaso. No me dejo ni quitarme el traje, y con él puesto me era imposible realizar ningún movimiento. Ella lo hizo todo, mientras yo tenía que cantar “titititiriti tititiriti”. Esa parte fue rápida, y por primera vez en mi vida me sentí utilizado.

Después  de esta  tercera, continué con la hierofilia. Acudí a la cita con una biblia, un crucifijo y música gregoriana, lo que me habían pedido. Quedamos en una pequeña parroquia, charlamos sobre nuestras vivencias religiosas y nos fuimos a su casa. Para excitarla leí algunos salmos, con el crucifijo colgando de mi cuello, y hasta tuve que decirle algunas oraciones en latín, con las que sucumbió a mis encantos, escuchando de fondo los cantos  gregorianos. Tuve que concentrarme mucho para poder cumplir con sus expectativas y escapé por los pelos. Sexo casi fácil.

La siguiente parafilia de mi lista, era la formicofilia, dónde los caracoles y las hormigas, además de otros animalitos pequeños, son el foco de la excitación sexual. Encontré a una mujer muy interesada en los caracoles, y yo conseguí tres caracoles como tres pelotas de golf. Y allí que me fui con mis amiguitos en un tarro de cristal. Antes de salir de casa, quise probar y coloqué a uno de los dulces caracoles sobre mi pezón derecho, por ver si me provocaba algo de excitación pero no sentí nada, y cuando me dispuse a dejarlo pasear por mi pene, entre la pena por el bicho y el asco, no pude.

Fauna2 era bastante callada. La recogí, nos fuimos a una pensión y estuve una hora paseándole los caracoles por los pechos, el vientre, el pubis, el clítoris, el perineo, las orejas…yo repugnado, y ella fuera de sí. Por suerte esta cita no requería de una erección por mi parte, y cuando terminó de aprovecharse de los bichitos, me pidió que la llevara a su casa. Todo el camino callada, como un caracol.

Intenté probar con la salirofilia, pero no pude. Cuando llegó el momento, después de haber estado en una sauna, y me pidió que le llenará la boca de saliva, con el sudor de mi cara cayendo sobre la suya, me dio tanto asco que me tuve que ir.

La última que iba a poner en mi proyecto era la travestofilia. Me tuve que comprar un conjunto sexy de ropa interior femenina, y acudir a mi cita con él puesto. Nos encontramos en una plaza y dimos un paseo. El hecho de que ella supiera que llevaba aquel incómodo conjunto puesto, le ponía los ojos en blanco. Durante el paseo, me fue narrando con todo lujo de detalles lo que me iba a hacer; y mira por dónde ahí tenía otra parafilia, narratofilia. Esa mujer se deshizo en palabras sucias e historias pornográficas, hasta que llegamos a su casa. A partir de ahí todo fue lujuria, perversión, pasión desenfrenada, ya no me importaba llevar aquel conjuntito sexy; que entrega, que final.

Terminé mi proyecto, conseguí la beca y me di cuenta de lo que me excitaba llevar puesto un sexy conjuntito.

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domingo, 24 de enero de 2016

El reparto



Era la última entrega del día, y para colmo era bastante lejos, aunque dentro de nuestro rango de reparto. Cargué la maleta de la moto con las berenjenas a la parmesana con guarnición, mus de plátano, pan de ajo y dos botellas de treinta y tres centilitros de jugo de arándanos. Y me puse en camino con la dirección en mente: Polígono Industrial de la Química; parcelas y parcelas minadas de edificios dedicados a la industria farmacéutica y médica: laboratorios, venta de artículos sanitarios, distribuidoras, investigación, y allí que me fui con la cena sobre ruedas.

La moto no tiraba mucho, así que me aprendí todos los atajos, aunque algunos no estaban destinados para la circulación de motocicletas. Antes de llegar al polígono había un camino de tierra, no muy largo, e inexplicablemente el único tramo sin luz, que te ponía los pelos de punta, ya que era una zona bastante solitaria y más a aquellas horas. Mi destino estaba cerca, parcela cuatro, avenida principal, número doce. Era un edificio con varias oficinas, con un pequeño aparcamiento, donde solo había un solitario coche y un cartel que ponía Solo para empleados de Psicotex.

Cogí la cena, aún caliente y toque el timbre. Una voz femenina me atendió, indicándome que me dirigiera a la oficina número diez. Llegué a la puerta y toque suavemente, había más que silencio, parecía un hospital, y la voz femenina me dio permiso para entrar. No vi a nadie, y en cuestión de segundos un terrible dolor en la cabeza hizo que me desvaneciera, supongo que me desmayé. Cuando volví en mí, estaba confuso, veía borroso, sentía presión en las muñecas y tobillos, y mi corazón comenzó a bombear con fuerza.

Estaba atado a lo que parecía un sillón, como los de las clínicas dentales. Comencé a sudar, a respirar fuertemente, preparándome para pelear, para huir, pero no podía. Mientras pensaba sin pensar, escuchaba muebles arrastrándose, portazos, susurros, guantes de látex chocando contra una muñeca, y yo no podía emitir sonido alguno, el miedo había paralizado a mis cuerdas vocales. De repente un alarido llego a mis oídos, provocándome más ansiedad, más sudor, más aumento de la respiración, sin poder gritar, sin saber que iba a ser de mí, cuando mis esfínteres asustados no aguantaron más. Estaba literalmente cagado de miedo.

El sudor me salía a borbotones. Después de un rato sin escuchar nada, sentí una presencia detrás de mí, no podía girarme pero sentía su respiración, y volvieron los alaridos, acompañados de sonidos parecidos a los taladros de los dentistas, y más gritos, llantos y portazos. Yo estaba al borde de la locura, pensé en mi madre, en mi perro, en que esa noche no me tocaba a mí el turno, en lo que me iban a hacer cuando terminaran con el pobre que gritaba. Me iban a torturar.

Apretaba tantos los dientes, que me partí una muela. La tensión  casi me había  paralizado los músculos, estaba totalmente rígido y dolorido, cuando un foco de luz muy potente me alumbro directamente a la cara. A pesar de tener las pupilas dilatadas a su máxima potencia, no podía ver nada, pero si oír las ruedas de una mesa acercándose, de nuevo la respiración pero más fuerte. Comencé a temblar, mis piernas se movían involuntariamente con pequeños espasmos, tanto que movía el sillón, y completamente aterrorizado me puse a llorar, mientras escuchaba de nuevo los gritos y cerca de mí sonidos de metales, de una radio con interferencias, muebles siendo arrastrados, hasta me pareció escuchar el agua de un grifo. Y con todos esos estímulos mi corazón estaba a punto de reventar, a punto de rendirse a la  arritmia, cuando de nuevo sentí un tremendo dolor de cabeza, y supongo que me volví a desmayar.

Cuando me desperté estaba tirado en el suelo, al lado de la puerta, dolorido, débil y lo veía todo borroso. Tenía miedo de moverme, me hubiera hecho una bolita y me hubiera quedado allí hasta que me encontrarán. Todo mi ser apestaba a desechos humanos. Cuando recupere la realidad, me levanté como pude sin mirar atrás, me toqué por todas partes para comprobar que no me faltaba ningún miembro. Me dirigí al pomo de la puerta para largarme de allí, cuando vi en el pequeño  mostrador de la entrada, el dinero de la cena sobre el recibo, donde habían escrito: quédate con la vuelta. Lo cogí  y sumamente desconcertado salí, y mientras cerraba la puerta tras de mí pude leer en el cristal: LABORATORIO DEL MIEDO.

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sábado, 19 de diciembre de 2015

Huele peste



Llevaba meses pendiente de esa casa. Tenía la mejor orientación de todo el vecindario y un jardín sublime; dos plantas más un altillo, cinco habitaciones, tres baños, un salón como el de una academia de baile, una cocina con lo último de lo último y una hermosa isleta ocupando el centro. La ubicación era perfecta, casi increíble y yo me llevaría una enorme comisión si la vendía en un mes.
Por fin tenía las llaves en mi poder, era mía y con ella la suculenta recompensa. Me gustaba visitar las casas antes de enseñarlas, para comprobar que todo estuviera en orden, colocar un poco de sutil ambientador y abrir las ventanas para que saliera el olor de la soledad.

Cuando metí la llave en la cerradura y la gire, todo mi ser inhalo la peor de las pestes. Nunca un olor me había provocado antes náuseas, lo que me condujo a la arcada, terminando inevitablemente mi desayuno, en el felpudo de la entrada, un comienzo nada halagüeño. Me quité la corbata para usarla como máscara de gas y entre convencido de que me iba a encontrar un cadáver en algún lugar de aquella casa, nunca había olido la muerte, pero ese olor tan pestilente no podía ser sino el de un cuerpo en descomposición.

No quería tocar nada, hasta estar seguro de que no había ningún cadáver degollado o mutilado, por si tenía que llamar a la ley. Saqué la linterna del llavero y fui examinando cada habitación, rincón y agujero de aquella apestosa casa, y no hallé nada.

Abrí la puerta del salón que daba al jardín y pude respirar sin envenenarme las fosas nasales, y sentí el alivio más grande que he experimentado hasta ahora. Me armé de valor y abrí el resto de las ventanas, con lo que conseguí aliviar un poco la peste, pero solo un poco. Aquel terrible olor nauseabundo se había pegado a mi ropa y a mi pelo, a los pelillos de mi nariz, era casi insoportable, y sobre todo un misterio que tenía que resolver y ventilar en dos días.

Comencé mirando en los baños, dentro de los armarios, gavetas, detrás de los muebles, en la lavadora, la nevera, el horno, el altillo, me volví loco, y nada. Revisé los muebles de la cocina más de cinco veces, ya que era la instancia de la casa que más peste desprendía, así que  me centré en ella, eliminando el resto  de la casa de mi plan de trabajo. Volví a repasar cada rincón de aquella moderna cocina y nada de nada, así que se me ocurrió que quizás debajo de los tablones del parqué, podían estar descansando en paz algunas ratas, y de ahí aquel olor que te daba ganas de llorar.

Me quité el traje, la camisa y aunque me lo pensé dos veces me dejé puestos los calzoncillos y los calcetines, y antes de ponerme manos a la obra, me contemplé desde arriba y sin poderlo evitar, me reí de mismo. Con la ayuda de un cuchillo de punta redonda y un pequeño martillo, fui levantando una por una aquellas tablillas de color gris ceniza. Después de quitar compulsivamente más de una veintena, me agaché y con la linterna pude comprobar que debajo de aquellas tablas no había ningún cementerio, solo restos de las losetas setenteras originales de la propiedad. Estaba agotado y asqueado, pero aún así dejé el suelo como estaba, mientras pensaba en otras posibilidades, totalmente cubierto de sudor  e inhalando  aquella peste.

No se me ocurría nada. Pensé que se me podía a ver pasado algún rincón, alguna puerta secreta, así que volví a examinar la vivienda de nuevo, sin resultados óptimos. Estaba al borde de la desesperación y a punto de perder el olfato, cuando vi una solitaria y olvidada fregona en un rincón, y lo vi claro, había llegado el momento de desinfectar la  casa de arriba a abajo. Me duché y envolví mi cuerpo mojado en un rollo de papel de cocina, y con el traje puesto, sin calzoncillos ni calcetines me tiré a la calle en busca de una tienda, en busca de todos los productos desinfectantes que existieran.

Cuando volví con todo lo que pude conseguir, desde lejía con perfume limón hasta amoniaco, me volví a quitar el traje, y como mi madre me lanzó al mundo y con la peste metida en la nariz comencé con el zafarrancho de limpieza, y como acompañamiento de fondo  “I want to break free”. Dejé para el final la cocina, la instancia más perjudicada. La repasé con estropajos, eché el líquido que me recomendó el simpático chaval de la tienda por el desagüe del fregadero, limpié el horno y la nevera, y fregué el suelo tres veces con una mezcla explosiva: lejía, amoníaco, sotal y fregasuelos con aroma a rosas. Olía a rayos e incluso se podía ver como del cubo de fregar emanaba una densa neblina, pues ni eso hizo desaparecer el terrible olor que seguía inundando la casa.

Ya no sabía que más hacer, la peste me había vencido, me podía olvidar de la venta y la jugosa comisión, y tal fue la decepción, que aún a riesgo de coger la peor de las infecciones, me senté desnudo en el suelo a regocijarme en mi derrota. Mire hacia arriba, rodee con la mirada la estancia, y me di cuenta de que había un pequeño armario al lado del extractor, sin tirador, casi imperceptible, a simple vista parecía una chapa sin más, algo decorativo.

La esperanza me incorporó del suelo, y con la ayuda de un taburete alcancé el armarito. En ese punto la peste era insoportable, así que asqueado pero alegre, lo abrí y me vomité. Era como si una nube del infierno hubiera salido de aquel pequeño armario, y aunque ya no tenía nada en el estomago, continué con arcadas, y no tuve más remedio que improvisarme otra máscara de gas con los calzoncillos, olor que prefería un trillón de veces. Volví al armarito, y con la ayuda de las servilletas, saqué un pequeño bulto envuelto en un forro de plástico muy fino, sin duda el origen de aquella tremenda peste.

Me daba curiosidad ver lo que era, ver qué era lo que me tenía allí desnudo, con mi ropa interior tapando mi nariz y mi boca, desquiciado, con amagos de desmayo. Al retirar el envoltorio, simple y llanamente era un trozo de queso, un trozo de queso apestoso, y no me podía imaginar a un ser humano, cuerdo o no, comiéndose aquello. Pletórico  por haber dado con el problema, envolví el queso, y metido en una bolsa se fue a la basura, con parte de mi asco. Volví a limpiar toda la cocina, y por supuesto el armarito paso por diez  desinfecciones concienzudas, y el olor fue desapareciendo. Y después de capas de lejía y ambientador, por fin, la casa ya estaba lista para darme la comisión.

Con el tiempo supe por el antiguo dueño de la casa, que ese queso apestoso era inglés y se conocía como “Obispo Apestoso”, bastante codiciado por los sibaritas del queso; yo a raíz de aquella apestosa experiencia tengo rechazo absoluto hacia el queso, en cualquiera de sus variantes, porque hasta el de olor más suave me recuerda al día más apestoso de mi vida.




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lunes, 16 de noviembre de 2015

La separación.



Llevaba tiempo, rondando en mi pensamiento, la idea de cambiarlo, pero no porque yo no lo quisiera, era él. Primero me quitó la palabra, y lo que vino después me hizo plantearme el cambio, por su bien. Le debía mucho, y en muy pocas ocasiones le agradecí los incontables momentos en los que estuvo ahí, escuchándome, riéndose conmigo de la vida, llorándole juntos a la muerte. Siempre lo había tenido ahí para mí, para mi egoísmo y podría tener una infinidad de motivos para querer salir de mi vida.

Los dolores en el pecho eran insoportables, a veces hasta se podía ver como se retorcía debajo de mis tejidos y podía sentir su dolor, sus ganas de escapar. Tanto fue así, que en una ocasión lo vomité. Había sido un día largo y tedioso, lleno de conflictos, de mala meteorología, de comer rápido y no poder ni siquiera ir al baño a eliminar toxinas. Cuando llegó la hora de la cena, parecía que me colgaba del cuello un collar con un yunque como medallón, estaba cansado y la cena fue agotadora, tanto que seguidamente me tuve que acostar. El dolor del pecho contagió al resto de mi cuerpo, y aparecieron náuseas y sudores fríos; a duras penas llegué al baño  y delante del espejo contemplando el color casi cianótico de mi piel, vomité, pero no la cena. Bajo mi aterrada mirada, se lanzaba desde mi boca mi pequeño y sufrido corazón, por suerte no se había desprendido del todo de mí, colgaba de una pequeña y fina tripa, y de un empujón me lo volví a tragar. Comprendí que sufría un cuadro grave de ansiedad, que estaba al borde del suicidio, así que había llegado el momento de pagarle mi deuda.

Me dedique a él, a buscarle un nuevo compañero. Acudí a la  calle de los bazares y me fije detenidamente en todas y cada una de las vitrinas, hasta que leí lo que estaba buscando en el local número veintidós. Al entrar recibí una mezcla de  olores, repugnantes a la par que agradables, y el saludo amable de la dependienta. Una señora de un metro y medio más o menos de estatura, rondando los sesenta, con unos pechos bastantes voluminosos, pelo corto, rubio platino, y sus ojos eran fascinantes; era como si se hubieran mezclado todos las tonalidades del color azul en sus pupilas, y eran unos ojos adorables, al mirarlos te entraba la necesidad de contarle toda tu vida, todos tus inconfesables deseos y más.

Después de curiosear por la tienda, me dirigí a la sonrosada mujer y le expuse mi caso. Le indiqué que mirara a mi pecho, para que comprobara la veracidad de lo que le había contado: mi corazón ya no me soportaba; ahí seguía luchando por salir de mi ser. La dependienta no me hizo muchas preguntas, estaba bastante claro, así que me dio unos formularios que tenía que rellenar y una hoja en blanco para que plasmase en él, un inventario sobre mi corazón.
Rellené los formularios, los dejé encima del mostrador y me fui a casa a hacer el inventario. Me quedaba una noche muy larga por delante, inventariando treinta y ocho años en su compañía. Arrastre la silla hasta la mesa de la salita, y me dispuse a escribir bajo la atenta mirada de mi corazón.

1. Kilos y kilos de humo.
2. Millones de horas de esfuerzo.
3. Cuatro muertes.
4. Grasas saturadas.
5. Mucho azúcar refinado.
6. Música (adjunto la banda sonora  de su vida).
7. Toneladas de orgasmos.
8. Tres hiperventilaciones.
9. La mitad de mis responsabilidades.
10. Cansancio.
11. Amor del bueno y amor del malo (más del primero, afortunadamente).
12. Rencores, arrepentimientos, quejas, justicia.
13. Jolgorios, reencuentros y despedidas (hasta nunca y hasta siempre)
14. Muchos momentos de felicidad absoluta, sin conservantes ni colorantes.
15. Dietas y empachos.
16. Dolor físico y dolor del otro.
17. Colores y olores.
18. Satisfacciones personales y ajenas.
19. Toneladas de palabras.
20. De emociones va cargado.
21. Sustos, caídas, picores.
22. Cicatrices de sutura.
23. Películas, fotos, voces.
24. Mascotas.
25. Libros.
26. Tormentas con sus calmas.

Seguramente se me quedaban muchas cosas, pero lo importante estaba.

Al día siguiente, a media mañana, casi arrastrándome del dolor, llegué a la calle de los bazares. En la puerta del veintidós colgaba un cartel “vuelvo en media hora”, y el corazón se me agito, ya no le quedaba ni un gramo de paciencia. Fueron los treinta minutos más lentos de toda nuestra vida.
Cuando llegó la amable dependienta, la fatiga me tenía buscando puntos de apoyo para no desmoronarme. Nada más entrar me ofreció una silla y un vaso de agua mezclado con unas hierbas “secreto de la casa”; al tercer sorbo mi corazón se había calmado milagrosamente. La dependienta me indicó que tendría que llevarme una bolsita de aquel remedio mágico, porque esto de cambiar de corazón no se hacía de un instante a otro, y lo iba a necesitar. Después de leer el inventario, resolvió el misterio del por qué mi corazón ya no quería estar conmigo. En aquella lista no aparecían por ningún lado el deseo y la pasión, y sin eso un corazón se deprime, aunque hubiera hecho lo que había inventariado y más, sin esas dos cosas, todo quedaba en balde. Por desgracia, por mucho empeño que pusiera en dárselo, ya era tarde. Pero todavía no se iba a producir la despedida, la amable señora tenía que enviar el inventario y los formularios a la caja central de corazones, y esperar a que le dieran noticias de uno adecuado para mí, y claro está, encontrar un huésped adecuado para el que todavía era mi corazón.

La bebida de contenido misterioso, la tenía que ingerir tres veces al día para mantener al dolor de mi corazón a raya, aunque esos momentos de paz eran quizás aún más desesperantes, porque sentía muerto a mi corazón. Repase desesperadamente mi vida, buscando el por qué de esas ausencias y las encontré. Hasta ese momento controlaba todo lo que ocurría a mi alrededor, no me permitía un mal paso, no me dejaba llevar por el momento, ni saltaba al vacio de la incertidumbre sin asegurarme primero, de que al llegar encontraría un buen colchón en el que aterrizar; nunca había sido libre del todo y mi pecho se  había convertido en una prisión para él, en definitiva había privado a mi corazón de la verdadera sal de la vida.

Y yo no quería a otro, lo quería a él. Le prometí una y otra vez deseo, pasiones, palpitaciones de pura emoción; le prometí saltos al vacío, sin control, sin futuro, solo presente. Le prometí y prometí, sin respuesta, pero no me di por vencido, porque valía la pena agotarme hasta la  extenuación, si conseguía que aquel magnífico y perfecto corazón se quedara conmigo. Le prometí y prometí hasta que me preguntó: “¿promesas de  las buenas o promesas de las desesperadas?” Ya me había olvidado del sonido de su voz, y al oírla de nuevo mis ojos se rompieron en lágrimas de desconsuelo, como si mi vida dependiera de esa respuesta, y grité con la mayor de las pasiones: ¡de las buenas, de las buenas! ¡Te lo prometo por mi vida, que sin ti no tendría rumbo!

A la  mañana siguiente  acudimos a la calle de los bazares, al local número  veintidós. Entramos con ímpetu y bajo la encantadora mirada de la dependienta, dijimos al unísono: “venimos a anular nuestro contrato de separación y nos llevamos otra bolsita del secreto de la casa, o mejor dos. Por favor”.

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domingo, 8 de noviembre de 2015

Apagón



Aquella estructura no había sido levantada para tal fin, pero con el tiempo se convirtió en mi hogar, en mi destartalado hogar. Nació siendo una parada de camiones  hasta que mi familia, a la que yo por aquel entonces todavía no conocía, compró el terreno, y poco a poco, ladrillo a ladrillo fueron convirtiendo a aquel inmenso garaje en una casa de tres plantas, de dudosa fiabilidad, en cuanto a estructura se refiere. La mezcla de opiniones, los que decían ser albañiles con el lema de “ustedes no saben nada, el albañil soy yo” y los materiales cogidos prestados de otras obras, además de muchas manos que con buena voluntad contribuyeron con sus conocimientos, a convertir a aquel pequeño edificio en algo destartalado e inestable, de esas casas que nunca se terminan  de arreglar.

La casa tenía un sinfín de recovecos. Se perdían cosas, no solo pequeñas, también grandes, como un equipo de música, sillas, conejos, parecía cosa de magia. Había lugares a miles para guardar lo que quisieras, incluso si te escondías podían tardar días en encontrarte. A parte de los seres humanos que allí vivíamos, nueve en total, nos acompañaban gatos, perros, pájaros, un hurón agresivo y una población entera de cucarachas, voladoras incluidas, así que crecimos con el miedo de que algún día se te metieran en la boca mientras dormías y te convirtieras en una de ellas, como en la película La Mosca, o en el zapato que te fueras a poner. Pero intentábamos convivir todos en armonía.

La casa no evolucionó. No sé porque motivo, nos quedamos sumidos en lo retro. Éramos los únicos vecinos de la calle, supongo que también del barrio y del resto del mundo, que aún vivíamos con ciento veinticinco vatios de luz. Nada más entrar por el zaguán, te topabas con transformadores de la luz, y avanzabas por  la  casa y habían más y más, parecía que crecían de forma natural en el suelo y las paredes. Fuera lo que fuéramos a utilizar teníamos que estar siempre transformando vatios, llevando a  aquellos pesados artefactos contigo a todas partes. Utilizar el secador del pelo era toda una odisea, tenías que empezar horas antes, ya que era un baile de apaga y enciende que se podía alargar horas; cuando teníamos algún evento familiar nos levantábamos cuando todavía no había salido el sol, para comenzar con ese movimiento de transformadores y estar preparados a tiempo.

Y utilizar la lavadora, ya ni les cuento.

Esto de la luz, aunque a veces era bastante insufrible, tenía su lado divertido. La instalación eléctrica vieja y aburrida, a veces nos ofrecía momentos inolvidables. Los plomos estaban en el piso de abajo, justo al lado de la puerta de entrada, que pedía a gritos una mano de pintura, y ubicados a su vez al lado de una pecera, con agua pero sin habitantes, por lo menos no con branquias. Cuando en la casa había muchos aparatos funcionando a la vez, la instalación eléctrica no lo soportaba  y saltaba la palanca, o como se gritaba en mi casa ¡se saltaron los plomos!

Cuando se escuchaba esa frase a grito pelado, poníamos en práctica un plan de acción que teníamos toda la familia en caso de apagón, éramos como un equipo de asalto, sobre todo por la noche. Primero teníamos que asegurarnos  de que no era un apagón general, y para ello íbamos a la azotea y nos asomábamos  a la calle para comprobar si las otras casas  y las pocas farolas que había en la vía pública tenían luz; en el caso de que fuera un apagón general, simplemente nos tocaba esperar. Sacábamos el alijo de velas, fósforos y platitos de café, y la casa se convertía en una iglesia el día de todos los santos. Mientras se comenzaban a consumir las velas, derramándose en los platitos, se iban proyectando sombras en las paredes, y acompañadas de los brillantes y perfectos ojos de los gatos, doce ojos en total, que te observaban desde los lugares más inexplicables, sentías un escalofrío de miedo absoluto. Ya en ese momento intentabas anticiparte a los sustos, pero sin resultados, de repente una mano te agarraba la nuca en plena oscuridad, provocando el aceleramiento del pulso a  velocidades insospechadas o te susurraban al oído “voy a por ti”, provocó que mi vejiga estuviera a punto de tirar la toalla en más de un apagón.

En alguna ocasión se frieron papas a la lumbre de las velas, era un momento de libertad total, de comer piñas de millo asadas con mantequilla. Saltábamos en las camas, nos pegábamos con ganas  para luego escondernos, salíamos a la azotea con los platitos, descalzos y nos poníamos cera en los  dedos  de las manos, y hacíamos como si nos despellejáramos vivos. Y la casa nos guardaba otra increíble diversión. Una  curiosidad magnifica, deseo de cualquier niño que no fuera alérgico a las tizas. Las puertas de mi casa, eran una combinación de cristal, de mitad para arriba, y aunque parezca increíble, de mitad para abajo eran una pizarra, y en la oscuridad podíamos dibujar y escribir lo primero que nos viniera a nuestras curiosas y depravadas mentes infantiles: las palabras puta y coño no faltaban, acompañadas de risitas malévolas.

Pero si te asomabas por la azotea y comprobabas que en el resto de las viviendas se gozaba de luz, y que el alumbrado funcionaba perfectamente, teníamos que pasar a otro plan. Como la caja de los plomos estaba abajo, teníamos que bajar dieciocho escalones a la luz de las velas, porque curiosamente no había ninguna linterna en mi casa. Hasta ahí bien, pero ahora entran en juego la comarca de cucarachas que inundaban esa parte de mi hogar. El centro de la vivienda tenía un amplio patio, que sin luz era aterrador. Bajo el silencio escuchabas a los pájaros raspando con sus uñitas el suelo de las jaulas, y podías escuchar el murmullo de las cucarachas caminando a sus anchas. Y había que decidir quién bajaba. Como mis padres querían que fuéramos valientes nos mandaban a nosotros, con una vela cada uno y con muchas ganas de llorar. Bajábamos muy pegaditos, casi a empujones, y aquella escalera se hacía interminable. Peldaño a peldaño, te daba la sensación de que ya tenías el cuerpo lleno de cucarachas, y te daban más ganas de llorar. Lo peor era cuando pasaban a tu lado volando, oías su aleteo, sintiendo una tenue brisa desprendida por su exoesqueleto aerodinámico y enfocabas con la llama para contemplar al insecto repugnante que convivía contigo; en ese momento lo soltabas todo y bajabas los escalones de tres en tres.

Antes de llegar a los plomos, a la palanca que nos salvaría el corazón de morir de un susto, llegábamos al patio, sombrío, y abríamos la puerta para cruzar el largo zaguán. El techo era falso, para ser más precisos de láminas de corcho, era espantoso  y allí en el espacio que había entre el techo falso y el de verdad, vivían el grueso de la colonia de cucarachas. El sonido era espeluznante, te las  imaginabas conglomeradas, pisándose las unas a las otras, y te daban más ganas de llorar, y te sentías desgraciado por no tener doscientos veinte vatios. Por fin cuando llegabas a la  caja y la abrías con cuidado, te podías encontrar con una sorpresa llena de pequeñas patitas,  o con una sorpresa no tan asquerosa pero difícil de digerir; a veces era tal la sobrecarga para los viejos y cansados plomos, que la palanca se resistía a subir, y teníamos que esperar, con ganas de llorar, porque  teníamos que atravesar de  nuevo el campo de batalla, para volver a bajar cuando mis padres consideraban que ya la palanca subiría sin oponer resistencia. La sensación de bichos caminado por tu espalda no se te quitaba hasta que te dormías.

Cuando todo terminaba, y se hacia la luz, venía lo divertido. Mis padres nos narraban con todo lujo de detalle, nuestros gritos y como subíamos atropellados por las escaleras, cual manada de ñus, con ganas de llorar. A pesar del asco y los sustos tenía su lado divertido y momentos de un valor incalculable, porque  un apagón en mi casa era como estar en Navidad.



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Relato: "Apagón". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
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jueves, 24 de septiembre de 2015

Pánico




A pesar de que era pequeño, recuerdo el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando nos encontramos por primera vez. Mis padres me la presentaron cuando nos mudamos de casa, y se convirtió en una amiga inseparable de la familia, aunque yo desconfiaba de su amistad.

Aunque con los años aprendí que la primera impresión no es la que cuenta, la que ella me transmitió no fue muy positiva, por no decir nada. Le cogí manía desde el principio, y la evitaba siempre que podía. A veces es muy difícil cambiar la opinión que tienes de alguien, y yo ya la había etiqueta como no-grata, antipática, fría y calculadora. Cuando pasaba a su lado me daba grima solo pensar que podía rozarme con ella; su sola presencia me causaba un susto tremendo, ese aspecto frío, como de muñeca de porcelana, mirándome fijamente, esperando a que yo diera el primer paso y le abriera los brazos de par en par, pero me resistía como un pulpo agarrado a la roca.

Su voz era espantosa, hacia mucho ruido, tenía la necesidad de que todos los habitantes de la casa supiéramos que estaba allí, en nuestras vidas, viviendo con nuestros secretos más íntimos, conversaciones, penas, alegrías y dolores. Era como una espía infiltrada en mi hogar, en mi corazón, que cada vez que la oía o sentía su presencia cerca se ponía a brincar dentro de mi pequeño  esternón, y me daba miedo que al ser tan pequeño no pudiera aguantar tanta agitación, tanto asco, y pudiera explotar en cualquier momento.

En alguna ocasión provocó mi llanto, fuerte, de puro pánico, y mis padres intentaban explicarme que ella era así, que no le diera importancia. Insistían en que intentará ver su lado bueno, compasiva, siempre dispuesta ayudar, siempre ahí esperando para darnos su consejo, para calmarnos el dolor y ofrecernos los mejores momentos del día. Pero no lo podía ver, me parecía hasta desagradable que mi familia, mis propios padres, adultos, vividos, no vieran lo que yo veía. Era sucia, maloliente y descarada, y no la quería en nuestras vidas.

Y que mala suerte la mía, cuando supe que provenía de una enorme familia, se multiplicaban y multiplicaban, y fuera a dónde fuera casualmente nos encontrábamos con uno de sus parientes; parecían todos cortados por la misma tijera, y me sentí muy desgraciado, como si hubiera  un complot hacia mi pequeña persona. Era tanta la aversión que sentía que las pesadillas se sucedían una  noche tras otra, oía su voz llamándome, podía incluso oler su fétido aliento, y siempre me quería atrapar entre su frío y pálido cuerpo; me despertaba empapado en sudor, completamente en un  estado de pánico total, que a mis padres les costaba una noche de insomnio.

Sin el apoyo de mis progenitores estaba perdido. La ausencia de comprensión hacia mis temores, estar solo ante mis miedos, comenzó a inclinarme hacia la aceptación. Me resigné y sin otra salida, sin tener en mi poder ningún plan “b”, sucumbí a la simpatía por aquel ser que me había atemorizado durante meses.

Con el paso de los días, nos hicimos grandes amigos, se podría decir, aunque parezca increíble, que me obsesioné con su compañía, no me podía despegar de ella; hasta que sin darme cuenta comencé a verla como un miembro más de la familia, vital para nuestro día a día.

A medida que fui creciendo, compartí con ella momentos inolvidables, pensamientos, lágrimas, abrazos. Ella me ayudo a quitarme muchos pesos de encima, sujetó mi frente en miles de ocasiones, me ayudo a terminar decenas de libros y unos cuantos crucigramas e incluso a tomar decisiones importantes.

Cuando abandoné la casa de mis padres, tuve la necesidad de llevármela conmigo, aunque no dije nada. En mi nuevo hogar me esperaba una, a estrenar, reluciente, impoluta, y me recibió de la mejor de las maneras. Y desde ese instante mi taza del váter, inodoro, letrina, poceta, retrete, toilet, trono, cagadero, cochinera, huerta, outhouse, escusado o como a mi gusta llamarla “taza del baño” y yo, nos hicimos muy buenos amigos, aunque nunca olvidaré a la amiga que dejé en casa de mis padres, porque como ella no ha habido ni habrá ninguna.

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Relato: "Pánico". por María Vanessa López Torrente se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en http://relatosdelacolmena.blogspot.com.es/.